El Lacan es un placer, que nos puede suceder

 



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Estamos acostumbrados a leer libros de pacientes de Lacan diciendo que fue pésimo como analista.
Asunto que no me perturba porque yo estudié Letras y lo admiro por cómo emula todo lo que hizo Joyce pero en francés, en el seminario que le dedica.
Freud es admirado por sociólogos, aunque se consagró a curar y curó.
Entre filósofos, no noté admiración a Lacan.
Freud se enojó cuando recibió un premio literario, porque pensó que desdoraba su pretención de ser científico.
Churchill no se indignó de que el Nobel que le dieran fuera el de Literatura. PASA QUE LE TENDRÍAN QUE HABER INVENTADO EL NOBEL DE LA GUERRA.
Sartre rechazó el de LIteratura pero explicó que habría aceptado el de la Paz, por su condición comunitaria y comprometida.
Un buen analizante no es el que nos da su afecto, Freud lo aclara majestuosamente: es como darle a un hambreado no la comida, sino el menú para que lea.
Pese a todo lo antes dicho, esta paciente de Lacan da cuenta de su espontánea ternura.
Tal vez toda provocación y boutade lacaniana no sea otra cosa que una invitación a abrir una puerta que toda decodificación cerraría.
Sus escritos se enseñan y recitan en los claustros de las facultades como verdades bíblicas.
Se lo critica también, impiadosamente, por incomprensiones de la matemática o malas extrapolaciones de Roman Jacobson o Martin Heidegger.
Escribía de modo nada cortés para con el lector, es cierto, pero porque quería indicar que existe una complejidad de muy ardua didaxis, acaso solo compresible si la explicación es incomprensible.
Su discípula Doltó no solo fue (también) mala analista: vino a Argentina y opinó que los bebés robados durante la dictadura, sufrirían un trauma si los restituyeran.
Lacan es a la vez, culpable y héroe de lo antiintuitivo.
El sentido común y el buen tino nos dictan algo y alguien inmensamente erudito nos dice casi con un koan que esa verdad que sentimos con el cuerpo y la mente es limitada y esquemática.
Que hay que pensar más allá.
Que solo diga eso y deje a imaginar a Einstein cuál es ese más allá es genial.
A veces, sí lo entendemos y realmente nos preguntamos cómo es posible que adoremos a Lacan, así como Susan Sontag se preguntó cómo le fue tentador admirar a Eagleton y a Lukacz, si leyendo el Reader's Digest estaría más cerca de lo verdadero.
Raúl Escari fue un amante esporádico, tardío e ignoto de Barthes, pero es el único que cuenta que Roland visitó a Jacques para librarse de una terrible angustia generada por su enamoramiento.
Lacan no le dijo nada estrambótico ni heraclitianamente oscuro.
Foucault le había confesado a su amigo Searle que Derridá escribe críptica y herméticamente porque en Francia no se respeta la prosa filosófica sencilla.
A Roland Barthes, Lacan le dijo: -¿Sabe qué, mi querido? Lo que tiene que hacer es mandar a ese chongo a la recalcada concha de su putísima madre...
Barthes, agradecido, recibió una iluminación, el satori, un insight y rompió con ese vínculo tóxico de codependencia, manipulación y desaprobación encubierta.
Escribió "Fragmentos de un discurso amoroso" para llevar los sufrimientos de su alma a la teorización de su inteligencia.
No es necesario decir que Freud es mejor que Lacan, no es necesario decir que Cassius Clay es mejor que el actual campeón de peso pesado ni que Los Beatles son mejores que los actuales.
No se admira a Lacan por superar a Freud, del mismo modo que no se admira a César Aira porque es superior a Borges.
Show must go on.
Se admira a Lacan porque nos dijo que Freud era un genio.
Yo lo admiro, además, porque, pese a muchos insólitos autoritarismos cuya autoridad no veo fundada en nada para el terapeuta, tenía una inteligencia saltarina y juguetona.
Quiso hacerse el sargento del inconciente y espanta a muchos como el brigadier del giro lingüístico: pero en vivo, en acto, en carne y hueso, debía ser una de esas personas que acaso no sepan coser ni sepan cantar.
Pero saben abrir la puerta para ir a jugar...

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