Mi hijo, Ezequiel, juega en Atlanta
Mi hijo Ezequiel ya entrena tres veces por semana en Atlanta.Me da mucho orgullo haber tomado la decisión muy temprana de interesarlo en este país por el fútbol. Eso le garantizó una inserción social muy abarcativa y ahora es el más popular de su clase en el Nacional y no se llevó ninguna.
Digo este último dato porque hablando con él me dice que le gusta hacerse el sabio, el intelectual pero que su máximo sueño es llegar a jugar en primera.
Bromeamos con el cassette que tendría que recitar "Todavía no ganamos nada" "Me tocó poder hacer ese gol en el que eludí a diez jugadores pero lo importante es para mí el equipo", "Se defendieron bien, hay que pensar que el rival también juega", etcétera.
Pero no puedo dejar de sentir una puntada, un nudo en el estómago, una cierta sensación amarga como si me hubiera dicho que quiere ser therian.
¿En therio?
El pibe es brillante, tiene una cabeza privilegiada y quiere jugar en primera en lugar de descubrir la vacuna contra el enamoramiento.
Creo que se me fue la mano al interesarlo por el fútbol.
Recuerdo ahora a mi primera novia Sandra, que había tenido una educación muy parroquial y era virgen a sus veinte y hubo que esperarla, persuadirla, convencerla, con dulzura, con paciencia, sin perder de vista que al final está la salida, con paciencia y con salida...Y recuerdo que decidió dejarme, dejar de tener una relación monótonogamica y se despidió diciendo que nunca iba a olvidar que yo fui el hombre que le hizo perderle el miedo a los hombres.
Y pensé también: -un poco se me fue la mano...
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