"El magnífico": mejor sátira contra Bond que la de Woody y Mel Brooks
Philippe de Broca es un genio hoy relativamente desconocido.
Aprendió de Truffault y Chabrol a hacer cine, es decir, a poner una cámara en un encuadre. No es que aprendió de ellos a ser rebelde y contestario.
Su cine es majestuoamente clásico.
"Rey por un día" es una joya.
No importan los biografismos: se casó con Louise Lane (Margot Kidder, que en "Superman III" se reencontró con su ex amante Richard Pryor).
Como se sabe, el público norteamericano no ve films extranjeros: "Mi testigo favorito" es una remake, no demasiado lograda, salvo en el sentido de que hay un sujeto que oníricamente imagina una realidad ideal absolutamente redentora de la que vive.
A diferencia de la sátira "Casino Royal", que fue exitosísima pero a Woody le dio vergüenza, este film podría ser parte de la serie de simulación de una realidad, como "Goodbye, Stalin" y "La vida es bella".
El espectador asiste a la realidad oscura del protagonista y a la idealización magnificada de su fantasía poiética.
James Bond es, para la mirada apresurada, otro consolador héroe capitalista prometeico y totémico, un King-Kong supermánico, cuando la palabra misma "Superman" nos recuerda al nietzscheano Superhombre. Frente al calor de establo y conducta de rebaño católicos, el inesperado agente británico estoico no es realmente conformista, funcional al sistema burgués prevandario, sino un marginal.
En esta hermosa película, Belmondo hace de antihéroe.
Escribe sobre un superhéroe al borde de la inanición, pero una vecina hermosa le eleva el espíritu. Jacqueline Bisset no es presentada como menos hermosa como vecina que como heroína.
De las infinitas parodias a Bond, de las que acaso la mejor sea "Austin Powers", nos enfrentamos aquí a la mejor, meramente porque Belmondo siempre nos mereció, por lo menos, la misma admiración que Sean Connery, Roger Moore, Timothy Dalton, Pierce Brosnan o el "James Blond", Daniel Craig.
Hay muchas parodias a Bond. Mel Brooks inventó al genial Superagente 86.
Philipe de Broca hace algo superador: nos recuerda que vivimos felices porque nos inventamos una heroicidad imaginaria para cada bagatela.
Warhol dijo que en el futuro cada uno tendría quince minutos de fama.
De Broca nos dice que eso es lo de menos: que vivimos siendo para nuestra novia o para nuestra madre o para nuestro hijo, un héroe.
Podemos aceptar que metafísicamente Dios no exista.
No podemos aceptar que físicamente la cajera que nos da el vuelto no haya sentido cierta electricidad erótica en el contacto con nuestra mano...



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