La obra de arte que trasciende el tiempo presenta algunos interrogantes. Victor Hugo o Dostoievsky escribían en entregas y eran esperados en tiempos en que no había radio ni televisión como magníficas evasiones. Es usual que los contemporáneos vean "a la altura de los ojos" al artista, sin pensar en su gloria y fama póstuma. Shakespeare escribía adulaciones al Rey Jacobo en el Globe Theater. Cervantes era banal cuando dijo "Vive Dios que me espanta esta grandeza": hoy suena patético, grandielocuente, marcial. En su época, cuando Cervantes era la única certeza que compartían Quevedo burlándose de Góngora y Lope burlándose de Quevedo como el mayor imbécil, quería decir "a la flauta, cómo me abatata este aparato".
El gran epígrafe borgiano a "El Aleph" parece sugerir un mensaje positivo new-age de Shakespeare: -Podría estar atado a una cáscara de nuez y considerarme rey del espacio infinito.
Cercena el final: -si no fuera porque sufro pesadillas.
"Más Platón y menos Prozac", libro rumano de autoayuda filosófica cita a Platón "Nada de lo humano merece que perdamos el tiempo haciéndonos mala sangre". No incluye la conclusión: -Lo importante es la vida ultraterrena (en la que no creemos).
Desde una perspectiva freudiana, una obra de arte antigua que todavía "nos interpela", podría deberse a que el lector carga, inviste esas representaciones. El pasado nunca es lo que era: solo lo reinvindicamos desde el presente.
Nietzsche es un caso asombroso porque su poliédrica multívoca validez permite validarlo tanto durante el nazismo como durante el progresismo izquierdista ulterior francés. Sabemos que su "sin música la vida sería un error" fue formulado como ironía contra la exagerada valoración de la música, sabemos que a la humanidad le gustó tomar esa frase como literal.
Borges declara en un reportaje que halló en la literatura inglesa su estímulo, pero lo habría hallado en la húngara.
Esa boutade, esa provocación panteísta postula un Dispositivo Innato Para la Adquisición de Pasión, para decirlo en jerga de Chomsky.
De ser cierto, no importa que Joe Di Maggio rompa todos los récords: el actual bateador nos importa más.
Si somos de la generación ulterior a Robert Redford, Brad Pitt nos parece más guapo.
Desde esta perspectiva, cada generación idolatra a sus contemporáneos. No importa si Platón es superior al filósofo coreano mediático que vive en Alemania: el filósofo coreano mediátco que vive en Alemania es percibido como su superación.
Si pensamos que el lector pondera más el último libro de la vaca sagrada de moda que a los grandes clásicos, los escritores originales nos resultan admirables porque renuncian al éxito fácil.
Kafka, Proust, Joyce: cambian el código de léctura, obligan a un esfuerzo adicional y no lo hacen porque hay un lector snob que les garantice el éxito pedante. Escriben diferente porque están empujados por una vocación y una voz interior mucho más fuerte que cualquier conveniencia.
Si pensáramos en cambio que el lector es el último editor de un texto, modificando para cada época el referente, sabremos valorar a Heráclito porque adivinó lo cambiante de la física cuántica. Como el que oyó "Gardel cada día mejor", sarcasmo contra el diario "Crítica" distrayendo del asesinato en el Senado a la opinión pública y decidió que era textualmente cierto.
Nos da otro punto de vista freudiano pensar que los autores que reproducen su voz interior en lugar de adaptarse a reproducir estructuras son injustamente idolatrados. Paulo Coelho es un mártir que olvida su alma torturada para escribir cosas kitsch y cursis, frente al catártico, al inadaptado social Dostoievski.
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