Acerca de la autoridad de Francia como máximo crítico calificado de la cultura universal




Godard y Truffault escribieron que Hitchcock, considerado pochoclero mainstream trash por los norteamericanos, era un autor, un director con una visión singular, digno de culto.
Tampoco valoraron los norteamericanos a Poe, hasta que recibió la aclamación en París.
Eisenhower podría pensar que los franchutes son maricotas engreídos cobardes y que EEUU, sin arborescentes matices palabreros frondosos, salvaron a Europa de un nazismo que sorprendió a la humanidad en derrotarlos in no time.
Y es cierto: lo grande de Francia no es lo militar y no lo fue ni siquiera cuando Napoleón fue visto por Hegel pasando a caballo y Hegel dijo "vi al Espíritu cabalgando": lo que perdura de las conquistas napoleónicas es cultural: la estatua que Bonaparte mandó a erigir para Copérnico al conquistar Polonia y ver que no se lo reconocía: la piedra de Rosetta.
Francia necesita sostener su presumida pose de refinado conocimiento cultural detectándolo donde se presente.
Como argentinos bien lo sabemos: Gardel era un convicto asesino y el tango una obscenidad peor que la cumbia villera hasta que La Patrie le dio su espaldarazo.
Borges era un virgo, frío y sin sangre, extranjerizante y engreído hasta que Michel Foucault nos mostró que estábamos en presencia de uno de los mayores escritores de la historia.
Menos que un país, Francia es una actitud.
Quizá Dios impidió el éxito de la Torre de Babel para recordarnos que solo podemos ser hermanos universales con diferencias particulares: lo que Freud llama "la vanidad de la pequeña diferencia".
Y, efectivamente, la religión que nace como más inclusiva, el cristianismo no tarde en dividirse, como las izquierdas en pre-conciliares, por ejemplo, etc.
Ser francés podría pensarse como una identidad a habitar, porque podemos probar toda la paleta de colores siempre: -Te tiré los galgos como italiano, pero prometo ser inglés, mi amor.
Nietzsche y Heidegger hubieran pasado a la historia como nazis, de no ser por la resemantización respectiva de Bataille y Sartre. Quizá el mayor recuperador de Heidegger, incluso, haya sido involuntariamente Derridá o el mismísimo Lacan al dejarlo en el tercer puesto de enrevesados redactores tirados de los pelos que parecen oscurecer las aguas para que parezcan profundas.
Churchill no solo tuvo una intuición no menos genial que las de Einstein y Newton, a saber: que con Hitler no se podía ir ni a la esquina. Además, la de no soltarle la mano a La France. Inventar a De Gaulle.
Serán paupérrimos como soldados.
Serán injustificados en su altivo sentido de la dignidad.
Pero esa paternal autoridad emanada por la retórica gala es, en algún sentido, una función paterna universal, el Gran Otro inexistente pero no por ello menos eficaz.
Francia es ese padre cuya aprobación necesitamos. Es más fino que nosotros, es más culto, es más selectivo.
Cuando le damos sales y lo reanimamos porque se desmayó al ver una vaca, no pensamos que es un pusilánime imbécil: creemos que tiene una sensibilidad superior a la nuestra, propia de simios.
El complejo de inferioridad cultural norteamericano con respecto a Francia permitió una revalorización de lo étnico y antiintelectual que muy bien observó Henry James.
Voltaire, maestro de Heine, dijo famosamente "Si no existiera Dios, habría que inventarlo".
Si no existiera Francia, habría que inventarla.
Es un país, es un pueblo, es un idioma.
Pero sobrevive a todos los infortunios como símbolo.
Su historia es una insólita historia contada como gloriosa, con una aclamada Revolución llena de crueldad, guillotina y una no tan lograda inclusión democrática.
Su historia es la de una nación tempranamente católica que resistió los embates de la reforma porque en caso de reformar al catolicismo lo haría en el sentido opuesto a Lutero: más sensualidad, no más espiritualidad.
Más que una nación, Francia es nuestro amigo gay que tiene buen gusto y nos trata de trogloditas.
Más que un Estado-Nación, Francia es la jactancia de que hasta un pancho francés es riquísimo y una puteada en francés es música.
Esa jactancia es innata.
Doy clases a niños que, si bien vienen de París, parecen saber ser fanfarrones sin que nada lo sustente antes de buscar qué.
Empecé hablando de Godard: su verdadera grandeza es lo que decía Chesterton ("mediocridad es estar ante la grandeza y no darse cuenta").
Godard admiró debidamente a Woody Allen, como no supo hacerlo su país de origen.
Aristarain siempre pensó que el cine norteamericano era culturalmente mejor que el europeo.
Lo es.
Nada hay en Europa comparable al Hollywood de Fritz Lang, Murnau, Lubitsch-por supuesto, emigrados.
Nada hay de la grandeza francesa en los EEUU: esto de reconocer que los analfabetos han hecho algo primoroso y solo nos queda el consuelo de advertir que son tan analfabetos que ni se dieron cuenta...





 




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