El maniqueísmo bueno y el maniqueísmo malo
Un error capital de "Stella, una vida" de Kilian Riedhof es querer superar un moralismo presuntamente maniqueo al juzgar a la entregadora judía, responsable de más de tres mil muertes, como víctima.
Una ambiciosa aspirante a cantante de jazz es presentada como obligada a ser cooptada por la Gestapo para que no maten a sus padres-pacto que la Gestapo no cumple ¡no me digan que no se puede confiar ni en la Gestapo!.
Hay una tentación intelectual de ser antiintuitivos. Allí donde el bruto cerebro reptil se limitaría a ver en una judía especialista en entregar judíos como una cochina rata, un prurito intelectual parece el colmo de la ecuanimidad: pongámonos en su lugar, no es fácil saber qué haríamos si tuvieramos que estar en sus zapatos. Y, sin embargo, la inteligencia no es tan compleja y juzgar a una perpetradora de crímenes de lesa humanidad como víctima ambigua es solo el espejismo de una lucidez de superior sagacidad. En un mundo alimentado por divergencias algorítmicas, la tentación de trascender el juicio fácil recae en una poliédrica dimensión de sutiles aristas que nos llevarían a amar finalmente al pobre Hitler, víctima de su ignorancia.
Culpar a los realizadores de este film es ignorar la culpa que pesa sobre la recepción de las ciencias sociales de indeterminabilidades de la física, de relatividades de la física, de querer oponerle algo a la Ilustración etnocéntrica colonizadora extractivista sin más recursos que la licuación del sustrato material marxiano en el culto al lenguaje.
Autores como Adorno y Horkheimer así como Michel Onfray y a su modo, las generalizaciones improcedentes de Agamben que ya están en Brecht, asimilan el cosmopolitismo kantiano a un fascismo culpable de campos de exterminio, propios del capitalismo.
Un bruto sin la menor formación, como lo era Hitler, es asimilado a la entronización de la razón pura, técnica, siendo que se valió sentimentalmente de cuanto mecanismo irracional de propaganda y drogas imbecilizadoras pudo.
Este tipo de filmes pretenden cortejar al Superyó que es un barniz de hiperconciencia controladora con el Ello, fascinado por la barbarie.
¿Qué cuesta reconocer que oír un discurso de Hitler puede motivarnos, despabilarnos, excitarnos mucho, llevarnos hasta el gimnasio mismo, sin por ello presuponer que deja de ser como un boxeador bestial cuyo poderío puede entusiasmar nuestros más bajos instintos?
Parece que hay que ser así de sofisticados como para comprender que incluso el nazismo, caricatura del mal, grotesco ejemplo extremo de tanatos, debe ser repartido democráticamente entre piadosos laburantes bienintencionados como para que el más artero egoísmo resentido esté bien inoculado y admitido en la sangre del más humanitario y abierto de los intelectuales. Hubo asesinatos en masa, es cierto, pero están en potencia en cada uno de nosotros.
Ver este film parece el colmo de la apertura mental y lo es: es abrir nuestra mente, incapaz de entregar a nuestros amigos, a suponer que sí lo haríamos si nos presionan lo suficiente.
No digo que Stella Goldschlag no merezca comprensión. Merece la comprensión que permite el derecho a un fiscal y a una sanción comunitaria. El error del film es asumir que obedece a una ética comunitaria abarcarle una empatía.
No tiene sentido hablar de ética si todo es admitido y sería poco ético no hacerlo. En ese caso cabría más habilitar una piedad jesucrística incondicional. Punto de partida que haría imposible la perpetración del primero de sus crímenes...

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