Revisitando a Borges y su amor por el cine

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El amor a Borges abre la tranquera a lo que el amor produce siempre: distorsiones dulcemente intencionadas.
Los errores son demasiados como para anotarlos aquí, pero la impresión general es grata.
Señalo únicamente un error que me parece grave. Borges no corrigió como afirma Capel "durante cuarenta años "Fervor de Buenos Aires" y recién después volvió a darlo a la imprenta. Lo cierto es que lo escribió en 1929 y cuarenta años después le ofrecieron incluirlo en las Obras Completas, momento en el cual volvió por primera vez a leer "naos" y puso "naves", "mitológica" y puso "mítica", trató de atenuar las fealdades y se resignó.
No se trata de un mero error de fechas. Decir que Borges estuvo obsesivamente corrigiendo durante cuarenta años sus poemas es dar la imagen de un autor mirándose el ombligo, de lenta inspiración y ardua y trabajosa elaboración. Lo contrario es el caso. Había que pararlo cuando dictaba. Su inspiración era vertiginosa, constante, alada, autodisfrutada y risueña.

Interrogado acerca de con qué texto entrar a Borges, Pablo de Santis recomienda "Tigres azules" y "La rosa de Paracelso". A la misma pregunta da casi la misma respuesta Carlos Gamerro, recomendando "El informe de Brodie" y "El libro de arena".
Se trata de los últimos cuentos de Borges, un Borges ya ciego que se veía reducido a dictarlos, pero seguía la lógica de Kipling de depurar todo lo que era barroco, sin perder profundidad.
Ricardo Piglia, en cambio, considera que son muy malas estas últimas producciones y que entrar a ellas no es tener una noción de la complejidad metafísica del Borges que nos cambia el software, al decir del crítico británico.
Lo que me llama la atención de este recorrido, desde la vanguardia romántica barroca, al clasicismo sobrio, es que Borges ni siquiera en su adolescencia alcohólica era expansivo y desmesurado. Se esforzaba en que sus alas de mariposa parezcan aleteos de poderosos y pendencieros cóndores, pero siempre tuvo un espíritu más entomológico que ornitológico.
Al escribir los cuentos más simples gracias al estímulo del tan chambón traductor Thomas Di Giovanni, no arribó al puerto del minimalismo. Volvió a la pureza de la infancia.

La relación de Borges con el cine es fascinante: es uno de los primeros en verlo claramente como arte, pero como se está desembarazando de su propia ilusión romántica de ser vanguardista, esto es, de creer que alterando la cronología o la sintaxis o cualquier ortodoxia se puede decir algo nuevo, no elogia a Buñuel o a Orson Wells, sino a los narradores clásicos, a Joseph von Stenberg, a Lubitsch y después se enamora de Hitchcock.
De modo que algo que surge como puro entretenimiento comercial y no tiene estatuto de arte hasta que aparece Eisenstein o digamos, Chaplin-con geniales innovaciones técnicas, a Borges le parece artístico cuando es comercial y no cuando es artístico. Exactamente como mi pretendida que me considera un genio del arte cuando hago plata...

"La fuga" de Saslavsky es un año anterior a "La dama desaparece" de Hitchcock y tiene una idea muy similar. Tita Merello canta un tango para comunicar secretamente un mensaje.
A Borges es una de las únicas dos películas argentinas que le gustó y su cuento del asesinato a un hombre llamado "Albert" para indicar que bombardeen la región homónima, parece salida de allí.
Sabemos que Shakespeare leyó a Cervantes y Cervantes no leyó a Shakespeare.
¿Habrá la posibilidad de que Hitchcock conociera a Saslavsky?


"Angustia tengo por ti, hermano mío Jonatán, que me fuiste muy dulce; más maravilloso me fue tu amor, que el amor de las mujeres"dice David a la muerte de su amigo Jonathan, hijo del rey Saúl en la Biblia.
Borges usa esta frase como epígrafe para "La Intrusa" para dar a entender que la mujer es una distracción menor que nunca debería empañar la amistad entre dos hombres.
Jorge Panesi, a quien se lo pregunté en persona, me aseguró que los hermanos tenían una relación homoerótica.
Martín Kohan, a quien se lo pregunté en persona, me dijo que cogían entre ellos "interpósita persona".
Cuando a Borges le preguntaron si se podía interpretar esto, se horrorizó y dijo que de haber sabido que se podía interpretar así, se habría cortado la mano con la que escribió el cuento.
Curiosamente, fue su madre quien dio con la frase final ("a trabajar hermano, anoche la maté"), porque Borges no sabía cómo formular esto y le pidió ayuda.
Curiosamente la madre no le dijo "ya sé lo que le puede contestar en tu ficción", sino, convencida de la realidad de la historia: "ya sé lo que le dijo".




Compartido con: Público
Incluso después de fallar Malbrán y quedar Borges absolutamente ciego, Dios parece querer favorecerlo y surge el cine sonoro.
Borges ama el cine y ve veinte veces "West Side Story".
Debemos agradecer que ya para ese entonces no escriba críticas de cine y solo asista para pensar cómo narrar.
Toda película de Spielberg es buena, pero recién cuando la vemos sin sonido comprendemos la genialidad de Spielberg para narrar visualmente.

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