"Parque Lezama": soberbias actuaciones, especialmente soberbias por lo flojo del libreto...
"Parque Lezama" es la filmación de una exitosa adaptación teatral de "Yo no soy Rappaport" por parte de su mismo director, Juan José Campanella.
"Yo no soy Rappaport" fue una gran película.
"Parque Lezama" no solo no es una gran película: se diría que ni siquiera es una película.
Campanella, que domina todas las técnicas innovadoras cinematográficas, prescinde de su saber y se limita a una cámara fija a lo Howard Hawks.
Es como si Messi, cuya experticia es el fútbol, decidiera en lugar de jugar a la pelota, sacarse una foto con Trump.
Ha habido muchas adaptaciones del teatro al cine.
En "Buscando a Ricardo III", Al Pacino explica que el pentámetro yámbico, métrica adoptada por Shakespeare, es íntimo. Que a Shakespeare no se lo adapta al cine, sino que el cine es mucho más idóneo para sus comedias y tragedias. A Harold Bloom le gustaría esa idea. Shakespeare, centro de su cánon, es el primer dramaturgo (y comediógrafo, el único autor genial de ambos géneros), que hace que los personajes se escuchen a sí mismo declamar lo que sienten y cambien en consecuencia de comportamiento. Bloom amaba a Freud, pero no dejó de aclarar que Shakespeare "volvió a Freud innecesario".
"The front page" de Hawks fue genial y readaptada por Billy Wilder.
Cuando Neil Simon-ex guionista de Sid Caesar como Woody y Mel Brooks-creó "Extraña pareja", Billy Wilder se disponía a filmarla y los estudios le dijeron que no necesitaban contratarlo, el libreto era tan bueno, que lo podía filmar cualquiera.
"Doce hombres en pugna" es un alto ejemplo de obra de teatro filmada, como "El Vestidor".
Tengo demasiados extensos ejemplos pero no hace falta que siga. Argentina cuenta con altísimos ejemplos también, el más querido es "Esperando la carroza"
El advenimiento del cine, modificó al teatro, del mismo modo que a la novela.
Tengo que ceñirme a reseñar este estreno de Netflix.
Y como todo argentino, deseo apoyar mucho más toda producción nacional que extranjera.
Así que voy a elogiar las excelentes actuaciones. Luis Brandoni está soberbio.
Conviene ver "Parque Lezama" porque muestra una proeza raras veces vista: un gran actor, dúctil, creíble y conmovedor, lebrel de plata persiguiendo como en la mitología griega a su complementario infalible: el guión no podría, literalmente, ser peor. No es solamente un intento sensiblero de emocionar muy mal escrito. Creo que si alguien se propusiera escribir el peor costumbrismo llegaría a esto. Brandoni lo levanta, lo sostiene, lo interpreta, hasta hace acento polaco judío.
Vale la pena ver esta mala película porque hay que escuchar cómo cada palabra fue mal escogida, cada palabra-no hay una sola línea que cualquier argentino hablando espontáneamente no mejoraría sin proponérselo.
Y cómo Eduardo Blanco y Brandoni brillan y atenúan lo insostenible.
Habría que tratar de entender cómo alguien como Campanella, consagrado, ganador de un Óscar, director invitado de Dr. House, se decidió a apostar a filmar un producto tan alejado a su experticia. Alejado de su talento para filmar y alejado de la opinión política que detenta.
Tengo una hipótesis: lo tentó hablar de la tercera edad y de la secreta y olvidada supremacía en algunos saberes que tienen los viejitos. El Mundstock que en "El cuento de las comadrejas" le gana jugando al pool a la joven plutócrata es un antecedente.
Esto lo aplaudo.
Hay muy pocas, demasiado pocas, reivindicaciones de la vejez en el arte.
Jack Nicholson y Morgan Freeman hicieron una gran película sobre los últimos deseos antes de morir.
Bobbio escribió "De Senectute".
Federico Luppi y Norma Aleandro hicieron la bella "Romance otoñal" y China Zorrilla hizo algo glorioso en "Elsa y Fred".
Solemos elegir formas de negar al único hecho seguro de nuestra vida: la muerte. O bien no hay muerte, es un tránsito a una vida mejor, dice Occidente; o bien todo es muerte, impermanencia, irrealidad, dice cierto Oriente.
Quizá para curarnos en salud, esta negación alcanza a la vejez: pese a que es a lo que todos llegaremos, en el mejor de los casos, usamos a la vejez como categoría peyorativa.
Admiramos a muy pocos grandes hombres que llegaron a su esplendor en su segunda madurez.
Goethe, Borges-suicidas y desdichados de jóvenes-, Mirtha Legrand.
No puedo decir mucho más para alabar "Parque Lezama": actuaciones que contrastan magníficamente con libretos incomprensiblemente flojos.
Titánicas actuaciones.
Palabras que nos avergonzaría decir.
Y la promesa y sugerencia de tematizar la ancianidad en el teatro y el cine.
Hay más films sobre la vida ultraterrena ("After Life" es un ejemplo precioso), que sobre la vida obsolescente, previa a la muerte, preparando la muerte con suavidad.
La esclavitud no fue abolida por los esclavos: tampoco los viejitos reivindican la vejez: nos dicen "mirá qué vigente me mantengo"

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