La muerte del único que sabía escribir sobre la muerte

 



Mortimer Bevilacua, el mejor escritor de necrológicas del siglo, ha fenecido y soy el encargado de redactar esta elegía, esta oración fúnebre, este requiem.

¿Qué decir sobre él?
Sabemos que quiso ser escritor pero que salvo cuando un ser querido se le moría, sus escritos estaban llenos de malas palabras guarangas, explícitas alusiones sexuales, cinismo, irreverencia, descaro y mal gusto.
-Ser grasa es mi última adquisición-me explicó: -he sido criado como ratón de biblioteca erudito y tenía prohibido ver no solo a Olmedo y a Benny Hill. Hasta los Beatles les resultaban mersas a los curas que me asilaron.
Su inexplicable amor por lo mersa, lo crudo, lo rayano en la ordinariez más baja, se veía grandemente contrastado por sus increíbles necrológicas en las que nos hacía llorar a todos, comprendiendo que un ser admirable ya no respiraba sobre la faz de la Tierra.
Recuerdo los primeros efectos de sus primeras tres necrológicas. Primer Premio Municipal-con un sueldo vitalicio-por lamentar el deceso del Chacho Putangelini.
Publicación en la antología "Inmortales" de su semblanza de Michi, el gatito que abandonó este mundo teniendo todo por delante.
Clamoroso Premio Princesa de Asturias por su obituario a Fucci, el caracol que venció a la lluvia.

El efecto generado por su elevada pluma no se hizo esperar. Cada deudo se acercaba a Bevilacua, procurando que escribiera sobre su muerto. Mortimer les decía que no podía escribir nada, que no lo conocía, que las pocas veces que había logrado sacar algo conmovedor de sus "pobres y modestos intentos de convertirme en el mejor escritor de la historia" se fundamentaban en una nostalgia, una impresión por la realidad de la finitud y un "colgarme de las tetas del occiso", pese a que en la vida real no pensara tantas maravillas de su persona e incluso le reclamara un dinero que le había prestado.
Mortimer sufrió mucho cuando su poemario "Violeta te voy a dejar", fuera rechazado por Planeta, por Sudamericana y la editorial Seix Barral se excusó también, pero trató de compensarlo regalándole seis barrales para su ducha.
-La única vez que escribo bien es cuando muere alguien-me confesó y fue allí donde comenzó el ya célebre problema de que le acercaban cadáveres en el afán de consagrarlo: -este chico estaba llamado a ser el reformulador de la teoría sintética de las cuerdas y murió de Mal de Chagas sufriendo horriblemente ¡qué culo, Mortimer! Con éste, te parás para toda la cosecha, nadie hay más conmovedor.

Bevilacua nos respondía invariablemente:-Nunca lo conocí

Inutilmente le explicábamos que su sola carita en la foto era shockeante, que la humanidad toda lo lloraría.

El muy sorete hijo de re mil putas se rehusaba a escribir la necrológica de un nene de cuatro años cuando se llenaba la boca hablando delicadas cosas por el deceso de una vieja de mierda que no había hecho nada por la humanidad, salvo prepararle sopa paraguaya un día que estaba cagado de hambre, como siempre.

Sé que Mortimer escribiría una necrológica mejor que la que aquí procuro, sé que su capacidad lírica para convertir a cualquier imbécil solo porque murió, en santo, era inigualable.

Recuerdo su fútil intento de escribir sentidamente ante alguien a quien no conoció. Es cierto que eligió mal y que Saddam Hussein no merecía panegíricos hagiográficos.

Pero la crítica fue innecesariamente dura con él.
Después de todo, era tan solo el desgarrador manotazo de ahogado de un hombre que había escrito 72 tragedias, 69 novelas, 35 cuentos cortos, 198 sonetos y solo le publicaban los obituarios.

Tuve el honor de frecuentarlo y ser su amigo.

Era excéntrico, es cierto.

No tenía su casa nada ordenada ni limpia, no se puede negar.

Le pegaba a su madre, eso es cosa sabida.

Vivía del ejercicio de la prostitución de sus hijas, nadie lo ignora.

Usaba ese dinero para comprar hongos alucinógenos y drogas que se introducía por el recto, como me recordó hoy el Rector de la Pontificia Universidad Católica.

Cobró la jubilación de su madre, que había fallecido veinte años antes, haciéndose pasar por ella ¿quién lo ignora?

Participó de rituales antropofágicos y aunque la justicia no se ha expedido, los que lo conocíamos, sabíamos que había asesinado a no menos de siete sacerdotes.

Esto no obstante, creo que debemos recordar su gran capacidad de empatía para con su boa, a la que regalaba cobayos a diario.

Con Mortimer se va el primer gran cronista de la necrología del siglo y también un ser humano con sus luces y sombras.

Sus cursos sobre Aristóteles buscaban la originalidad por encima de todo. Es cierto que Aristóteles no inventó-como afirmaba en sus clases- la wafflera.
¿Quién podría poner en tela de juicio que el Estagirita lejos estaba de haber hallado en el fémur de un orangután la base para resolver el teorema perdido de Fermat?
Mortimer fue para mí, siempre como un hermano.
A los hermanos no los elegimos.
Los hermanos suelen ser más amados que nosotros por los conchudos de nuestros padres.
Sé que él escribiría palabras más decorosas, más emotivas, más acordes.
Pero se murió.
Dejó de realizar esa práctica animal tan común llamada "respiración".
Sus funciones cardiorrespiratorias han cesado.
Ya nunca nadie recibirá a las cuatro de la mañana un Whatsapp suyo preguntando ¿te parece mejor como título "Hegel, te detesto y no te entiendo un soto" o "Hegel, la recalcada concha de tu putísima hermana: ¿así le hablarías también a los bomberos si se estuviera incendiando tu casa?".

Es tiempo de recogimiento y reflexión recoleta.

Mortimer Bevilacua ya goza de la gloria eterna.

Qué ironía que el mayor reflexionador sobre la muerte de los últimos, al menos cinco meses, haya muerto él mismo.

Como consuelo se me ocurre decir que me chupa un huevo que haya crepado, yo mañana me tengo que levantar para trabajar lo mismo...

Y espero que este consuelo sirva a otros, que se vieron shockeados por el prematuro deceso de Mort a los 123 años.

Y si no les sirve, mayor grandeza para El Maestro, el único que podría redactar una despedida digna... 

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