Lacán, terapeuta de Barthes
Como celoso sufro cuatro veces: porque estoy celoso, porque me reprocho estarlo, porque temo que mis celos hieran al otro, porque me dejo someter por una nadería: sufro por ser excluido, por ser agresivo, por ser loco y por ser ordinario
En su delicioso "Diccionario del diablo", Ambroce Bierce incluye una anécdota de un coronel condecorado por atacar heróicamente en una situación desesperada. Consultado por su arrojo, confiesa que no sabía si huir o avanzar y resolvió tirar una monedita. La unción al valiente se devirtúa y pasa de lo solemne a lo ridículo, pero el coronel (que si lo está inventando ahora, autorreferencialmente y al menos verbalmente sí es de avanzar donde todos retrocederíamos) agrega:
-Que me disculpe el azar, salió "cara" que era retroceder, pero desobedecí, me dí cuenta de que lo que había que hacer era avanzar.
Los economistas que se ocupan de la ciencia costosa de decidir, saben que ante factores relativamente similares, la mejor decisión es tirar la monedita ya que el costo de decidir es mayor, pero creo que psicológicamente la anécdota es en esencia sartreana: estamos eligiendo siempre, incluso con un golpe de azar.
En el "Borges" de Bioy Casares se duda tres veces acerca del significado del verso de Mallarmé "un golpe de dados jamás abolirá el azar", porque la etimología árabe de la palabra "azar" es justamente "dado" (no "lo dado", sino "los dados").
[¿o en francés "un golpe de dados" significaría "un tiro afortunado"?]
A esa misma perplejidad llega el autor de los dos libros que quiero recomendar con malsana envidia, consultando con su amigo, nuestro Claude Monet, Adolfo Prior. Este autor que, como Enoch Soames de Max Beerbohm (o como Max Beerbohm de Eoch Soames) parecía personaje de Vilas Mata y no confirmador y caso testigo de que "en el futuro cada uno se sentará al lado de un famoso por 15 minutos" (ya les contaré de mi encuentro con el Dr. Cormillot en Cariló).
Pero vayamos por el tronco o volvamos a las raíces que se va a notar que estamos pasados de copas y nos vamos por las ramas: ya hace algún tiempo cité al luego Premio Nobel de Literatura consultando a Einstein. Éste le dice que haga una cosa y el poeta comprende que no, que ni siquiera la autoridad de Einstein lo disuade:
Yo trabajaba como agregado cultural de la embajada polaca de Washington. Ese fue un período difícil para mí; estaba decidiendo si rompía o no con el régimen comunista polaco. Einstein era, por supuesto, un exiliado en Estados Unidos, y yo lo busqué como autoridad. Un día, en vez de ir directamente de Nueva York a Washington, me desvié y fui a Princeton. Por supuesto, sabía que Einstein vivía allí. A pesar de mi sentido de la ironía, mi naturaleza buscaba a alguien a quien reverenciar, a quien alabar. El pelo blanco de Einstein, su rompevientos gris en el que llevaba abrochada su lapicera, sus manos y su voz suave, se adecuaron a mi necesidad de una figura paterna, un líder. Era una persona absolutamente encantadora, cálida. Se opuso a que me convirtiera en emigré. Me respondió en un nivel emocional, diciéndome: "No puede romper con su país, un poeta debe aferrarse a su país natal. Sé que es difícil, pero las cosas tienen que cambiar, no seguirán como hasta ahora". Era optimista y creía que el régimen pasaría. Como humanista, suponía que el hombre era una criatura razonable, aunque mi generación veía al hombre más bien como un juguete de los poderes demoníacos. Así que salí de su casa de Mercer Street y me alejé en el auto un poco atontado. Todos nosotros anhelamos la más alta sabiduría, pero finalmente tenemos que confiar en nosotros mismos.
(de Nobel a Nobel, p. 183, Czeslaw Milosz, Confesiones de escritores, poetas, Los reportajes de the PARIS REVIEW, Editorial El Ateneo, Bs. As, 1997)
(de Nobel a Nobel, p. 183, Czeslaw Milosz, Confesiones de escritores, poetas, Los reportajes de the PARIS REVIEW, Editorial El Ateneo, Bs. As, 1997)
En no se qué film de Woody en la cola del cine está, digamos, Marshall Mac Luhan y le consultan en persona acerca de la discusión que tenían con Diane Keaton. Mac Luhan dice "tiene razón él" en un momento sublime, porque una autoridad es invocada para que se limite a decir unas líneas auxiliares o accesorias, se relega al canónico a lo periférico (como cuando Marcel Marceau es el único que habla en la película muda de Mel Brooks).
Roland Barthes con su noción de la muerte del autor refutaría este sueño (el de, por ejemplo, tener a Karl Marx al lado para preguntarle ¿nocierto que NO están hablando en tu nombre los chavistas?), ya que, como se repite en la Cátedra de Teoría y Analisis, "el inventor del ajedrez no es necesariamente el mejor jugador de ajedrez" (me gustaría que algún día varíen la alegoría ¿o sólo se puede mencionar a Lamark rodeado de jirafas?). Un amigo mío se había levantado a un minón infernal sin mayores méritos y consulté por su pericia. Me explicó que se la ganó citando a Groucho Marx. Entonces creí por un momento que estaba en presencia de la grandeza. Me dijo que todos decían que es la mujer más hermosa de la fiesta (de cualquier fiesta a la que fuere, verla era, posta, que se me caiga redonda, una fiestita para los ojos). Y que él murmuró: "sos la mujer más linda que vi en mi vida, lo cual no es mucho decir". Y ante mi estupefacción me susurró con explicitud inequívoca su exégesis delirante: "lo que quiso decir Groucho es que la belleza no es importante" (y no, como dice la vulgata, la doxa hermenéutica: que él había visto solamente feas).
Una vez a cierta novia le mencioné el pasaje del Brahma de Emerson que kafkianamente dice "When me they fly I am the wings": no lo interpretó como "nunca podrás escapar de mí", sino como "si te querés ir, ahí está la puerta". Barthes nos autoriza a jugar con los textos, casi como T.S Eliot y podemos hacer intertextualidades bien dialógicas, por ejemplo contestar con la frase de "Groucho y yo". "Esto es tan verdadero como la mayoría de las generalizaciones" al epigrama de "La posibilidad de una isla" de Michel Hoeullebecq, aquel sensual eco del cáustico Schopenhauer que reducía la vida a dolor o aburrimiento: "la vida del varón se divide en dos: cuando acaba demasiado pronto y cuando ya no se le para"-
Podemos cambiar el referente: "A los tibios los vomita Dios" aludiría a los mates; "La naturaleza aborrece el vacío" sería un alegato vegetariano, etc.
La hermosa petit phrase barthesiana de gratitud a Foucault cuando da el discurso inaugural en el College "los honores no siempre son merecidos, pero la alegría siempre es merecida" cobraría horror si la situamos en boca de Eichmann, de quien se sabe ahora no era gris y banal, como afirma burocráticamente la seductora teoría de Hannah Arendt, sino positivamente sádico y maquiavélico.
Obedecer la voluntad de un autor puede ser fachista (Roland Barthes definió genialmente al fachismo menos por lo que prohibe que por lo que obliga a hacer). La propia obra suele desobedecer ascendentemente.

Es el caso de "Dos relatos porteños" y de "Actos en palabras" editados por Mansalva en 2006 y 2007 respectivamente , en donde Raul Escari nos deleita mucho más, propongo, de lo que se había propuesto.
Mientras nos revela una foto en la que le está prendiendo un porro de hash y tabaco nada menos que a William Burroughs, pernocta en casa de Margarite Duras, homeajea a Pirí Lugones, nieta del poeta, novia coja de casi todos y de Rodolfo Walsh e hija del torturador (en la Esma carajeaba a sus torturadores "pelotudazo: mi papá tortura mejor"); mientras este Kinsley de las locas confirma que en el campo intelectual argentino el que tiene la pija más grande es Noe Jitrik, brinda la última carcajada a Copi, confronta la incompatibilidad gastronómica de un chino y un gallego ("no comemos asquerosos perros calientes como ustedes"- "¿y qué tenel?"-"judías verdes"-aghhhh)
, se pregunta por qué los varones no admitimos que otros varones son hermosos pretextando que no sabríamos porque nos gusta sólo coger con mujeres ("¿necesitás también coger con prendas de vestir y con flores para saber si son lindas?").
, se pregunta por qué los varones no admitimos que otros varones son hermosos pretextando que no sabríamos porque nos gusta sólo coger con mujeres ("¿necesitás también coger con prendas de vestir y con flores para saber si son lindas?").Nos revela también la génesis del "Fragmento de un discurso amoroso": Barthes atormentadamente enamorado de un muchachito decide recurrir al ipsissimo Jacques Lacan. Éste no comprende que se tratará de una consulta puntual y le da turno para dentro de diecinueve días. Llega el encuentro cumbre y Lacan, que parece tan enrevesado y tirado de los pelos, ininteligible y hasta estafador intelectual (según Chomsky y casi toda Norteamérica), le dice las cinco palabras que titulan este post: -Sobre todo, deje caer a ese jovenzuelo.
Barthes comenta a su amigo Escari: -C'est étrange que des mots aussi banals, aussi plats, on pu avoir sur moi un tel effet, imediat, radical: j'ai fini la relation et me suis mis à écrire "LE DISCOURS AMOREUX".

Como los "espléndidos destellos de vulgaridad" con los que sorprende Kipling según Oscar Wilde, los analistas lacanianos nos desanudan a veces de apegos en razón de "espléndidos destellos de perogrullada". Perogrullada que sabían los amigos y familiares y el barman, pero que hasta que no te la dice tu oneroso asesor de neurósis, no pudiste internalizar (¿será que el pedestal es tan importante como reprochaba Bossie?).
Equistante de mi recalcitrante didactismo, de mi profusa extensión excesiva y de toda la pesantez de la conclusión solemne para chistes ligeros como el champagne, Escari-más allá de su pobre alemán evidenciado en bitte y en di baine fon Dolores- incluso da lecciones de sobriedad (estilística, me apresuro a aclarar...) al propio Barthes que también se marea y emborracha con palabras, cuando nos chimenta que puede jactarse de haber sido secretamente el autor de textos que firmó Barthes.
Leemos con sardónica fascinación la escandalosa noticia anunciada...: sólo para sonreír más aún cuando nos cuenta que Roland solía frecuentar un burdel tangerino cuyo propietario era un español, Manolo.
Barthes pidió a Escari que pusiera en una tarjeta unas palabras de agradecimiento en español ("Gracias por los chongos que me habilitaste, papá", supongamos, o "En sentida recordación a los kilómetros de pija que me permitiste trasegar", digamos) y firmó, Roland Barthes.
Raúl Escari fue así autor de páginas de Barthes, pero lo más importante de todo: es la revelación chisporroteante de ingenio y elegancia encantadora de la literatura nacional que según algunos está muerta, pero me parece que Escari, como yo, cree que sólo parece muerta, pero que si le das algunos besitos ya podés gozar de la Resurección y de la Ascención en tu mismísimo Espíritu Santo...


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