No metamos a mellizos y a gemelos en la misma bolsa
Hay muy pocas justificaciones para juzgar a un hombre por la modalidad de su deceso.
En "La Inmortalidad", Kundera se ocupa del tema y habla de Musil haciendo pesas y del momento en el que Jimmy Carter salió a hacer jogging para mostrarse joven en público y sufrió un soponcio.
Sin duda el "Gracias a la vida" de Violeta Parra se ve opacado por su suicidio.
Sin duda la resiliencia de Primo Levi se ve opacada por su suicidio.
En cuanto al de Robin Williams, hay que tomar en cuenta que su cerebro fue tomado por parásitos y una insólita enfermedad lo llevó a suicidarse. Esto no iría entonces en desmedro de su mensaje positivo, si no fuera que su mensaje positivo siempre fue almibarado y ocultando el monstruo. La definición de Kundera del kitch.
Lo opuesto al Roberto Benigni que por vez primera nos engaña usando elementos del cuento de hadas para refregarnos el Holocausto por la cara, no banalizarlo, no minimizarlo, no hacerlo sobrellevable, como la mala crítica interpretó.
Desde el suicidio eutanásico, desde el suicidio por honor nipón, desde el suicidio ciudadano en guerra de Zweig y de Walter Benjamin, juzgar a una persona por el modo en el que muere, aún si decide quitarse la vida es una generalización imposible. Foucault y Borges tuvieron intentos de suicidios, si hemos de condenar al intento mismo.
El cristianismo y el comunismo condenan al suicida porque en su airado individualismo olvida que su vida no es suya, es de la grey, del Partido. Hitler y Yabrán se venían suicidando, Alan Turing optó por la opción digna como último acto de sentido.
No divulgamos los suicidios para evitar efectos contagios. Fans de Kurt Kobain que se matan para acompañarlo.
Suecia y Japón ostentan la mayor tasa, falta de sol y honorífica exigencia parecen ser las causas.
Schopenhauer condena al suicida por Narciso, por infantil, por intolerante. Admiramos a Jesús y a Sócrates, que podrían haber muerto a los noventa años en su cama, por la valentía de afrontar su destino. Ambos creían en la vida ultraterrena.
Elegimos qué estudiar, no elegimos de qué morir.
Elegimos papas fritas en vez de puré, no cáncer de páncreas intolerable.
¿Pensaríamos que es menos genial Einstein si se hubiera suicidado?
"Dueño el hombre de su vida, lo es también de su muerte" dijo Lugones y se envenenó.
"Si no hubiera podido imaginar que me suicidaba" dijo Nietzsche "me habría suicidado".
Condenar al suicida es olvidar que tuvo un momento de sufrimiento intolerable, en el que todas las comidas ricas, todos los interlocutores fascinantes, todos los viajes enriquecedores, todos los descensos al suculento valle del erotismo le parecieron despreciables. La vida les pareció una carga. No la prematura, inevitable muerte.
Por muy poco tiempo estamos vivos en una época en la que nos enteramos que hubo muchos humanos vivos antes que nosotros.
Ese regalo de estar vivos requiere un mínimo de afecto para ser apreciado.
Cuando se siente perder ese afecto, la mente puede tomar la decisión siniestra, que jamás la sangre preferiría.
No condenemos a los suicidas como desertores.
Fue el mundo el que los traicionó primero...
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