"Baco polaco", lo nuevo de Kartun




 Quienes sigan la dramaturgia de Mauricio Kartun redescubrirán muchos tics, sellos de fábrica, repertorio de recursos y hasta a todo un elenco en "Baco polaco", su pastiche de las Bacantes o Las Báquides de Eurípides. 

¿Qué es lo nuevo?

Para empezar, la hermosa Sala en el Teatro Sarmiento situada donde había tenido su palacio Rosas, y donde Sarmiento para subrayar la condición de animal del Restaurador dispuso tuviera lugar el zoológico. 

En segundo lugar, pero yo destacaría esto por sobre todo, el esperpéntico juego de abrir puertas con alusiones esta vez ambiguas. Si en la que constituye su obra maestra, "Terrenal" se agauchan Abel y Caín para aludir con mediterranea claridad a la lucha de clases y encontrar en cada metáfora un andamiaje políticamente sostenido, aquí hay un puro juego de efervescente ebullición mezclando vocabulario de raigambre tanguera-que da lugar al personaje de la vitrolera, la chica que hacía girar la manivela y hacía sonar los discos-, disquisiciones bíblicas con un opa del pueblo que es un fool de Macbeth campero, observaciones que datan del antiguo refranero idish y en estos engarces y juegos de guirnaldas con lexemas de campos semánticos con un paisano de cada pueblo, el relato fluye con el barroco florilegio de una verborragia que no por caudalosa detiene el ritmo, todo lo contrario. Cada cosa es dicha tras veces, con una sinonimia virtuosa, como el oximoron que da título, impensandas articulaciones coexisten en la magia de una construcción verbal, resemantizada.

Como en la tragedia griega, la acción no se muestra, sino que se relata. Kartun con muy pocos elementos escénicos logra como siempre muchísimo. Este extrapolar de un territorio una figura e incrustarlo en otro lugar inusitado arroja nuevas luces sobre la figura. Tiresias castigado por ver copular a dos serpientes con un cambio de sexo pierde toda la majestad de la mitología y pasa a ser un ciego con tetas como casi una nueva forma de identidad sexual para que el paisano exclame "ya no saben qué inventar".

La hija de una prostituta polaca pide que la llamen "doncella" y no "virgen", que es muy católico.

La escena de la violación es de un inaudito ralenti en el relato, que lejos de regodearse con alguna desmesura delirante propia de estas fiestas de excesos, ahonda el drama acercando la lente a una focalización del minucioso desagrado: aliento a huevo duro, etc.

Frente a la altisonante grandielocuencia remarcada del argumento, que se oye y se ve, las poéticas crudezas que emergen allí nos traen a respirar con su aurea mediocritas un ethos discursivo luctuoso: la virginidad es comparada a la cristalería fina que por mejor que se guarde no puede sino terminar resquebrajada en una mudanza.

La riqueza verbal se basa en que se articula desde una sorna porteña tanto el culeao cordobés como el deus ex machina, para decir que la machina no funca, que los idiotas y los dioses se parecen muchísimo porque no tienen sutileza, mi marido murió y siento el vacío...extraño la carne, paradójicamente.

Este juego de palabras entre el corte de carne y la ausencia es habitual. Una trenza de intertextualidades nos mezcla frases famosas de otras obras, referencias a dichos criollos y hasta un "donde hay pelo, hay diversión", mantra del orgullo gay para celebrar la lujuria. No falta que el asado se haga con madera del parket sin que se esté realmente diciendo cosa alguna en concreto sobre el peronismo.

Una obra que no habla de la realidad, sino que dialoga en un galope como el can-can de Offenbach a caballo entre la judería del burdel de los treintas, el patrón y la peonada y chispazos y mascaradas de la tragedia griega, logrando la proeza de que quien no conozca ninguna de las fuentes ni referencias, disfrute perfectamente del espectáculo.

Mauricio Kartun

Muchas Gracias Martín. Ojo afilado que se agradece. Qué erudición y qué bisturí

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