Loada sea la debilidad
Tuve una novia, Vanesa, con la que fuimos a conocer Sierra de los Padres cuando veraneamos en el departamento en Mar del Plata de mí tía Raquel. Era sexy, inteligente y muy con los pies sobre la tierra. No consideraba que yo fuera admirable por todo lo que sé decir acerca de Heidegger y de Borges, sino por mi dulce corazón. Y realmente, por más esfuerzos que haga para aparecer cínico y sarcástico, un humorista que hace bromas con todo, ácido e inescrupuloso, también los chicos del secundario donde enseño alemán parecen advertir que en el fondo soy un tierno. Hay un alumno al que no me disgustaría estrangular con mis propias manos si fuera legal. Pero por energumenico y sádico que quiera mostrarme, accede a escribir la tarea y a hacer los castigos que le impongo y me da la mano y saluda cariñosamente. No sospecha cuánto creo que es el demonio. Cree que lo quiero. Al terminar nuestra visita, descubrimos con Vanesa que el último micro de regreso a Mar del Plata ya había salido y que ...