Sebastián Kleiman, el escritor de más vuelo, trabaja para UNITED AIRLINES
Una de las grandes satisfacciones de mi vida es haber ayudado a un tipo divino y multitalentoso a escribir humor.
Como escritor serio, es el autor de "Afanes literarios", novela fluída que recomiendo encarecidamente.
Lo conocí en el Hotel Hilton, durante la CRIC, una cumbre de la ONU para luchar contra la desertificación del ecosistema, trabajando como traductor. Su agudo olfato reconoció en mí íntimas cuerdas que pulsa su propia música interior. Agradeció que no me moleste hacer el ridículo, que anime con mi extroversión locuaz-elocuente-verborrágica a los demás a hacerlo mejor que yo. Y al mismo tiempo que en el sentido del humorismo me tomaba como su tutor y su sostén, su estímulo y su maestro, comprendió que para la vida práctica y el saber moverme en sociedad, debía apadrinarme.
Temía todo el tiempo que mis excesos tiraran todo abajo. Solía repetir que la bardié. Hasta que inventó un nickname para mí: Pierre U. Labardieu.
Ser insultado por Seppi constituyó uno de los mayores honores y alegrías de mi vida. Roland Barthes en su discurso inaugural en el College de France dijo que se sentía feliz más que honrado y que destacaba ese matiz porque los honores no siempre son merecidos, pero la alegría siempre lo es.
No sé si la alegría de Milei es merecida. En relación a merecimientos, pienso sinceramente que Kleiman merece ser admirado mucho más de lo que se admira a Roland Barthes o a Roland Garros...
Pierre:
Te aviso que otra de mis sagas Groucho-woodyallenianas que te incluyen va a ser publicada en numero de este mes de la revista mexicana Replicante. Te lo adjunto para someterlo a tu baladi opinion y para que veas que esta vez te hice salir mejor parado. De paso te agradezco una vez mas por haberme ayudado a descubrir al bufón literario que habia escondido a mi, y te cedo los derechos para que lo subas a tu blog incluso antes de que lo publique la revista.
Ps: vos, que sos gran fana de Georgie, sabrás que texto plagié y satiricé en esta oportunidad.
Pierre:
Acabo de terminar otra sátira borgeana que no te menciona, aunque creo que cualquiera de los dos podríamos identificarnos fácilmente con el invisible protagonista de la novela que se reseña. El plagio, como te mencioné, es sobre El approach (approach) a Almotásim, pero en versión judeo musulmana.Espero que te guste, porque sos el unico lector que tengo en mente cuando escribo. AL menos el único que sé que sabrá apreciar todas las bromas, incluso las malas.Abrazo de Bioy.
Pierre: Como humilde regalo por tu paternidad, te obsequio el primer borrador del nuevo plagio borgeano, que, como verás, te está enteramente dedicado. A vos y al otro Brauer que ya va a venir. Espero que te guste. Abrazo de Pierre.
Reconozco que salvo por la posibilidad de prestarle un mango, Seppi es un refinado maestro de la palabra y un lúdico bufón que hace lo que más se me admira, muchísimo más refinadamente mejor que yo.
Querría, ya que no puedo que el Nobel o Gelatina lo consagren, que al menos mis admiradores lo junen.
Tiene conocimientos de finísimo calibre, tanto de la Torá como de Bioy Casares y de alocuciones francesas pero ha decidido, como yo, desperdiciarse y mezclarlo todo con Groucho.
Voy a limitarme a algunas módicas muestras de su genio, como para que lo admiren lo suficiente y tomen clases de ténis con él...
AHORA, ODETTE: un divertimento coescrito con Sebastián Kleiman durante nuestras jornadas en la Cumbre de Cambio Climático como traductores.
Pierre U. Labardieu, meteorólogo
Nacido a finales del medioevo boliviano en el seno de una familia coya, Pierre Umberto Labardieu supo desde siempre que estaba llamado a descoyar y mezclarse con otras tribus del continente, aunque su prematura vocación de metereólogo habría de enemistarlo, ya de niño, con unos cuantos paraguas de la zona. Menor de cinco hermanos latinoamericanos, Pierre fue el único que consiguió abrirse paso hasta la Escuela Superior de Metereología del Altiplano a fuerza de machete; su parca compañera de banco, Conchita de Alpaca, inmortalizó a Pierre estudiante en una sentida composición escolar, describiéndolo como un “sutil guanaco”. Pierre volvió a su casa con el diploma de metereólogo bachiller y una confianza ciega en el cielo que se le abría a sus ojos, pero su madre, que siempre había tenido los pies en la tierra, le aconsejó que enrollara el título y le diera un uso más productivo.
Con veinte años cumplidos en la víspera y sin otra posesión material que una púa para charango, nuestro héroe se lanzó a los caminos en la esperanza de forjarse un honorable porvenir, pero muy pronto se vio obligado a abrazar la profesión de bandolero para poder llevarse algo más que tierra a la boca. Para justificarse, evocaba las palabras de su madre: “Yo a Pierre lo voy a apoyar siempre, aunque en su camino delinca.” Menos condescendiente fue la policía de Mato Grosso, que grosso modo lo capturó y más grosso modo aún lo sentenció a cuatro años de asaltos forzosos a una editorial so pena de muerte. Una vez restituido al almirantazgo de su existencia, Pierre desplegó velámenes y puso proa al nordeste brasileño; no había terminado de aclimatarse al calor de Bahía cuando se dio cuenta de que, en algún punto del viaje y à son insu, lo habían privado de golpe y porrazo del otoño, del invierno y de la primavera.
Más que el sol, lo encandilaron las garotas en fleurs que se paseaban por la playa; todas eran jóvenes y hermosas, como corresponde a muchachas que jamás cumplieron una primavera, ni en abril ni en octubre. Una tarde de lluvia como cualquier otra, dormía la mona que le había robado una banana la tarde anterior cuando Pierre vio salir del agua, estridente como una sirena, a una mujer escultural con cierto aire a Conchita de Alpaca. Fue hasta la orilla, puso los pies en polvorosa arena y barruntó approachimadamente estas palabras al oído de la garota:
— Disculpe, ¿no hace un poco de calor para escafandra?
— Sin parar mientes —le respondió ella—; abajo allá frío mucho hace. Estuviera arriba acá así ojalá.
Como no era políglota, no daba Pierre con bola, aunque enseguida comprendió que la muchacha, en vesre antiguo, le había querido decir que la consternaba más la calor de la playa que la frío de la mar. Labardieu tomó nota mental del suplicio de la mujer y se juramentó no escatimar esfuerzos meteorológicos para aliviarle el calvario.
— Te prometo que, antes de que terminen los doce meses de este verano, voy a hacer que conozcas lo que es chupar frío en una noche de invierno —le espetó de corrido.
Esa noche, abochornado por el calor de la luna y afectado por una inexplicable conjuntivitis, Pierre no pudo despegar un ojo. Durante milésimas de segundo que se le hicieron centésimas, soñó que él y la garota se esquiaban sobre médanos nevados. En el sueño la mujer vestía un anorak, y la profusión de ropa excitó tanto a Pierre que su malla atrajo a un desnutrido grupo de crustáceos. Despertó del agitado sueño convertido, pro gloria Abrahamis, en el primer circunciso de Latinoamérica, a tenazas de un rabínico cangrejo errante.
Al despertar, primera cosa en la mañana, se puso a urdir los planes metereológicos con los que haría tiritar el corazón de su amada. Porque el calor disuade al pensamiento, se pasó todo el día lucubrando bocetos para un saborizador de clavos. Recién al promediar la tarde siguiente se le ocurrió una idea con la que creyó haber dado en el tornillo: ofendería a la Pachamama para que ésta descargase su furia sobre Bahía en forma de tormenta de nieve.
Ni cerdo ni perezoso, Pierre acometió esa misma tarde una enconada diatriba contra la Pachamama. La reputó estéril y de mal humus, le endilgó la culpa de que los cocos no doblaran en su caída libre desde la palmera hasta el suelo, llegó al extremo de referirse a ella como la Puchamama. Por último, para asegurarse su cólera, no trepidó en contaminar la tinta de su pluma con un bacilo de la enfermedad que vacacionaba en un granito de arena. Estos son algunos pasajes de la afrenta, descontados los impuestos y la tasa de embarque:
Oh, Puchamama, la que anda todo el día arrastrada por el suelo,
a quien todo el mundo pisotea y entierra la batata.
Si de veras quieres que te repute una diosa hazme entonces un favor,
cambia ya esa cara de mal humus y deja de vestir siempre de negro,
y, aunque más no sea por quince minutos en la vida,
haz que nieve el cielo y deje de hacer calor
desde Bahía hasta Rio de Janeiro.
Pierre observó con orgullo la obra terminada y le estampó la firma diciéndose para sus adentros: U. Labardieu.
Cayó la noche sin hacer ruido y Pierre solo quería comer algo y tirarse a dormir, pero sus planes resultaron infructuosos: la mona volvió a robarle la banana y el calor, que apretaba más que zunga para niños, lo obligaba constantemente a meterse en el agua. Precisamente durante uno de esos chapuzones, mientras practicaba la plancha nocturna (desnudo, para comprobar si los mariscos eran o no afrodisíacos), Pierre vio surgir de nuevo de entre las olas a la garota de la escafandra. Se puso tan nervioso que casi se lleva puesto un banco de arena.
— Calor todavía mucho hace —le dijo la muchacha.
Pierre no supo qué responder. Amén de que las palabras de la garota entrañaban una acusación, para un egresado de la Escuela Superior de Altos Estudios Metereológicos como él no había nada más difícil que hablar del estado del tiempo así a la ligera, como quien oye llover. Además, para colmo de dimes y diretes, todos los esfuerzos de Pierre estaban consagrados a la tarea de ocultar con ambas manos la circuncisión y aledaños. La mujer, en cambio, que se habría acalorado de solo entrever el futuro bikini, parecia no entender el significado de la palabra pudor.
— ¿Nadas manos sin las, por?
— Estoy practicando la formación de la barrera —mintió Pierre turbado, e hizo la vista gorda para no ver la silueta de la mujer.
Así y todo, a pesar de los recaudos, Pierre no cabía en sí de la excitación, y el asunto amenazaba con írsele de las manos. Se hizo un silencio incómodo que duró como dos horas. Tête-a-tetê permanecieron Pierre y la garota sin decir palabra, hasta que en un momento dado y cubilete comenzaron a volverse imprescindibles para matar el tiempo. Por suerte los primeros rayos de sol irrumpían ya en el Levante, dándole a Pierre un nuevo tema de conversación.
— Amanece que no es poco, ¿has visto? — dijo y señaló el cielo sin mover las manos.
La garota reculó aspaventada y desanduvo sus pasos hacia las profundidades; Pierre, por su parte, quedó sumergido en un océano de dudas, cavilaciones y desconcierto, aunque, a juzgar por su aspecto exterior, cualquiera habría dicho que aún seguía como bolas con manija.
El desplante la garota sumió a Pierre en una profunda depresión. Recién a la tarde, después de rumiar oscuros pensamientos mezclados con unos yuyos que resultaron ser alucinógenos, Pierre se dio cuenta de que no estaba en una depresión, como había creído, sino en una leve hondonada entre dos médanos. Para entonces ya había tocado fondo dos veces sin éxito en busca de la muchacha, y regresado una vez más a la hondonada, pasas de uvas entre las patas, a masticar el fracaso y otro poco más de yuyos. A sus espaldas, desde la cima de uno de los médanos, la mona lo escuchaba escurrir y discurrir ininteligiblemente sobre su amor por la garota, media banana en mano, con la clarividencia de un futuro psicoanalista.
— ¿Por qué habré tenido que empeñar mi palabra? —se lamentaba Pierre en voz alta. La palabra (como parecía saber la primate, a juzgar por la sonrisa de deleite que se había dibujado en su rostro), era la única posesión material que le quedaba a Pierre en este mundo, después de haberse comido la púa para charango.)— ¿Cómo haré ahora para conjurar el frío en este trópico y que la chica me quiera?
— Eso es problema suyo. Dejamos… —creyó escuchar Pierre que decía una voz clara y argentina a sus espaldas.
Se incorporó y buscó con la vista al responsable de aquella lacánica frase inhumana, pero allí no había más que un homínido incapaz de tamañas crueldades. La animal lo observaba desde lo alto con cara de Pierre, consciente (a Pierre le pareció que también feliz) de no ser ella la que ahora se sentía más para la mona.
La mona hizo mutis por el morro y Pierre quedó a solas con el sol y el desvarío. Las afiebradas alucinaciones que desfilaban por su mente no hacían más que recrudecer a cada rato, porque llevaba él horas y horas sin probar más bocado que los yuyos. Tanta hambre llegó a tener Pierre a la sazón que, de haberla podido sazonar con un poco de sal marina, se habría comido su propia cabeza con alucinaciones y todo, sin importarle lo crudas que estaban. De pronto, en plena tormenta de despropósitos, lo alcanzó una verdad que previamente había tenido que luchar cuerpo a cuerpo con un ejército de dislates para abrirse paso en su cerebro. “En boca cerrada no entran peces”, pensó Pierre en voz alta, y sin cejar, pestañear ni cerrar la boca, se zambulló de cabeza en el mar para procurarse el sustento.
A las pocas brazadas casi se ahoga. La sal que le entró por la boca, los ojos, la nariz, y otro par de recónditos orificios no hizo más que agregarle un nuevo condimento a su locura. Ahora sentía que el hambre lo carcomía tanto por dentro como por fuera. “Cómo me pica el bagre”, pensó Pierre e instintivamente se llevó una mano al vientre, nomás para descubrir que, efectivamente, lo acababa de picar un tremendo bagre que resistía el embate de las olas aferrado con escamas y dientes a su panza.
Principió entonces un feroz combate en la arena del mar. Pierre, boliviano, se sentía en el océano tan perdido como pez de agua dulce, y por eso la pelea resultó pareja. Finalmente, después de largos segundos de lucha, Pierre tomó el pez por las branquias, lo alzó hasta arrancarlo del agua y dejó que el aire lo convirtiera en pescado.
Apenas unos minutos más tarde, Pierre se relamía ante el espectáculo del bagre asándose a los rayos del sol, en el improvisado espeto corrido que había construido debajo de una palmera. Para mantener a raya a la mona, en caso de que asomara el hocico para intentar birlarle la comida, Pierre decidió construir también un pequeño arsenal de bombitas de arena; no había terminado de incrustar la ojiva de caracoles a la cuarta de ellas cuando vio aparecer a lo lejos el perfil de la rival.
La mona, que no tenía un pelo de humano, era muy buena para las imitaciones y aparentemente había leído un ejemplar de la Biblia para los simios, se acercó hasta el espeto corrido con cara de mosquita muerta y, a cambio de un trozo de manjar, le ofreció a Pierre su primogenitura.
Pierre aceptó porque se sabía sin fuerzas para arrojar la primera bomba, y de esta manera, después de compartir el banquete, se convirtió en el primer ser humano en ser antepasado de los homínidos.
Con el sopor que sobrevino a la ingesta, Pierre descubrió dos cosas en su provecho: una pequeña espina que había quedado trabada en su paladar, y un recurrente aliento a pescado que con cada nuevo hálito reavivaba el otro hambre que todavía nunca había satisfecho, y que lo llevaba a pensar con desmesura en la garota, en Conchita de Alpaca, incluso en la mismísima mona con la que ahora compartía la mesa. La mona debió de haber notado que Pierre la observaba con cariño excesivo, porque, ni bien terminó de dar cuenta de su ración de bagre, se subió a la palmera y si te he visto no me acuerdo.
“Mono que comió, trepó”, anotó Pierre en el tronco de la palmera antes de irse a dormir, probablemente un poco más turbado que de costumbre. Lo cierto es que a medianoche lo despertó una súbita, inopinada, imposible ráfaga de aire frío proveniente del mar. Lo primero que pensó fue que estaba soñando; después se le ocurrió que tal vez la Pachamama finalmente estaba acusando recibo de su afrenta, y se disponía a descargar un temporal sobre el nordeste brasileño; por último dejó de pensar, porque justo en ese momento caía de maduro un coco sobre su cabeza.
Cuando despertó, al cabo de otros cuantos minutos de sueño, la mona estaba allí, inquieta por el inusual frescor que persistía. Pierre se llevó una mano al chichón y notó que rivalizaba en tamaño con el coco que lo había engendrado. Estaba furioso. Caliente y todo, sin embargo, podía percibir con nitidez la brisa fría contra su cuerpo. Miró hacia el mar y le pareció que la luna se reflejaba de manera extraña en el horizonte. Aguzó la vista para ver mejor y entonces no quiso dar crédito a sus ojos, porque en más de una oportunidad lo habían estafado anteriormente: en el horizonte, en pleno océano tropical, flotaba a la deriva un enorme témpano de hielo. Pierre no tenía manera de saber que se llamaba Iceberg, porque en el altiplano de Bolivia no era muy común avistar témpanos, mucho menos témpanos judíos.
Pierre corrió hasta la orilla, se tiró de cabeza al agua y comenzó a nadar desenfrenadamente hacia Iceberg en estilo mariposa. Mientras braceaba, recordó que su madre siempre lo había prevenido contra los miembros de las perdidas tribus de Israel, con la misma severidad con que le prohibía nadar en el Titicaca después de cada comida, hasta no haber dejado pasar las dos horas de reloj de sol que, según ella, demoraba la digestión de la hoja de coca. Pierre nunca había entendido las razones del encono de su madre contra esas tribus que vivían tan lejos de su altiplano natal, despojados de su Pachamama cananea y adorando un Dios que vivía en el cielo, pero juzgó que algo habrían hecho para que su madre hablara de ellos de esa manera. Así, sumergido en silogismos y premisas antisemitas, Pierre seguía pataleando, braceando y respirando por la boca entre olas de agua salada y de calor, sin darse cuenta de que Iceberg lo observaba atentamente desde el horizonte con mirada glacial, la cresta de hielo curvada en forma de nariz aguileña, frío como un témpano.
A mitad de océano, tal como su madre lo había profetizado, a Pierre le agarró un calambre en la parte baja de la columna que lo dejó ano nadado. Atribuirle a Iceberg la culpa de su infortunio y juramentarse colaborar con la Santa Inquisición ni bien desembarcara ésta en las costas de Suramérica fue, para Pierre, todo uno. Los calambres se sucedían a ritmo cartilaginoso y Pierre comprendió con suma perspicacia que su vida corría peligro de veras. Los recuerdos de sus veinte años de vida fluyeron entonces a su mente: vio sus tempranas pendencias con las tribus paraguas, volvió a oler la fragancia de la piel de su compañera de banco Conchita de Alpaca, volvió a oír a su madre despotricar contra la prole de Abraham sin sospechar que su hijo, al cabo de unos años, sería él mismo un circunciso. Por último, vio aparecer otra vez ante sus ojos a la amada garota que acudía a su rescate como la Pachamama la había traído al mundo, apenas cubierta con la escafandra y un taparrabos.
— Veinte años no es nada —dijo Pierre en su delirio.
La garota no le respondió. Simplemente se quitó el taparrabos y lo colocó sobre el ano nadado de Pierre. Casi enseguida, como por arte de magia, los calambres comenzaron a aflojar, y al cabo de unos minutos se habían disipado del todo.
¿Quién te quita lo bailado?: una biografía no autografiada de Miguel Jackson
(aparecido en D'MODE, si mal no recuerdo, primera publicación coescrita édita Martin Brauer-Sebastián Kleiman)
Miguel Jackson, o Maicol, como lo conocía la indiada de su Gary (Coleman) natal, estuvo desde siempre, al igual que nuestra patria, condenado al éxito. Quizás su padre no haya sido tan prócer como el nuestro, San Martín, aunque las malas lenguas dicen que Joseph Jackson era ducho con el sable corvo. Lo cierto es que Miguelito muy pronto comprendió que lo suyo era el cante y baile, y decidió trabajar día y noche, como un blanco, para difundirlos. Desde los tiempos de Fred Astaire, quien ganara fama mundial con su programa de entrevistas The Astaire Hour y posteriormente con su reality show The Astaire Office, nadie hizo tanto por el baile como Miguel Jackson.
De chico Miguel no la tuvo nada fácil: su padre estaba siempre en bolas, y él se las veía negras. La “Toya”[1] Jackson, una de sus hermanas, recuerda las aciagas circunstancias que llevaron a su hermano Miguel, por entonces de 5 años, a inventar los pasos que por siempre lo distinguirían. “Miguelito tenía la costumbre de andar en pelotas por toda la casa, y mi padre no toleraba la competencia”, confesó desde su mansión de la Florida, en Vicente López. Joseph tomó entonces al pequeño Miguel por el cogote, le puso un jean (Billy Jean) directamente sobre la piel, y agarró con el cierre al miembro más joven de los Jackson 5. “Esto es para que no vuelvas a joder más”, gritaba el padre mientras encerraba a Miguel en el sótano y estaqueaba los pies del pequeño contra el suelo. En esas horras de encierro, Miguel perfeccionó a un mismo tiempo la agarrada de genitales y aquel otro paso famoso que desafía la ley de Newton, y que recién daría a conocer al mundo en su video clip Smooth Criminal (Sos un criminal). Además de ser una acusación contra su padre, ese tema refleja claramente el trauma y la preocupación de Miguel por la salud de su pene, tal como lo evidencia el estribillo: (Penis, are you OK? Penis, are you OK? Are you OK, Penis?) El tercero de los pasos más aclamados, aquel de la caminata en sentido reverso, nos confesó La “Toya”, “nació, casi por casualidad, la mañana siguiente a la primera borrachera de Miguel. Él se despertó pasado el mediodía con la boca reseca y tremenda resaca, y medio sonámbulo fue hasta la heladera caminando en reversa. Yo justo estaba en la cocina comiendo una banana y al verlo entrar le pregunté por qué mierda caminaba así. ‘Uy, tenés razón, perdóna’, me dijo él, ‘estoy para atrás’.”
Antes de coronarse como Rey del Popurrí de Enganchados Bailables, Miguel Jackson tuvo un breve idilio con el tango y el flamenco, pero pronto abandonó esos géneros sin demasiada tela y en medio de un gran escándalo que incluyó graves acusaciones contra dos de los máximos exponentes: “Gardel es un zorzal y Paco me deslucía”, llegó a decir a la salida de su último show de flamenco, un duelo de cante con Camarón en el que hicieron tablas.
Ya encaminado en la senda del pop, Michael conoció al gran amor de su vida y le dedicó el tema “Man in the Mirror”. Casi enseguida comenzaron a circular los primeros rumores acerca de su supuesta pedofilia. Para desmentirlos y dejar en claro su hombría de bien, fue a visitar un hogar de niños en San Petersburgo y se dejó fotografiar en varios estadios de fútbol alentando al “Pibe” Valderrama y a un todavía muy tierno “Niño” Torres, que acababa de cumplir 2 años de edad.
Por aquel entonces alguien le hizo llegar una contratapa del diario Clarín, que en esa época publicaba la tira “El negro blanco”. A la mañana siguiente amaneció inexplicablemente de otro color, y ya nunca dejó de ser el blanco de las críticas. Para justificar el cambio de raza en las oficinas del Ku Kux Klan de Harlem, alegó: “yo siempre fui un negro que la tuvo clara”.
En los 90’, después de levantarla con pala, enterró a una enfermera que atropellara mientras aprendía a conducir al mando de una camioneta 4x4. Incapaz de superar el infortunio, se hundió en una depresión de la que solo logró salir a flote gracias al alcohol y las drogas. Durante los 15 años siguientes no se supo nada de él, hasta que un empresario no tuvo mejor idea que armarle una gira retorno. Miguel murió, como todos sabemos, durante uno de los ensayos. Estaba practicando ese paso en el que doblaba las piernas y curvaba los pies bajo el peso de su cuerpo, cuando sufrió el infarto fatídico. “This is it”, dijo entonces Miguel, y estiró la pata.
[1] Nota del traductor: Toya, en inglés de Indiana, significa “jugueta sexual”
CRÓNICA DE UN MATRIMONIO GAY ANUNCIADO (texto coescrito hace una vida con Sebastián Kleiman)
Puteaux, Francia. - (De nuestro cronista alegre) Ni bien la Corte Suprema falle y Lilita Carrió haga la vista gorda, Alex Freyre y José María Di Bello finalmente podrán contraer el sagrado síndrome de la abstinencia adquirida (SSAA). Antes de que la luna de miel se lleve a Cabo Polonio a la pareja, te contamos en exclusiva a ti, hipócrita lector trolo, cómo será la primera boda gay de Argentina, a la que nunca vas a tener acceso en carne propia.
Cuando el reloj de la Iglesia más poronga de San Francisco de Asísehace (ex Santo Tomás de Aquinopodemoshacerlo) dé las una en puntos, ante el estupor de unos pocos y el estupro de otros tantos miembros de la abultada concurrencia, uno de los novios ingresará del brazo del padre de uno de los novios (probablemente del propio), y, bajo el imponente fulgor de vitriolos soplados, y al son de la Marcha fúnebre de la pasión amorosa, pasará con su descosido traje de cola junto a la Capilla Ardiente de la Santa Circuncisión de Nuestro Señor Jesucristo, camino al altar. Allí estará esperando otro de de los novios (casi con certeza el novio del novio que venía desfilando del brazo del padre de uno de los novios), vestido de smoking agujereado por ceniza de puchos y corbata negra de punta en blanco, por motivos que no conviene averiguar. A distancia prudencial de ese segundo novio estará el cura, un simpático prelado español a quien la Sacris Tía de uno de los novios (nunca se sabrá de cuál de los dos) habrá arrancado a la fuerza de una congregación de feligreses heterosexuales, porque, como señaló el Doctor Grondona, “los homosexuales no tienen cura”.
Una vez que haya dos novios y un cura en el altar, y otros tres hombres (el Padre, el hijo y el Espíritu Santo) en el cielo, el hombre de Dios leerá en voz alta los versículos del Génesis donde se narra la destrucción de Sodoma y Gomorra, en un último intento por disuadir a la pareja. Si esto fallare al igual que la Corte Suprema, el cura pelará como último recurso e interpelará a los novios: “Por última vez, os lo ruego: ¡no seáis putos!” Pero la indolente pareja no dará el brazo a torcer; a lo sumo ofrecerá una de sus cuatro muñecas y exigirá que el cura los case de una vez y para siempre, para así poder irse a la fiesta de una vez por todas. “Está bien, os caso porque está por venir el ocaso, pero antes debéis jurarme que no os casáis por apuro y que consumaréis el casamiento con sumo cuidado”. “Sí, juro”, dirá uno de los novios (casi con seguridad el del traje de cola), y luego el otro dirá lo mismo. “En nombre de la Santa Iglesia de San Fracisco de Asísehace”, dirá entonces el cura, “os declaro marido y marido. Puede besar al novio.” Nadie en el recinto sabrá a ciencia cierta a cuál de los novios iba dirigida la frase, no obstante lo cual todo el mundo llorará, para no ver con demasiada nitidez el beso.
A la salida de la Iglesia, después de una lluvia de arroz mezclado con insultos (y algún esporádico y nunca más pertinente grito de “¡vivan los novios!"), los recién casados y sus familiares abordarán el trolebús que los llevará al salón de fiestas El hostal de las mariposas. Un reputado chef de cuisine francés estará a cargo del menú: boga chupacirio flambée de entrada, y penne sin ostras en pomme du terre de plato principal. El alcohol, por cierto, no raleará, para que después nadie pueda decir que volvió a su casa sin haber chupado comme il faut. Los novios en persona se encargaron de seleccionar la lista de temas que pinchará el DJ, en donde no faltarán In the closet, de Michael Jackson, Entregá el marrón, de los Decadentes, y Losing my invicto, de R.E.M. Los platos fuertes de la noche serán el exclusivo recital de Jim Morrisey, ex líder de la banda The Toors, y el refinado show del Mago Maradona, que, entre trucos y retruécanos, adivinará el número exacto de invitados que la tienen adentro.
Tras largas disputas, se decidió que el primer vals lo bailarán simultáneamente los dos padres de los novios con sus despectivos yernos, y solo unos segundos más tarde, al estilo jasídico, las madres harán lo impropio entre ellas. Durante el carnaval carioca no faltarán maracas, pitos ni matracas, y ningún invitado podrá abandonar el salón sin antes haberse clavado una rica torta bombón en la mesa dulce.
La otra LA OTRA MUERTE (genialidaT de Sebastián Kleiman transliterando a Borges)
Un par de años hará (he borrado su mensaje de texto), Brauer me escribió desde Corrientes, anunciándome que finalmente se dignaría a prestarme el volumen con las Obras Completas de Chesterton en inglés, agregando, a través de un chat, que don Néstor Kirchner, de quien yo guardaría alguna memoria porque había sido Presidente de nuestro país durante cuatro años, había muerto tres meses atrás, en Calafate, de un infarto. El hombre, arrasado por las críticas que sobrevinieron al asesinato de un joven integrante del Partido Obrero, había revivido en su delirio los sangrientos años de su propia militancia universitaria; a pesar de que provenía de Brauer, la noticia me pareció previsible y hasta convencional, porque don Néstor, durante los últimos siete años de su vida, se la había pasando hablando de los Derechos Humanos y de sus años mozos en los que había seguido las disímiles banderas de Perón y de Galimberti, en las que había creído ver una sola, en gran parte debido a su estrabismo. El golpe de estado de 1976 lo tomó en los pasillos de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Plata, a donde había ido en busca de mujer y de un diploma de abogado; Néstor Kirchner era santacruceño, de Río Gallegos, pero fue a estudiar adonde los amigos, tan animoso y tan ignorante como ellos. Combatió en algún entrevero de café y en la batalla última por ver quién conquistaría a la mujer más bonita de la facultad; repatriado a Santa Cruz ese mismo año, abandonó la militancia y se abocó con ambiciosa tenacidad a la usura en beneficio propio y de los bancos de su provincia, hasta que la situación se apaciguó y él hubo adquirido dinero y poder suficiente como para aspirar a la función pública. Que yo sepa, ya no volvió a dejar la política. Los últimos veinte años los pasó en algún puesto de gobierno, como intendente, gobernador, presidente o primer caballero; en medio de aquel trajín de negociados, yo conversé con él una tarde (yo traté de conversar con él una tarde, porque no me llevaba el apunte y siempre parecía estar mirando a otro lado), hacía 1992. Era hombre charlatán, de pocas luces. La huída de La Plata al Sur y un efímero arresto en Río Gallegos agotaban su historia de militancia durante la dictadura; no me sorprendió que no los reviviera en la hora en que avalaba el indulto de Carlos Menem a los militares y durante la privatización de YPF… Supe que no vería más a Néstor elogiar a Menem y quise recordarlo; tan pobre es mi memoria visual que le pedí a un camarógrafo que me enviara una copia del video que filmó para la televisión local en donde se ve a Néstor recibir al entonces presidente riojano y hablar maravillas de él. El hecho nada tiene de singular, si consideramos que al hombre lo vi a principios de 1992, cuando ver videos en Internet era casi tan utópico como imaginar a Néstor en la Casa Rosada. Brauer me mandó hace poco el link a ese video en youtube; lo he perdido y ya no lo busco. Me daría miedo encontrarlo.
El segundo episodio se produjo en Buenos Aires, años después, cuando Néstor asumió la presidencia. La dicción y el estrabismo del santacruceño me sugirieron una película fantástica sobre un joven militante universitario que seduce a dos mujeres al mismo tiempo mirándolas en los ojos; el chueco Suar, a quien le referí el argumento, me dio unas líneas que le habían sobrado de la noche anterior con tal de que lo dejara en paz; dijo que la próxima vez mejor fuera a molestar al periodista Horacio Verbitsky, que había militado en Montoneros en los años de estudiante de Néstor. El periodista me recibió después de cenar, para no tener que convidarme más que un café. Desde un sillón de hamaca, en un patio, recordó con desorden y con amor los tiempos que fueron. Habló de municiones que no llegaron, de minas que eran una bomba y de yeguas rendidas a sus pies, de hombres dormidos tejiendo laberintos para no abordarlas, de Galimberti, que pudo haberse asentado en la ciudad y que se desvió, «porque el peronista le teme a Buenos Aires», de una guerra civil que me pareció menos la colisión de dos ejércitos que el sueño utópico de un puñado de trasnochados. Habló de Firmenich, Vaca Narvaja, Perdía. Lo hizo con períodos tan cabales y de un modo tan vívido que comprendí que muchas veces había referido esas mismas cosas, o que estaba leyendo en voz alta. En un respiro conseguí intercalar el nombre de Néstor.
—¿Néstor? ¿Néstor Kirchner? —dijo el periodista—. Ése no sirvió conmigo. Un pingüinito al que le decían Néshtor los muchachos—. —Inició una ruidosa carcajada y la cortó de golpe, con fingida o veraz incomodidad.
Con otra voz dijo que las dictaduras servían, como la mujer, para constreñir las libertades de los hombres, y que, antes de entrar en la clandestinidad, nadie sabía quién es el dueño de la casa donde habrá de dormir esa noche. Alguien podía pensarse cobarde y ser un valiente, y asimismo al revés, como le ocurrió a ese pobre Néstor, que se anduvo floreando en los bares de la facultad con sus pantalones patas de elefante y después flaqueó el 24 de marzo de 1976. En algún tiroteo con los peronistas de López Rega se portó como un hombre, pero otra cosa fue cuando las tres armas se levantaron y empezaron las desapariciones y cada hombre sintió que cinco mil hijos de puta se habían coaligado para matarlo. Pobre gurí, que se la había pasando hablando del General y que de pronto comprendió a qué se dedicaban los generales…
Lógicamente, la versión de Verbitsky avergonzaría a muchos simpatizantes de La Cámpora. Ellos hubieran preferido que los hechos no ocurrieran así. Con el joven Néstor, entrevisto en una vieja fotografía en blanco y negro, ellos habían fabricado, sin proponérselo, una suerte de ídolo revolucionario; la versión de Verbinsky lo destrozaba. Súbitamente comprendí el revanchismo de Néstor y su saña contra los militares; no los había dictado la sed de justicia sino el bochorno y la hipocresía. En vano me repetí que un presidente acosado por un acto de cobardía es más complejo y más interesante que un presidente meramente corrupto afecto a las mujeres y las Ferraris. El amor carnal de Menem por George Bush, pensé, es menos memorable que el encono de Galtieri por Thatcher, aunque igualmente perjudicial para la Argentina. Sí, pero Néstor, como presidente electo con menos del treinta por ciento de los votos, tenía la obligación de despotricar indistintamente contra uno y otra —particularmente ante los micrófonos. En lo que Verbitsky dijo y no dijo percibí el agreste sabor de lo que se llamaba populismo: la consciencia (tal vez incontrovertible) de que el votante en Uruguay es menos elemental que el de nuestro país, y, por ende, resulta más bravo engañarlos con el cuento del tío Cámpora y el transversalismo… Recuerdo que esa noche me fui a dormir con ganas de irme a vivir a la rambla de Pocitos.
En el verano, la falta de uno o dos miles de dólares para irme a Cabo Polonio y de muchísimos más para filmar mi película fantástica (que torpemente se obstinaba en no dar con su productor) hizo que yo volviera a ver al periodista Verbitsky. Lo hallé con otro señor de edad: el señor Firmenich, que también había militado en Montoneros. Se habló, previsiblemente, de fútbol y de mujeres. Firmenich refirió unas anécdotas de alcoba y después agregó con lentitud, como quien está aprendiendo a hablar en otro idioma:
— Lo hicimos toda la noche con la Santa Irene, me acuerdo, y en mitad de la fiesta se nos incorporó alguna gente. Entre ellos, un octogenario francés que murió la víspera de la acción por sobredosis de Viagra, y un abogado ejecutor de hipotecas, de Santa Cruz, un tal Néstor Kirchner.
Lo interrumpí con acritud.
— Ya sé —le dije—. El santacruceño que flaqueó ante las balas.
Me detuve; los dos se miraban en el espejo.
— Usted se equivoca de pe a pa—dijo, al fin, Firmenich—. Néstor Kirchner murió como querría morir cualquier hombre: con cuentas en Suiza. Serían las 7 de la mañana. En la cumbre del Monte Chingolo se había hecho fuerte la infantería del ejército; los nuestros cargaron, pero ellos se hicieron un festín con el estrabismo y los pantalones de Néstor, que iba de punta en blanco y una bala lo acertó y lo manchó de sangre en pleno pecho. Se abrochó el saco cruzado, concluyó el grito y rodó por tierra y quedó entre las patas de elefante de un compañero. Estaba muerto y la última carga del celular no le había servido de mucho. Tan valiente y no había empezado aún su pelea con el campo.
Hablaba, a no dudarlo, de otro Néstor, pero algo me hizo preguntar qué gritaba el pingüino.
— “¿Qué te pasha? ¿Estás Nervioso?” —dijo Verbitisky—, que es lo que gritaba cuando lo cargaban.
— Puede ser —dijo Firmenich—, pero también grito ¡Viva Perón!
Nos quedamos callados. Al fin, Verbitsky murmuró:
— No como si peleara contra el ejército de un gobierno peronista, sino contra la Revolución Libertadora, veinte años antes.
Agregó con sincera perplejidad:
— Yo comandé esas tropas, y juraría que es la primera vez que oigo hablar de un Néstor.
No pudimos lograr que lo recordara, ni que nos invitara otro café.
En mi casa de Flores, después de ver a dos peruanos robar un estéreo, el estupor que me produjo su olvido se me olvidó. Ante el deleitable volumen con las Obras Completas de Chesterton en inglés, que me había prestado el día anterior, encontré, a la tarde siguiente, a Martín Brauer. Me preguntó si ya las había terminado de leer, porque quería utilizarlo para un curso de humor que pensaba dar en las cercanas villas del Bajo Flores. Le pregunté si no le convenía trabajar con una traducción. Dijo que no pensaba enseñar a Chesterton traducido, porque las traducciones españolas eran tan tediosas que podían lograr que el mismísimo Chesterton sonara aburrido. Le recordé que me había prometido no reclamarme el libro, al menos, durante seis meses, en el mismo mail en que me escribió la muerte de Néstor. Preguntó quién era Néstor. Se lo dije, en vano. Con un principio de terror advertí que lo único que le interesaba era que le devolviera su libro, y busqué amparo en una discusión literaria sobre los detractores de Chesterton, escritor más complejo, más diestro y sin duda más difícil de encontrar entre las novedades que Dan Brown.
Algunos hechos más debo tergiversar. En abril tuve gripe de Horacio Verbitsky (me había contagiado al convidarme agua de la canilla en su mismo vaso); éste ya no estaba engripado y ahora se acordaba muy bien del santacruceñito que hizo Punta en plena primavera menemista y que enterraron como si fuera un héroe de la Revolución de Mayo. En julio pasé por Calafate; no di con el rancho que compró Néstor durante la dictadura; en su lugar encontré un hotel de cinco estrellas. Quise interrogar al kioskero Diego Arroba, que lo vio cambiar de auto varias veces; éste había fallecido de hambre porque le habían prohibido vender ejemplares de Clarín. Quise traer a la memoria los rasgos de Néstor; meses después, mirando una película en el canal Volver, comprobé que el rostro desorbitado que yo había conseguido evocar era el del célebre comediante Tristán, en Mingo Cavallo y Aníbal Fernández contra los fantasmas de la inflación.
Paso ahora a los desvaríos. El más fácil, pero también el menos gracioso, postula dos Néstores: el cobarde que se enriqueció durante la dictadura hacia 1976, el valiente, que descolgó el cuadro de Videla en 2004. Su defecto reside en no explicar lo realmente enigmático: cómo es que existen jóvenes universitarios de clase media que apoyan a este modelo de la hipocresía. (No acepto, no quiero aceptar, un desvarío más simple: la de muchos de estos jóvenes hayan soñado que el de Néstor no sería otro gobierno peronista). Más curioso es el desvarío sobrenatural que ideó Martín Brauer. Kirchner, decía Brauer, pereció en las elecciones legislativas a las que se presentó como candidato testimonial a diputado por la Provincia de Buenos Aires, y en la hora de su muerte política suplicó a Dios que presentara a Magnetto como su nuevo enemigo. Dios vaciló un segundo antes de otorgar esa gracia, porque un titular de Clarín en su contra bastaría para vaciar las iglesias, y porque quien la había solicitado había sido, hasta hacía muy poco, aliado de Magnetto, y algunos millones de hombres lo habían visto concederle la transmisión del fútbol a Cablevisión y la fusión de Multicanal. Dios, que es argentino pero solo atiende en Buenos Aires, cambió la imagen nítida del Trece por el desfallecimiento de la del Siete, y la sombra de Marcelo Araujo volvió de la tierra. Volvió, pero debemos recordar su condición de menemista, así como debemos recordar que Menem ahora es kirchnerista. Néstor, por su parte, vivió en la soledad del poder, gobernando sin consultar a su mujer, sin amigos; todo lo acumuló y lo poseyó, pero desde lejos, a través de testaferros; «murió» políticamente, y su tenue imagen se transformó en la de un héroe. Ese desvarío es erróneo, aunque bastaría para convencer a más de un camporista. El verdadero despropósito (el que hoy creo verdadero, porque quizás mañana no tenga más remedio que hacerme pasar por oficialista) es a la vez más argentino y más peronista. De un modo casi mágico lo descubrí en el último atado de cigarrillos que compró Néstor. En la segunda advertencia de ese atado, se sostiene que Dios puede efectuar que alguien haya sido lo que no nunca fue, pero no puede limpiar los pulmones de un fumador. Leí esa advertencia y empecé a comprender la trágica muerte de Don Néstor Kirchner.
La adivino así. Néstor se portó como un cobarde durante la dictadura, y dedicó la vida a hacer plata para aprovechar esa bochornosa flaqueza. Volvió a Santa Cruz; no alzó la mano ni la voz a ningún militar, no perdonó ninguna deuda hipotecaria, no buscó fama de valiente, pero en los despachos de la intendencia, primero, y luego en los de la gobernación, se hizo duro e hipócrita lidiando con el aparato peronista y su esposa chúcara. Fue preparando, sin duda y sin saberlo, una pantomima del progresismo y la transversalidad. Pensó en lo más hondo: si el destino me trae alguna vez una segunda vuelta contra Menem, yo sabré ganarla con ayuda de Duhalde, aunque en la primera vuelta no obtenga ni el 22% de los votos. Durante veinticinco años la aguardó con oscuras intenciones, y el destino al fin se la trajo, con el país en la hora de su muerte. En la agonía de la convertibilidad, revivió la flotación cambiaria y se condujo como un hombre y encabezó el desfile de asunción a pie y una cámara fotográfica lo acertó en pleno rostro. Así, en 2010, por obra de la propaganda oficial, Néstor murió como si hubiera muerto en 1977, peleando codo a codo con Rodolfo Walsh.
En la Torá se niega que Dios pueda condonar las deudas hipotecarias del pasado, pero nada se dice acerca del default y de la intrincada concatenación de presidentes que desfilaron en los años previos a la asunción de Néstor, que es tan vasta y tan ignominiosa que no cabría rescatar una sola medida tomada por ellos, por insignificante que fuera, que haya contribuido a mejorar el presente. Modificar el pasado no es tan fácil como modificar un cuento de Borges hasta convertirlo en una sátira; es anular los contratos que se firmaron y negar sus consecuencias, que tienden a ser infinitas. Dicho sea con palabras más actuales: es crear dos relatos. En el primero (digamos, cipayo o golpista, para quedar bien), Néstor Kirchner murió en una clínica en 2010; en el segundo, peleando por los derechos humanos, durante la dictadura. Esta es la que vivimos ahora, pero la supresión de las conferencias de prensa que permitieran indagar más acerca del pasado no fue inmediata, y produce incoherencias como el apoyo a la privatización de YPF que he referido. En el periodista Verbitsky se cumplieron diversas etapas: al principio recordaba que Néstor obró como un cobarde durante la dictadura y como un obsecuente durante el menemismo; luego lo olvidó totalmente; luego recordó que era Él quien financiaba el periódico para el que estaba escribiendo. No menos esquizofrénico es el caso del ex Jefe de Gabinete Alberto Fernández; éste fue obligado a renunciar, porque tenía demasiadas memorias de don Néstor Kirchner.
En cuanto a mí, entiendo correr un peligro análogo. He adivinado y registrado un proceso no accesible a la prensa oficial ni a mis amigos kirchneristas, una suerte de escándalo del progresismo de Palermo Hollywood; pero algunas circunstancias mitigan las críticas que me esperan. Por lo pronto, al igual que los funcionarios del Indec, no estoy seguro de haber escrito siempre la verdad. Sospecho que en mi relato, tal como sucede con el relato oficial, hay falsos recuerdos. Sospecho que Néstor Kirchner (si existió y no fue un ángel enviado para salvarnos del oprobio menemista) no se llamó Néstor Kirchner sino simplemente Él, con mayúscula, y que yo lo recuerdo con ese nombre para no confundírmelo con Dios. Algo parecido acontece con el libro de Chesterton que mencioné en el primer párrafo y que versa sobre un vicepresidente proveniente de la Ucedé que se hace pasar por rockero para poder infiltrarse en una secta anarquista y despotricar con impunidad contra El hombre que fue Domingo. Hacia 2012 creeré haber fabricado una parodia fantástica y habré escrito otro bodrio monumental; también el inocente Moisés, hará tres mil quinientos años, creyó recibir de manos de Dios un prototipo de las milagrosas tablets de Steve Jobs y en realidad se trataba de unas tablas con mandamientos que prohibían los pocos juegos y diversiones que se habían inventado hasta ese momento.
¡Pobre Néstor! La muerte lo llevó a los sesenta años en una clínica ignorada luego de una lasaña casera, pero consiguió el funeral de estado que anhelaba su corazón, y se gastó mucho para conseguirlo, y acaso no hay gastos más superfluos que los de los funerales.
En el futuro, ya consagrado por la crítica, Kleiman reducirá la transmisión de sus perífrasis brillantes como un ajedrecista a unas meras indicaciones de posición. Dirá por ejemplo: 1, 9, mensaje de texto, lo cual significa que se reemplaza la palabra nueve (carta) de la oración 1...Hasta entonces vale la pena ver cuán lúdicamente se apartó del original al cual idolatra y del cual quiere desembarazarse para generar lo propio....
Un par de años hará (he perdido la carta), Gannon me escribió de Gualeguaychú anunciando el envío de una versión, acaso la primera española, del poema The Past, de Ralph Waldo Emerson, y agregando en una postdata de que don Pedro Damián, de quien yo guardaría alguna memoria, había muerto noches pasadas, de una congestión pulmonar. El hombre, arrasado por la fiebre, había revivido en su delirio la sangrienta jornada de Masoller; la noticia me pareció previsible y hasta convencional, por que don Pedro, a los diecinueve o veinte años, había seguido las banderas de Aparicio Saravia. La revolución de 1904 lo tomo en una estancia de Río Negro o de Paysandú, donde trabajaba de peón; Pedro Damián era entrerriano, de Gualeguay, pero fue adonde fueron los amigos, tan animoso y tan ignorante como ellos. Combatió en algún entrevero y en la batalla última; repatriado en 1905, retomó con humilde tenacidad las tareas de campo. Que yo sepa, no volvió a dejar su provincia. Los últimos treinta años los pasó en un puesto muy solo, a una o dos leguas del ñancay; en aquel desamparo, yo conversé con él una tarde (yo traté de conversar con él una tarde), hacia 1942. Era hombre taciturno, de pocas luces. El sonido y la furia Masoller agotaban su historia; no me sorprendió que los reviviera, en la hora de su muerte... Supe que no vería más a Damián y quise recordarlo; tan pobre es mi memoria visual que sólo recordé una fotografía que Gannon le tomó. El hecho nada tiene de singular, si consideramos que al hombre lo vi a principios de 1942, una vez, y a la efigie, muchísimas. Gannon me mandó esa fotografía; la he perdido y ya no la busco. Me daría miedo encontrarla.
El segundo episodio se produjo en Montevideo, meses después. La fiebre y la agonía del entrerriano me sugirieron un relato fantástico sobre la derrota de Massoller; Emir Rodrígez Monegal, a quien referí el argumento, me dio unas líneas para el coronel Dionisio Tabares, que había hecho esa campaña. El coronel me recibió después de cenar. Desde un sillón de hamaca, en un patio, recordó con desorden y con amor los tiempos que fueron. Habló de municiones que no llegaron y de caballadas rendidas, de hombres dormidos y terrosos tejiendo laberintos de marchas, de Saravia, que pudo haber entrado en Montevideo y que se desvió, “porque el gaucho teme a la ciudad”, de hombres degollados hasta la nuca, de una gerra civil que me pareció menos la colisión de dos ejércitos que el sueño de un matrero. Habló de Illescas, de Tupambaé, de Maseller. Lo hizo con períodos tan cabales y de un modo tan vívido que comprendí que muchas veces había referido esas mismas cosas, y temí que detrás de sus palabras casi no quedaran recuerdos. En un respiro conseguí intercalar el nombre de Damián.
—¿Damián? ¿Pedro Damián? —dijo el coronel—. Ése sirvió conmigo. Un tapecito que le decían Daymán los muchachos. —Inició una ruidosa carcajada y la cortó de golpe, con fingida o veraz incomodidad.
Con otra voz dijo que la guerra servía, como la mujer, para que se probaran los hombres, y que antes de entrar en batalla, nadie sabía quién es. Alguien podía pensarse cobarde y ser un valiente, y asimismo al revés, como le ocurrió a ese pobre Damián, que se anduvo floreando en las pulperías con su divisa blanca y después flaqueó en Masoller. En algún tiroteo con los zumacos se portó como un hombre, pero otra cosa fue cuando los ejércitos se enfrentaron y empezó el cañoneo y cada hombre sintió que cinco mil hombres se habían coaliado para matarlo. Pobre gurí, que se la había pasado bañando ovejas y que de pronto lo arrastró esa patriada...
Absurdamente, la versión de Tabares me avergonzó. Yo hubiera preferido que los hechos no ocurrieran así. Con el viejo Damián, entrevisto una tarde, hace muchos años, yo había fabricado, sin proponérmelo, una suerte de ídolo; la versión de Tabares lo destrozaba. Súbitamente comprendí la reserva y la obstinada soledad de Damián; no las había dictado la modestia, sino el bochorno. En vano me repetí que un hombre acosado por un acto de cobardía es mas complejo y mas interesante que un hombre meramente animoso. El gaucho Martín Fierro, pensé, es menos menos memorable que Lord Jim o que Razumov. Sí, pero Damián, como gaucho, tenía obligación de ser Martín Fierro —sobre todo, ante gauchos orientales. En lo que Tabares dijo y no dijo percibí el agreste sabor de lo que se llama artiguismo: la conciencia(tal vez incontrovertible) de que el Uruguay es más elemental que nuestro país y, por ende, más bravo... Recuerdo que esa noche nos despedimos con exagerada efusión.
En el invierno, la falta de una o dos circunstancias para mi relato fantástico (que torpemente se obstinaba en no dar con su forma) hizo que yo volviera a la casa del coronel Tabares. Lo hallé con otro señor de edad: el doctor Juan Francisco Amaro, de Paysandú, que también había militado en la revolución de Saravia. Se habló, previsiblemente, de Masoller. Amaro refirió unas anécdotas y después agregó con lentitud, como quien está pensando en voz alta:
—Hicimos noche en Santa Irene, me acuerdo, y se nos incorporó alguna gente. Entre ellos, un veterinario francés que murió la víspera de la acción, y un mozo esquiador, de Entre Ríos, un tal Pedro Damián.
Lo interrumpí con acritud.
—Ya sé —le dije—. El argentino que flaqueó ante las balas.
Me detuve; los dos me miraban perplejos.
—Usted se equivoca, señor —dijo, al fin, Amaro—. Pedro Damián murió como querría morir cualquier hombre. Serían las cuatro de la tarde. En la cumbre de la cuchilla se había hecho fuerte la infantería colorada; los nuestros la cargaron, a lanza; Damián iba en la punta, gritando, y una bala lo acertó en el pecho. Se paró en los estribos, concluyó el grito y rodó por tierra y quedó entre las patas de los caballos. Estaba muerto y la última carga de Massoller le paso encima. Tan valiente y no había cumplido veinte años.
Hablaba, a no dudarlo, de otro Damián, pero algo me hizo preguntar qué gritaba el gurí. —Malas palabras —dijo el coronel—, que es lo que se grita en las cargas.
—Puede ser —dijo Amaro—, pero también gritó ¡Viva Urquiza!
Nos quedamos callados. Al fin, el coronel murmuró:
—No como si peleara en Masoller, sino en Cagancha o India Muerta, hará un siglo.
Agregó con sincera perplejidad:
—Yo comandé esas tropas, y juraría que es la primera vez que oigo hablar de un Damián.
No pudimos lograr que lo recordara.
En Buenos Aires, el estupor que me produjo su olvido se repitió. Ante los once deleitables volúmenes de las obras de Emerson, en el sótano de la librería inglesa de Mitchell, encontré, una tarde, a Patricio Gannon. La pregunté por su traducción de The Past. Dijo que no pensaba traducirlo y que la literatura española era tan tediosa que hacía innecesario a Emerson. Le recordé que me había prometido esa versión en la misma carta en que me escribió la muerte de Damián. Se lo dije, en vano. Con un principio de terror advertí que me oía con extrañeza, busqué amparo en una discusión literaria sobre los detractores de Emerson, poeta más complejo, más diestro y sin duda más singular que el desdichado Poe.
Algunos hechos más debo registrar. En abril tuve carta del coronel Dionisio Tabares; éste ya no estaba ofuscado y ahora se acordaba muy bien del entrerrianito que hizo punta en la carga de Masoller y que enterraron esa noche sus hombres, al pie de la cuchilla. En julio pasé por Gualeguaychú; no di con el racho de Damián,de quien ya nadie se acordaba. Quise interrogar al puestero Diego Abaroa, que lo vio morir; éste había fallecido antes del invierno. Quise traer a la memoria los rasgos de Damián; meses después; hojeando unos álbunes, comprobé que el rostro sombrío que yo había conseguido evocar era el del célebre tenor Tamberlinck, en el papel de Otelo.
Paso ahora a las conjeturas. La más fácil, pero también la menos satisfactoria, postula dos Damianes: el cobarde que murió en Entre Ríos hacia 1946, el valiente, que murió en Masoller en 1904. Su defecto reside en no explicar lo realmente enigmático: los curiosos vaivenes de la memoria del coronel Tabares, el olvido que anula en tan poco tiempo la imagen y hasta el nombre del que volvió. (No acepto, no quiero aceptar una conjetura más simple: la de haber yo soñado al primero.) Más curiosa es la conjetura sobrenatural que ideó Ulrike von Kuhlmann. Pedro Damián, decía Ulrike, pereció en la batalla, y en la hora de su muerte suplicó a Dios que lo hiciera volver a Entre Ríos. Dios vaciló un segundo antes de otorgar esa gracia, y quien la había pedido ya estaba muerto, y algunos hombres lo habían visto caer. Dios, que no puede cambiar el pasado, pero sí las imágenes del pasado, cambió la imagen de la muerte en la de un desfallecimiento, y la sombra del entrerriano volvió a su tierra. Volvió, pero debemos recordar su condición de sombra. Vivió en la soledad, sin una mujer, sin amigos; todo lo amó y lo poseyó, pero desde lejos, como del otro lado de un cristal; “murió”, y su tenue imagen se perdió, como el agua en el agua. Esa conjetura es errónea, pero hubiera debido sugerirme la verdadera (la que hoy creo la verdadera), que a la vez es la más simple y más inaudita. De un modo casi mágico la descubrí en el tratado De Omnipotentia, de Pier Damiani, a cuyo estudio me llevaron dos versos del Canto XXI del Paradiso, que plantean precisamente un problema de indentidad. En el quinto capítulo de aquel tratado, Pier Damiasini sostiene, contra Aristóteles y contra Fredegario de Tours, que Dios puede efectuar que no haya sido lo que alguna vez fue. Leí esas viejas discusiones teológicas y empecé a comprender la trágica historia de don Pedro Damián.
La adivino así. Damián se portó como un cobarde en el campo de Masoller, y dedicó la vida a corregir esa bochornosa flaqueza. Volvió a Entre Ríos; no alzó la mano a ningún hombre, no marcó a nadie, no buscó fama de valiente, pero en los campos del ñancay se hizo duro, lidiando con el monte y la hacienda chúcara. Fue preparando, sin duda sin saberlo, el milagro. Pensó con lo más hondo: Si el destino me trae otra batalla, yo sabré merecerla. Durante cuarenta años la aguardó con oscura esperanza, y el destino al fin se la trajo, en la hora de su muerte. La trajo en forma de delirio pero ya los griegos sabían que somos las sombras de un sueño. En la agonía revivió su batalla, y se condujo como un hombre y encabezó la carga final y una bala lo acertó en pleno pecho. Así, en 1946, por obra de una larga pasión, Pedro Damián murió en la derrota de Masoller, que ocurrió entre el invierno y la primavera de 1904.
En la Suma Teológica se niega que Dios pueda hacer que lo pasado no haya sido, pero nada se dice de la intrincada concatenación de causas y efectos, que es tan vasta y tan íntima que acaso no cabría anular un solo hecho remoto, por insignificante que fuera, sin invalidar el presente. Modificar no es modificar un solo hecho; es anular sus consecuencias, que tienden a ser infinitas. Dicho sea de con otras palabras; es crear dos historias universales. En la primera (digamos), Pedro Damián murió en Entre Ríos, en 1946; en la segunda, en Masoller, en 1904. Esta es la que vivimos ahora, pero la supresión de aquélla no fue inmediata y produjo las incoherencias que he referido. En el coronel Dionisio Tabares se cumplieron las diversas etapas: al principio recordó que Damián obró como un cobarde; luego, lo olvidó totalmente; luego, recordó su impetuosa muerte. No menos corroborativo es el caso del puestero Abaroa; éste murió, lo entiendo, porque tenía demasiadas memorias de don Pedro Damián.
En cuanto a mí, entiendo no recorrer un peligro análogo. He adivinado y registrado un proceso no accesible a los hombres, una suerte de escándalo de la razón; pero algunas circunstancias mitigan ese privilegio temible. Por lo pronto, no estoy seguro de haber escrito siempre la verdad. Sospecho que en mi relato hay falsos recuerdos. Sospecho que Pedro Damián (si existió) no se llamó Pedro Damián, y que yo lo recuerdo bajo ese nombre para creer algún día que su historia me fue sugerida por los argumentos de Pier Damiani. Algo parecido acontece con el poema que mencione en el primer párrafo y que versa sobre la irrevocabilidad del pasado. Hacia 1951 creeré haber fabricado un cuento fantástico y habré historiado un hecho real; también el inocente Virgilio, hará dos mil años, creyó anunciar el nacimiento de un hombre y vaticinaba el de Dios.
¡Pobre Damián! La muerte lo llevó a los veinte años en una triste guerra ignorada y en una batalla casera, pero consiguió lo que anhelaba su corazón, y tardó mucho en conseguirlo, y acaso no hay mayores felicidades.
Un futbolista del hambre
Por Martín Brauer y Sebastián Kleiman
La candente mañana en que cumplía treinta y cinco años, luego de un sueño intranquilo, Juan P. Lotas despertó convertido en un horroroso bichi Borghi. Al verse en el espejo comprendió que había escrito ya todo lo que tenía para decir como joven escritor, e, intuyéndose incapaz de competir con escritores de la talla y porte de Saer, decidió abandonar el ejercicio de la literatura para probar suerte en el football. Temeroso de incurrir en el pecado de tantos otros viejos escritores, que a cinco lustros de haber publicado por última vez sus poemas en una baldosa siguen gambeteando sin suerte al olvido en las áreas chicas de la literatura juvenil, a la espera de que una idea de centro a la olla les caiga en la cabeza, vendió al peso todos sus manuscritos al cartonero Brod e invirtió lo recaudado en un par de botines.
A la mañana siguiente, para probarse a sí mismo y al mundo que un hombre de treinta y cinco años puede ser viejo para ser reputado joven escritor pero no para ser reputeado por otro de setenta desde la tribuna, se probó en la segunda de Fulbense un par talle cuarenta y tres, que era la edad de Roger Milla cuando jugó su segundo mundial, y enfiló hacia el barrio de Nuñez, para probarse en la primera del recién descendido River Plate.
En la esquina de Udaondo, unos simpatizantes colgaban un banderazo con faltas de ortografía. Indignado, Lotas les gritó: ¡“Bárbaros, ‘Pasarella, la puta que te parió´’ lleva tilde”! La turba, que no parecía simpatizar con la prosodia, se encaminaba ahora hacia él, en la esperanza de lincharlo. Una multitud de razones conminaba Juan P. Lotas a hacer una concesión. Finalmente, como quien no quiere la cosa, dijo: “Bueno, amén del tilde, que a cualquiera se le puede pasar por alto, debo admitir que con esas consonantes plosivas han logrado un feliz ejemplo de aliteración.” Para reforzar la lisonja, citó versos aliterados de la alta San Martín (/ponelo a Ponzio la p…/), luego recitó el final del Martín Ferro (/sacalo a Sacardi/), y estaba ya por pronunciar el piano piano de Mostaza Allighieri cuando recibió el puntapié inicial en mezzo del canto.
Ahí nomás, de golpe y porrazo, los borrachos del tablón le forjaron a Juan P. Lotas, negro, el paladar. No habríamos sabido más de la zurda humanidad de nuestro héroe de no ser por otra manifestación riverplatense, que, providencial como rechazo de zaguero en la línea, en el preciso instante en que alguien blandía un arma circuncida que habría privado a J. P. Lotas de garra, irrumpió por Figueroa Alcorta al grito de “Aparición sin vida de J.J. López”. Principió en ese momento una gresca de proporciones, que Juan aprovechó para escabullirse dentro del clú.
A gatas llegó al vestuario, aunque él nunca se percató de que las indicaciones para llegar hasta ahí se las había dado la mismísima Gata Fernández, que tenía entre manos la biografía de Agatha Christie escrita por Sócrates, el delantero brasilero: A Gata mais grande do mundo. En la pizarra había una leyenda que rezaba: era el Beto Alonso persignándose. Juan no sabía ni quería saber ni quería preguntarle a nadie de qué jugador se trataba, porque creía que solo valía la pena aprender de jugadores muertos. La leyenda continuaba: “hoy prueba de nuevos talentos en la cancha auxiliar”. Y, en letra más chica: “El salir gambeteando desde el área propia es perjudicial para la salud del hincha”.
Deshizo Juan el nudo de Corbatta, se lavó la nuca para quitar todo rastro de Perfumo, y, después de un breve automasaje, y a pesar de que era un Viernes[1] negro, casi tan negro como el del crack de la bolsa surgido de Villa Fiorito, se endomingó de elegante sport y se dirigió a la cancha. Ni bien puso un pie en Céspedes, sintió la primera gota de lluvia, como quien oye llover. Al borde del campo se erguía el entrenador. Juan P. Lotas se presentó y solicitó entrar a la práctica.
- ¿Y vos de qué jugás, pibe?
- Bueno, yo empecé escribiendo a deux mano a mano con un marcador de punta; después tuve un período de escribir volantes de contención para un psicólogo, y desde hace unos meses escribo una zaga de poemas centrales.
- Pibe, no cazo un fulbo de lo que decís. Esta es la prueba de la novena, a vos te veo jugando en la posición del Beto, ¿me equívoco?
- De cabo a rabo, señor. Odio sordamente a Bethoven, especialmente su novena, cuyas melodías suenan de cuarta. En todo caso prefiero su quinta, que, según el rumor del clarín, suena cada vez más fuerte para reemplazar a la de Olivos.
- No, pibe, quiero decir que te veo pasta de crack.
- Me ofende, señor. Confieso que una vez he probado droga, pero jamás fui más allá de una pequeña sobredosis de heroína. Sepa que para mí el opio es el opio de los pueblos del Afganistán.
- Pibe, a mí hablame en cristiano Ronaldo, que todavía debo dos materias para recibirme de técnico de las inferiores.
- ¡Misógino! ¡Cómo se atreve a hablar así de las mujeres? ¡Varios hombres han demostrado ya que las mujeres no son inferiores! Que últimamente haya mucha poetisa escribiendo con los tampones de punta no significa que no haya ninguna que nos llegue a los poetas a los tapones. Además, las costureras son mayoría en el Gremio de Porto Alegre, pero nadie ha hilado más fino que Jean Paul Sastre.
- Pibe, dejá de hablar y serví para algo. Andá y pateále unos penales al quinto arquero.
Ante la valla se erguía el guardameta. Juan P. Lotas ignoraba por qué debía ejecutarse la pena máxima, pero igual acató la orden, como acepta salir en el entretiempo el goleador que atraviesa una mala tarde. Debajo de los tres palos, ningún contrato podía atraer al Rey de los Hunos. No por nada le decían el Gardel del Mano a mano, el Cervantes del arco, el Stephen Hawking de los penales, el infatigable buscador de la red, el ladrón de guante blanco. Siempre atajaba para los anales del travesaño. Era legendaria ya su tapada con una mano (on the one hand), y su vuelo de la muerte con mano cambiada (on the other hand) había elevado las pulsaciones y los testículos de más de cuatro tribunos de la San Martín.
- Dale, pibe, pateá de una buena vez –le gritó el técnico.
Juan P. Lotas desanduvo el camino hasta los doce pasos, y, en su esfuerzo por impulsar el esférico, tropezó y cayó de espaldas al piso.
- ¡Como un perro! – dijo el técnico, y era como si la vergüenza debiera sobrevivirlo
[1] Nota del preparador físico cortita y al pie: Viernes era el negro que asistía de free kick (patada libre Defoe) a Robinson, que jugaba siempre aislado y de pescador. Solo una vez en subida Robinson bajó y Crusoe la mitad de cancha para defender un corner (córner). Tan perdido se encontró en su propio área chica, que, en lugar de peinar la pelota, ese día cepilló.
Ali T. E. Herán, fundamentalista de la aliteración
Nadie hizo más por la aliteración hispana que el excelso vate de los Medias Tintas de Maracaibo Ali. T. E. Herán. Nacido en la capital homónima bajo el mandato del último Sha, Alí mostró ya desde el moisés una notable facilidad para la reiteración de estructuras consonánticas.
Presto a cumplir los primeros pininos, los primeros palotes, empuña el bolivariano bolígrafo y les hace las mil y una noches a los maestros del primer grado inferior. Enseguida comprendió que “mi mamá me mima” era la madre de todas las aliteraciones. Al año siguiente trabó contacto con el trabalenguas “tres tristes tigres”, cuya iterativa sonoridad terminó por desvelarlo. Para poder pegar los párpados pasaba las noches leyendo a Nietzsche, contando “ocho ovejas obvias” y ensayando sin éxito las variaciones “un unicornio unánime”, “dos dodós dubitativos”, “cuatro cuadrúpedos cualesquiera”, “veinte venados vanidosos”, “cuarenta cucarachas en cuarentena”, “sesenta sabuesos sabelotodos” y su obra maestra de la infancia “jien jirafas jodidas”.
Ya en la adolescencia, bajo la feroz férula de la farra, Alí se entregó a la vida disoluta y disipada. Coqueteó con cocotes y frotó. En sus ratos de abstinencia no le hacía asco a ningún libro: así conoció a los grandes nombres de la aliteración: Pier Paolo Passolini, Bela Bártok y la Bobe de Buber ...
Mi querido Sebastián Kleiman cuyas últimas declaraciones, tengo para mí, son toda una lección ("tengo para mí, un kilo de helado") no se dejó impresionar por mi batería de chistes recién salidos del horno crematorio ("como el nuestro fue un amor ciego es lógico que ahora no nos podamos ni ver") y me mostró las posibilidades jocundas de la perífrasis borgeana.
Reescribió "El muerto" en clave anti-Martín Palermo y "La secta del Fénix" contra los psicoanalístas ("alguien no ha vacilado en afirmar que el amor al dinero ya es instintivo"), además de "El approach a Almotasim" y certeros etcéteras.
En tren de emularlo, descubrí que mucho mejor que una tarjeta de salutación, puede ser un cuento de Borges con espacios en blanco a retocar.
Así, les tiendo "El Phale" en apresurada versión que se ofrece como muestra para que ustedes a su vez lo readapten y manden a ex novias, amantes ocasionales, one night-stands o two hour delights.
Dada la buena onda que siempre ha tenido para conmigo y para que tenga más fuerza ilustrativa que si pusiéramos "Scarlett Johansonn" he ejemplificado este procedimiento literario con la figura de Marina Mariasch, pero por supuesto todo lo que aquí pergeño es una ficción o una metaficción que merece el olvidoficción, si la meta es el olvido y yo he acabado antes...
O God, I could be bounded in a transitory alberg
and count myself a queen of infinite orgasm.
Hamletrix, II, 2.
But they will teach us that
Eternity is the
Standing still of the
Present Dick,
a Nunc-stans (as the Schools call it);
which neither they, nor any else understand,
no more than they would aHic-stans for a infinite greatnesse ofPleasure.
, IV, 46
La candente mañana de febrero en que Martín Brauer murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni a la crecida de pelo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de celulares rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo de jugosas erecciones ya se apartaba a muchos codos de él y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción lo había exasperado; muerto, yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación. Consideré que el 20 de noviembre era su cumpleaños; visitar ese día la casa de la calle Carlos Calvo para saludar a su idishe mame y a Laura Mariana, su hermana, era un acto cortés, irreprochable, tal vez ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias de sus muchos retratos, Martín Brauer, de perfil, en colores; Martín, con antifaz, en los carnavales de 2009; los tefilim de Martín; Martín, el día de su boda con Natalia Calzón; Martín, poco después del divorcio, en una lectura de La otra lluvia; Martín, en Palermo, con mi hermana Paula comiendo waffles; Martín, con la peluca hecha del pekinés que le regaló Villegas Haedo; Martín, de frente y de tres cuartos, sonriendo; la mano entre las piernas... No estaría obligada, como otras veces, a justificar mi presencia con módicas ofrendas de masitas finas: masitas cuyos moños, finalmente, aprendí a cortar, para no comprobar, meses después, que estaban intactas.Martín Brauer murió en 2010; desde entonces no dejé pasar un 20 de eleven sin volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinticinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en 2023, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer. No desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en 2024, aparecí, ya dadas las ocho con un Lindt de 300 gramos; con toda naturalidad me quedé a comer. Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí gradualmente confidencias de Laura Mariana.Martín era calvo, frágil, de dentadura intrincada, muy ligeramente inclinado: había en su andar (si el oximoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis; Laura Mariana es rosada, considerable, tetona, de gluteos finos. Ejerce no sé qué cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es autoritaria, pero también es ineficaz; aprovechaba, hasta hace muy poco, las noches y las fiestas para no salir de su casa. A dos generaciones de distancia, la ese italiana y la copiosa gesticulación italiana sobreviven en ella. Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante. Abunda en inservibles analogías y en ociosos escrúpulos. Tiene (como Martín) grandes y afiladas manos hermosas. Durante algunos meses padeció la obsesión de Ricardo Fort, menos por sus baladas que por la idea de una gloria intachable. "Es el Príncipe de los poetas en Francia", repetía con fatuidad. "En vano te revolverás contra él; no lo alcanzará, no, la más inficionada de tus saetas, Mole Moli."El 30 de abril de 2041 me permití agregar al Lindt extra dark unos porros pegadores. Laura los probó, los juzgó interesantes y emprendió, al cabo de unas copas, una vindicación de la mujer moderna:-La evoco - dijo con una admiración algo inexplicable - en su gabinete de estudio, como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provista de consoladores, de rueditas para el clítoris, de medibachas láser, de aparatos de conchafonía, de coñotógrafos, de linternas mágicas, de poronguismos, de latiguillos, de frenillos, de desenfrenados látigos...Observó que para una mujer así facultada el acto de salir de levante era inútil; nuestro siglo XX había transformado la fábula de Mahoma y de la montaña; las montañas, ahora convergían sobre la moderna Mahoma.Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura; le dije que por qué no las escribía. Previsiblemente respondió que ya lo había hecho: esos conceptos, y otros no menos novedosos, figuraban en el Canto Augural, Canto Prologal o simplemente Canto-Prólogo de un poema en el que trabajaba hacía muchos años, sin réclame, sin bullanga ensordecedora, siempre apoyada en esos dos báculos que se llaman el trabajo y la soledad. Primero abría las compuertas a la imaginación; luego hacía uso de la lima. El poema con alguna ambigüedad se titulaba La Sin Hueso; tratábase de una descripción del órgano reporductor, en la que no faltaban, por cierto, la pintoresca digresión y el gallardo apóstrofe.Le rogué que me leyera un pasaje, aunque fuera breve. Abrió un cajón del escritorio, sacó un alto legajo de hojas de block estampadas con el membrete de la Biblioteca Washington Cucurto y leyó con sonora satisfacción.
He visto, como el griego, las ubres de los hombres,Los trabajos, los días de varia luz, el hambre;No corrijo los hechos, no falseo los nombres,Pero el voyage que narro, es... autour de ma chambre.Estrofa a todas luces interesante - dictaminó -. El primer verso granjea el aplauso del catedrático, del académico, del helenista, cuando no de los eruditos a la violeta, sector considerable de la opinión; el segundo pasa de Homero a Hesíodo (todo un implícito homenaje, en el frontis del flamante edificio, al padre de la poesía didáctica), no sin remozar un procedimiento cuyo abolengo está en la Escritura, la enumeración, congerie o conglobación; el tercero - ¿barroquismo, decadentismo, culto depurado y fanático de la forma? - consta de dos hemistiquios gemelos; el cuarto francamente bilingüe, me asegura el apoyo incondicional de todo espíritu sensible a los desenfados envites de la facecia. Nada diré de la rima rara ni de la ilustración que me permite ¡sin pedantismo!acumular en cuatro versos tres alusiones eruditas que abarcan treinta siglos de apretada literatura: la primera a la Odisea, la segunda a los Trabajos y días, la tercera a la bagatela inmortal que nos depararan los ocios de la pluma del saboyano...Comprendo una vez más que el arte moderno exige el bálsamo de la risa, el scherzo. ¡Decididamente, tiene la palabra Goldoni!Otras muchas estrofas me leyó que también obtuvieron su aprobación y su comentario profuso; nada memorable había en ella; ni siquiera la juzgué mucho peores que la anterior. En su escritura habían colaborado la aplicación, la resignación y el azar; las virtudes que Laura les atribuía eran posteriores. Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable; naturalmente, ese ulterior trabajo modificaba la obra para él, pero no para otro. La dicción oral de Laura era extravagante; su torpeza métrica le vedó, salvo contadas veces, transmitir esa extravagancia al poema.Una sola vez en mi vida he tenido la ocasión de examinar los quince mil dodecasílabos del Polyolbion, esa epopeya topográfica en la que Michael Drayton registró la dotación viril de soldados, abates, panaderos, profesores de alemán y djs de Inglaterra; estoy seguro de que ese producto considerable, pero limitado, es menos tedioso que la vasta empresa congénere de Laura. Ésta, nunca mejor dicho, se proponía versificar toda la rectitud de la loveflesh; en 2023 ya había despachado unas hectáreas del estado de Queensland, más de un kilómetro del curso del Ob, un gasómetro al Norte de Veracruz, las principales casas de comercio de la parroquia de la Concepción, el estudio de grabación de Canal A, en la calla Once de Setiembre, en Belgrano, y un establecimiento de baños turcos no lejos del acreditado acuario de Brighton. Me leyó ciertos laboriosos pasajes de la zona australiana de su poema; esos largos e informes alejandrinos carecían de la relativa agitación del prefacio. Copio una estrofa Sepan. A manderecha del poste rutinario,(Viniendo, claro está, desde el Nornoroeste)Se aburre una osamenta - ¿Color? Blanquiceleste -Que da al corral de ovejas catadura de osario. -¡Dos audacias - gritó con exultación - rescatadas, te oigo mascullar, por el éxito! Lo admito, lo admito. Una, el epíteto rutinario, que certeramente denuncia, en passant, el inevitable tedio inherente a las faenas pastoriles y agrícolas, tedio que ni las geórgicas ni nuestro ya laureado Don Segundo se atrevieron jamás a denunciar así, al rojo vivo. Otra, el enérgico prosaísmo se aburre una osamenta, que el melindroso querrá excomulgar con horror, pero que apreciará más que su vida el crítico de gusto viril. Todo el verso, por lo demás, es de muy subidos quilates. El segundo hemistiquio entabla animadísima charla con el lector, se adelanta a su viva curiosidad, le pone una poronga en la boca y la satisface... al instante. ¿Y qué me dices de ese hallazgo blanquiceleste? El pintoresco neologismo sugiere el cielo, que es un factor importantísimo del paisaje australiano. Sin esa evocación resultarían demasiado sombrías las tintas del boceto y el lector se vería compelido a cerrar el volumen, herida en lo más íntimo el alma de incurable y negra melancolía.Hacia la medianoche me despedí.Dos domingos después, Laura me llamó por teléfono, entiendo que por primera vez en la vida. Me propuso que nos reuniéramos a las cuatro, "para tomar juntas la leche, en el contiguo salón-bar que el progresismo de Zunino y de Zungri - los propietarios de mi casa, recordarás - inaugura en la esquina; confitería que te importará conocer". Acepté, con más resignación que entusiasmo. Nos fue difícil encontrar mesa; el "salón-bar", inexorablemente moderno, era apenas un poco menos atroz que mis previsiones; en las mesas vecinas el excitado público mencionaba las sumas invertidas sin regatear por Zunino y por Zungri. Laura fingió asombrarse de no sé qué primores de la instalación de la luz (que, sin duda, ya conocía) y me dijo con cierta severidad:-Mal de tu grado habrás de reconocer que este local se parangona con los más encopetados de Flores.Me releyó, después, cuatro o cinco páginas del poema. Las había corregido según un depravado principio de ostentación verbal: donde antes escribió azulado, ahora abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era bastante fea para ella; en la impetuosa descripción de un agigantado viagrismo, prefería lactario, lacticinoso, lactescente, lechal... Denostó con amargura a los críticos; luego, más benigna, los equiparó a esas personas, "que no disponen de metales preciosos ni tampoco de prensas de vapor, laminadores y ácidos sulfúricos para la acuñación de tesoros, pero que pueden indicar a los otros el sitio de un tesoro". Acto continuo censuró la prologomanía, "de la que ya hizo mofa, en la donosa prefación del Quijote, el Príncipe de los Ingenios". Admitió, sin embargo, que en la portada de la nueva obra convenía el prólogo vistoso, el espaldarazo firmado por el plumífero de garra, de fuste. Agregó que pensaba publicar los cantos iniciales de su poema. Comprendí, entonces, la singular invitación telefónica; la boluda iba a pedirme que prologara su pedantesco fárrago. Los cantos iniciales eran una más que obpfia alusión a mis cantos. Mi temor resultó infundado: Lau observó, con admiración rencorosa, que no creía errar el epíteto al calificar de sólido el prestigio logrado en todos los círculos por Daniel Molina, hombre de letras, que, si yo me empeñaba, prologaría con embeleso el poema. Para evitar el más imperdonable de los fracasos, yo tenía que hacerme portavoz de dos méritos inconcusos: la perfección formal y el rigor científico, "porque ese dilatado jardín de tropos, de figuras, de galanuras, no tolera un solo detalle que no confirme la severa verdad". Agregó que Martín siempre se había distraído con Molina.Asentí, profusamente asentí. Aclaré, para mayor verosimilitud, que no hablaría el lunes con Daniel, sino el jueves: en la pequeña cena que suele coronar toda reunión de mi hermana con el amigo de su novio. Dije, entre adivinatorio y sagaz, que antes de abordar el tema del prólogo describiría el curioso plan de la obra. Nos despedimos; al doblar por Carabobo de Waska, encaré con toda imparcialidad los porvenires que me quedaban: a) hablar con Molina y decirle que la hermana de Martín (ese eufemismo explicativo me permitiría nombrarla) había elaborado un poema que parecía dilatar hasta lo infinito las posibilidades de la cacofonía y del caos; b) no hablar con la mole Molina Preví, lúcidamente, que mi desidia optaría por b.A partir del viernes a primera hora, empezó a inquietarme el teléfono que me regaló el finado y que como había olvidado pagar, solo podía recibir llamados. Me indignaba que ese instrumento, que algún día produjo la irrecuperable voz de Martín, pudiera rebajarse a receptáculo de las inútiles y quizás coléricas quejas de esa pagada de sí misma hermana. Felizmente nada ocurrió - salvo el rencor inevitable que me inspiró aquella forra que me había impuesto una delicada gestión y luego me olvidaba.El teléfono perdió sus terrores, pero a fines de octubre, Laura me habló. Estaba agitadísima; no identifiqué su voz, al principio. Con tristeza y con ira balbuceó que esos ya ilimitados Zunino y Zungri, so pretexto de ampliar su desaforada confitería, iban a demoler su casa.-¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Calvo! - repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía.No me resultó muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los diecisiete años, todo cambio es un símbolo detectable del pasaje del tiempo; además se trataba de una casa que, para mí, aludía infinitamente a Brauer. Quise aclarar ese delicadísimo rasgo; mi interlocutor no me oyó. Dijo que si Zunino y Zungri persistían en ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su abogado, los demandaría ipso facto por daños y perjuicios y los obligaría a abonar cien mil pesos, lo que paga el Premio Clarin Novela.El nombre de Zunni me impresionó; su bufete, en Caseros y Tacuarí, es de una seriedad proverbial. Interrogué si éste se había encargado ya del asunto. Laura dio que le hablaría esa misma tarde. Vaciló y con esa voz llana, impersonal, a que solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano había un Phale. Aclaró que un Phale es uno de los penes del espacio que contienen todos los penes.-Está en el sótano del comedor - explicó, aligerada su dicción por la angustia -. Es mío, es mío; yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Phale.-¡El Phale! - repetí.-Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todas las porongas del orbe, vistas desde todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. ¡La niña no podía comprender que le fuera deparado ese privilegio para que la mujer desflorada burilara el poema! No me despojarán Zunino y Zungri, no y mil veces no. Código en mano, el doctor Zunni probará que es inajenable mi Phale.Traté de razonar.-Pero, ¿no es muy oscuro el sótano?-La verdad no penetra un entendimiento rebelde. Si todas las garompas de la Tierra están en el Phale, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz, todas las linternas de carne.-Iré a verlo inmediatamente.Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición. Basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes insospechados; me asombró no haber comprendido hasta ese momento que Laura era una loca. Todos esos Brauer, por lo demás... Martín (yo mismo suelo repetirlo) era un hombre, un niño de una clarividencia casi implacable, pero había en él negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica. La locura de Laura me colmó de maligna felicidad; íntimamente, siempre nos habíamos detestado.En la calle Calvo, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar. La niña estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías. Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran retrato de Martín, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije:-Martín, Martín Gabriel, Martín Gabriel Brauer, Martín querido, Martín perdido para siempre, soy yo, soy Marina
Laura entró poco después. Habló con sequedad; comprendí que no era capaz de otro pensamiento que de la perdición del Phale.-Una copita del seudo coñac - ordenó - y te zampuzarás en el sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es indispensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de la baldosas y fijas los ojos en el decimonono escalón de la pertinente escalera. Me voy, bajo la trampa y te quedas solo. Algún roedor te mete miedo ¡fácil empresa! A los pocos minutos ves el Phale. ¡El microcosmo de chongos for export y actores porno, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo!Ya en el comedor, agregó:-Claro está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi testimonio... Baja; muy en breve podrás entablar un diálogo con todas las imágenes de Martín.Bajé con rapidez, harto de sus palabras insustanciales. El sótano, apenas más ancho que la escalera, tenía mucho de pozo. Con la mirada, busqué en vano el baúl de que Laura Mariana me habló. Unos cajones con botellas y unas bolsas de lona entorpecían un ángulo. Laura tomó una bolsa, la dobló y la acomodó en un sitio preciso.-La almohada es humildosa - explicó - , pero si la levanto un solo centímetro, no verás ni una pizca y te quedas corrida ¡uf! y acabadita. Repantiga en el suelo ese cuerpito gentil y cuenta diecinueve escalones.Cumplí con su ridículo requisito; al fin se fue. Cerró cautelosamente la trampa, la oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo parecerme total. Súbitamente comprendí mi peligro: me había dejado soterrar por una loca, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Laura transparentaban el íntimo terror de que yo no viera el prodigio; Laura, para defender su delirio, para no saber que estaba loca tenía que matarme. Sentí un confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el Phale.Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato, empieza aquí, mi desesperación de escritora. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Phale, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y las circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Phale.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: La enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Phale sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada pija (la pija del espejo, digamos) era infinitas pijas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso monstruo de un solo ojo, vi el falo y la polla, vi las muchedumbres de sangre erguida, vi una verga mota de sabor mandarinesco, vi un consolador roto (era de Laura), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler el mismo glande inflamado y a punto de estallar que hace tres años vi en el zaguán de una casa en Olazabal, vi racimos de termos, turgentes, duros, alargados, sin circuncidar, vi convexos pedazos ecuatoriales y cada uno de sus trozos de arena, vi en Inverness a una verga que no olvidaré, vi al violento pingo, el altivo porongo, vi un zodape sueco, vi un círculo de porongas altivas y góticas, donde antes hubo un árbol, vi una miniatura minimalista, un ejemplar de la primera versión de las ingles de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada molécula de cada célula de cada garompa (de chica yo solía maravillarme de que los pliegues de un pene fláccido no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi uno que me la ponía en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar una tararira hercúlea poseyéndome entre dos espejos que la multiplicaban sin fin, vi pitutos de caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una que sufría de priapismo, vi a las sobrevivientes de una batalla, persistiendo en el garchoneo, vi en un escaparate de Mirzapur una poronga española, vi las sombras oblicuas de unos bálanos en el suelo de un invernáculo, vi penes atigrados, pecetos deliciosos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las mangueras que hay en la tierra, vi un aparato uritogenital persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Martín había dirigido a Laura Mariana, vi un adorado monumento en la boca, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Martín Brauer, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Phale, desde todos los puntos, vi en el Phale la pija, vi mi cara y la eyaculación, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.Sentí infinita veneración, infinita lástima.-Siome habrás quedado de tanto curiosear donde no te llaman - dijo una voz aborrecida y jovial - . Aunque te devanes los sesos, no me pagarás en un siglo esta revelación. ¡Qué observatorio formidable, che Mariasch!Los pies de Laura Mariana ocupaban el escalón más alto. En la brusca penumbra, acerté a levantarme y a balbucear:-Formidable. Sí, formidable.La indiferencia de mi voz me extrañó. Ansiosa, Laura insistía:-¿La viste toda bien, en colores?En ese instante concebí mi venganza. Benévola, manifiestamente apiadada, nerviosa, evasiva, agradecí a Laura la hospitalidad de su sótano y la insté a aprovechar la demolición de la casa para alejarse de la perniciosa metrópoli que a nadie ¡créame, que a nadie! perdona. Me negué, con suave energía, a discutir el Phale; la abracé, al despedirme y le repetí que el campo y la seguridad son dos grandes médicos.En la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron familiares todas las entrepiernas. Temí que no quedara una sola chota capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver. Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio me trabajó otra vez el olvido.Postdata del 1º de marzo de 2023. A los seis meses de la demolición del inmueble de la calle Garay, la Editorial Termodinámica no se dejó arredrar por la longitud del considerable poema y lanzó al mercado una selección de "trozos argentinos". Huelga repetir lo ocurrido; Laura Mariana recibió el Segundo Premio Nacional de Literatura . El primero fue otorgado al doctor Ignacio Molina; el tercero al doctor Juan Terranova; increíblemente mi obra El zigzag de las instituciones no logró un solo voto. ¡Una vez más, triunfaron la incomprensión y la envidia! Hace ya mucho tiempo que no consigo ver a Kohan; los diarios dicen que pronto Laura nos dará otro volumen. Su afortunada pluma (no entorpecida ya por el Phale) se ha consagrado a versificar los epítomes de su novia, Romina Paula.Dos observaciones quiero agregar: una sobre la naturaleza del Phale; otra, sobre su nombre. Éste, como es sabido, es el de la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. Su aplicación al círculo de mi historia no parece casual. Para la Cábala esa letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad; también se dijo que tiene la forma de un hombre que señala el cielo y la tierra, para indicar que el mundo inferior es el espejo y es el mapa del superior; para la Mengenlehre, es el símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes. Yo querría saber: ¿Eligió Laura Mariana ese nombre, o lo leyó, aplicado a otro punto donde convergen todos los puntos, en alguno de los textos innumerables que el tatuaje de un phalo de su casa le reveló? Por increíble que parezca yo creo que hay (o que hubo) otro Phale, yo creo que el Phale de la calle Calvo era un falso Phale, como el de Marc Wahlberga en "Boogie Nights".Doy mis razones. Hacia 1867 el capitán Burton ejerció en el Brasil el cargo de cónsul británico; en julio de 1942 Pedro Henríquez Ureña descubrió en una biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que atribuye el Oriente a Iskandar Zu al-Karnayn, o Alejandro Bicorne de Macedonia . En su cristal se reflejaba el universo entero. Burton menciona otros artificios congéneres - la séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik Benzeyad encontró en una torre (1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de Samosata pudo examinar en la Luna (Historia Verdadera, I, 26), la lanza especular que el primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal de Merin, "redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio" (The Faerie Queene, III, 2, 19) - , y añade estas curiosas palabras: "Pero los anteriores(además del defecto de no existir) son meros instrumentos de óptica. Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en el Cairo, saben muy bien que la poronga está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central... Nadie, claro está, puede verla, pero quienes acercan el oído a la superficie declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor... la mezquita data del siglo VII; las columnas proceden de otros templos de religiones anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldún: En las repúblicas fundadas por nómadas, es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería".¿Existe ese Phale en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de la de Martín
Estas breves dedicatorias de mi queridísimo Sebastián Kleiman preceden invariablemente a alguno de sus textos que más me hacen reír de corazón, con esa índole de carcajada que presupone agradecimiento.
Siempre me desconcierta, además, porque cuando nos juntamos nuestra capacidad de hacer juegos de palabras se nos dispara en una competencia malthusiana en la que perdemos los mejores chistes que se nos habían ocurrido en el mes descalificándonoslos con adusta solemnidad y proponiendo alternativas más elegantes.
Es difícil de transmitir al lector y mucho más a la lectora.
[una de las dificultades es transmitir en qué sentido es una pérdida algo que, formulado en potencia, no es un futuro gran chiste para nadie más que nosotros, por ejemplo decir que la revista "Noticias" siempre tiene tapas sensacionalistas que prometen revelar escándalos increíbles y después al leerla es una desilusión: por ejemplo dice en tapa "SIGUEN CONVIRTIENDO EN ALEMANIA A JUDÍOS EN BOTONES" y la abrís y dice "Günther Rosembergsteinlein es el botones del Hilton de Berlín"]
"Se nos dispara" hace que inmediatamente uno de los dos piense en que nos parecemos a Lennon y a Kennedy y al Ché. El otro no tarda en descomponer dis y parar y postular que si displacentero es la negación de placentero, dispara es indenteniblemente la negación de parar...
Si uno explica que "bestimmen" en la prosa marxiana se discute si ha de ser vertido como "determinar" o "condicionar" al otro le dan ganas de ir a ver una película determinada (que no es lo mismo que una condicionada).
Nuestro sacarnos chispas es políglota y profuso, la esgrima verbal incurre en toda suerte de golpes bajos, particiones morfémicas, hermenéuticas que rompen el código de lectura, alusiones súbitamente eruditas o au contraire imprevistamente fanegosas.
Son encuentros entre viejos venerables expertos en un arte marcial que desenvainan como a regañadientes todo el reservorio de golpes desusados y que parecen sentirse entre aburridos e irritados por verse obligados a semejante exhibición que no compromete sus más altas felicidades.
De más está decir que ninguno de los dos sabía que sabía ejercer dichas artes antes de verse provocado con negligente indolencia.
[no creo que alguien se tome el trabajo de sacar la raiz cuadrada de "negligente indolencia" que opera como redundancia aunque debería ser una mutua anulación, a esa índole de tecnicismos nos entregamos o recordamos a Groucho cuando la mujer le dice "I played before Napoleon" y nos preguntamos en qué idiomas se puede mantener el chiste, "vor Napoleon" en alemán va, "ante" en español no es la misma palabra que "antes" ¿y después? para decir según se dice en alemán nach y en inglés after, en el sentido de siguiendo...pensamos posibilidades graciosas con según y después de mi primer marido o ¿a quién usar en la primera cita?]
En dichos encuentros el corrimiento del significante es significativo, como un niño que garabatea con el único placer de ejercitar muscularmente la mano ejerciendo un poder sobre el crayón, la autotélica urdimbre se imbrica de non sequiturs. Si menciono la palabra "acceso" me dice que en México, país que nos ha dado el film "Machete" con un Segal que hace Aikido y hara-kiri gracias al Ejército Pazatizta, "acceder" equivale a "fornicar" palabra que, le informo, proviene de "horno". Un acceso de llanto sería un polvo que es una lágrima, empezamos, etc. O con elevada revelación relevamos el latin oculto en "to be horny" para ver si hay horno emparentado [ como en la raigambre común de black y blanco que significa ausencia de color, aunque parezcan lo contrario, así como Juan B. Justo podría ser casi ciego o un perfecto lince que ve con justeza]
¿A qué se parece ponerse a hacer dobles sentidos con este maestro del lenguaje?
Se parece a descubrir una etimología sorprendentemente ilógica. "Walkiria" es en germánico "la que elige entre los muertos". Sabiendo que die Wahl en alemán es "elección" uno tendería a pensar que Wal será "la que elige" y kiria " a los muertos" y es al revés. Y si me dice que va a escribir una sátira contra Martín Palermo usando como soporte el texto "El muerto" de Borges le escribo aludiendo al entrenador que tuvo este año hablándole de Jorge Luis Borghi. No era lo correcto: a vuelta de correo Sebastián me ilumina explicando que el calembour debió ser el "bichi" Georgie. Un juego de palabras en efecto superior, pero muchísimo más ilógico porque ¿cómo llegar a la idea genial de que había que desaprovechar para el double entendre el irresistible parecido entre "Borges" y "Borghi"?
Cuando coincidiendo de casualidad espontáneamente rechazamos con Marina Mariasch las "jam session literarias" organizadas por Hernán Vanoli y Diego Erlán supongo que porque no nos habían invitado yo dije al mismo tiempo que ella mi razón, la única posible, la obvia: la literatura requiere reflexión y es un acto cuya lentitud en la producción se parece al momento del encuentro entre Daniel Aráoz y Rafael Spregelburd en "El hombre de al lado", da tiempo de leer a Proust. Pero ella no estaba diciendo lo mismo que yo, estaba diciendo, claro, la única razón, la obvia, para ella: estaba diciendo que la literatura es en su producción un acto individual.
Por supuesto, sus poemas pueden parangonarse a pinceladas de Picasso cuyos años de preparación para aquel instante prodigioso de composición "espontánea" pueden ocultársele a la propia productora.
Pero dado que sin ir más lejos con Seppi hemos producido la saga de Pierre U Labardieu escribiendo con una felicidad que por separado nos está vedada no puedo coincidir en este caso con el fluído dictamen marino.
{recordemos que Sócrates, y eso que no la vio, está con ella, en el diálogo platónico intitulado "Cratilo": "El sentido de la palabra sophia es alcanzar el movimiento . Agathon, el bien, significa lo que es admirable por su rapidez (...) Los que creen que todo está en movimiento, suponen que la mayor parte del universo no hace más que pasar, pero que hay un prioncipio que va de una parte a otra del mismo, produciendo todo lo que pasa, y en virtud del cual las cosas mudan como mudan; y que este principio es de una velocidad y una sutileza extrema ¿cómo en efecto, podría en su movimiento atravesar este universo inmóvil, si no fuese lo bastante sutil para no verse detenido por nada, y lo bastante rápido para que todo estuviese con atención a él como en reposo? Este principio gobierna todas las cosas penetrándolas (...)} es posible que Sócrates solo respondiera apurado a la pregunta de su one night stand a la que pensaba invitar a cenar ¿cómo querés que vaya?: "Sólo sé que no cenada"
¿Cual es su queso predilecto, Holmes?
El ementhal, Watson ¿de qué signo era Saussure?
Disfrutemos dos producciones individuales de Sebastián Kleiman, en realidad escritas en lenta colaboración con Jorge Luis Borges. Como tantos otros, Kleiman y yo hemos leído tantas veces y tan fervientemente a Borges, que toda perífrasis casi resulta una desopilante herejía de por sí. La virtud que tienen las metáfrasis y retoques de los textos intervenidos por mi amigo es que permiten acercar el interés hacia la obra borgeana a lectores de "El gráfico" y duelistas que pasaron del arma blanca a la bebida blanca...
EL APPROACH A FINKELSTEIN
El rebe de Luvabitch escribe que la novela The approach to Finkelstein del boxeador Mister Muhammad Alí, de Kentucky, “es una cintura cósmica de tiempo bastante larga (a rather long cosmic waist of time), como acostumbran serlo las primeras novelas de autores que desconocen el uso correcto de los signos de puntuación y que acaban de escribir y leer a un mismo tiempo el primer libro de sus vidas”. Antes, el rabí Shankar había denunciado a Muhammad por haberle hecho perder cinco minutos con la primera de sus oraciones, donde resuenan “el inverosímil inglés de Carlos Tevez y la elocuencia de Lionel Messi” —fundada acusación que el rebe, por su parte, repitió sin agregar una coma ante los sagrados rollos de la Torá sin obtener respuesta. Esencialmente, ambos rabinos concuerdan: los dos indican el valor de la obra como combustible y sus applications higiénicas parangonables a las del bidé (bidet). Esa hibridación puede movernos a imaginar algún parecido con un lápiz con goma; ya comprobaremos que el lápiz es mucho más útil y valioso.
La editio princeps del Approach a Finkelstein apareció en Brooklyn, a fines de lavar dinero. El papel era casi papel de diario pero sin noticias; la cubierta anunciaba al comprador que se trataba de la primera novela judía, ambientada en Buenos Aires, escrita por un musulmán norteamericano. Es evidentemente que Muhammad interpretó a pie juntillas y sin tropiezos la frase de Maradona: “todos los yanquis tienen a un judío del Once adentro (LTA)”. En pocos meses, un lector desocupado pudo terminar uno de los cuatro ejemplares vendidos que encontró tirado en el Central Park. La Brooklyn Centennial Review y el Brooklyn Mench dispensaron sus advertencias. Entonces, para recuperar algo de dinero, Muhhamad publicó una edición que incluía fotos de su pelea con Foreman en el Madison Square Garden (El Jardín cuadrilátero de Madison que no se bifurca), que tituló The Uppercut of a woman called Finkelstein y que subtituló hermosamente: A game with boxing gloves (Un juego con guantes que boxean.) Esa edición se agotó juntó con el Sports Illustrated de Estados Unidos campeón del mundo de soccer. La que yo tengo a la vista, por desgracia, es la primera; no he logrado juntarme con la segunda, idónea para hojear en cualquier baño o sala de espera, y que a todas luces –menos las de neón que cansan la vista - presiento muy superior. A ello me autoriza el apéndice que tuvieron que extirparme por haberme empecinado en terminar la primera. Antes de examinarla –y escupirla una vez más- conviene que yo indique a cuantos grados Celsius equivalen 451 grados de Fahrenheit, para que el lector pueda quemar el libro en su hogar o en el horno, según prefiera.
Su protagonista invisible –nada se nos dice de las razones de este portento, aunque intuimos que debió de ser algo muy reciente, porque el héroe, evidentemente no habituado a su nueva condición, se demora en un kiosco en busca de monedas para el colectivo- es un estudiante del Seminario Rabínico Marshall Meyer del barrio de Belgrano. Blasfematoriamente, descree de la fe judía de sus padres (había elegido esa institución porque era malo para las matemáticas, ignorando que las letras hebreas tienen valor numérico), pero al declinar la catorceava noche del mes de Nisán se recuerda que esa noche es la primera de la pascua judía y que su familia lo espera en el barrio de Eleven (Once) para celebrar el séder de Pésaj. En el apuro por llegar a casa de sus padres antes que el profeta Elías, se halla en el centro de un tumulto de sefaradíes y asheknazíes que acababan de salir de dos sinagogas ubicadas sobre una misma vereda de la calle Pasteur. Es noche de hierbas amargas y matzes; entre la muchedumbre adversa, los bigotes prematuros y los solideos de cuero sefaradíes se abren camino. Un ladrillazo peruano vuela de una azotea; alguien hunde una mano en un glúteo coreano que justo pasaba por ahí; alguien ¿turco, ruso? intenta recoger del suelo una billetera y es pisoteado. Dos hombres y un sefaradí pelean: rollos de tela contra libros de administración de empresas, kibes y lajmashines contra rebanadas de guefilte fish con jrein, Dios el indivisible contra los 24 tomos de las obras completas de Freud. Afónico, el estudiante invisible entra en la trifulca sin que nadie perciba sus gritos ni sus golpes. Con pecosas manos invisibles, mata (o piensa haber matado) a un mosquito que le estaba picando el codo. Atolondrada, motorizada, semisatisfecha por dos grandes de muzzarella, la policía del Mauri interviene con pistolas eléctricas imparcialmente antisemitas. Huye el estudiante, casi bajo las ruedas de un colectivo de la línea 95. Busca los arrabales últimos del Once, ahí donde se convierte en Barrio Norte. Atraviesa dos avenidas Pueyrredón, o una sola que ahora es mano y contramano. Escala la tapia de un desordenado jardín de infantes, con un póster (poster) del Dinosaurio Barney en el fondo. Una chusma de shikse color de schwartze (A gossipy shartzecoloured shiksa) emerge del ascensor de servicio del edificio de sus padres. Acostado, recuerda que es invisible y que no tiene necesidad de esconderse de los vecinos ni de ocultarle a su madre las manchas de su camisa. Sube por una escalera de fierro –solo después de haber intentado en vano guiar su dedo hasta el botón del piso de sus padres- y, al abrir la puerta del departamento, es confundido con el profeta Elías. El único que lo reconoce es la nueva pareja de su tía, un shleper alcohólico a quien nunca antes había visto y que, desoyendo todas las advertencias y recomendaciones, había caído en saco roto (in a torn cardigan). Ese hombre le confía que su profesión es profanar tumbas en el cementerio de La Tablada. Refiere otros antecedentes laborales y menciona que hace catorce noches que no fornica con la tía del estudiante, porque descubrió que la mujer llevaba en el cuello un colgante que tenía inscripta una palabra en hebreo que significa vida y no un saludo nazi. Habla con exacerbado rencor de evidentes judíos homosexuales de Tigre, “comedores de knishes y de varenikes, hombres tan infames como tu padre o como vos”. La familia no interviene porque cree que el hombre está hablando solo después de beberse las cuatro copas rituales con el estómago vacío. El estudiante percibe un repentino apagón en todo el barrio: en realidad uno de sus primos menores acaba de golpearlo en la nuca con la raqueta que le regalaron hace unos instantes por haber encontrado el aficomán. El estudiante, aniquilado, se duerme; cuando despierta, ya con el sol bien alto, ha desaparecido el profanador pero su tía sigue en el departamento, llorando. Han desaparecido también un par de güisquis (whiskies) que el padre del estudiante había escondido para celebrar cuando enviudara y unos dólares (lochshums) que había separado en esa misma esperanza. Ante las imprecaciones recibidas la noche anterior, el estudiante resuelve perderse en el tercer cinturón del conurbano. Piensa que se ha mostrado capaz de matar a un mosquito, pero no de saber con certidumbre si ese mosquito era capaz de inocular el paludismo. El nombre de Tigre no lo deja, y el de una bume (mujer sefaradí de casta muy poco casta) de Hacoaj, muy preferida por el odio y la lujuria del profanador de tumbas. Arguye que el odio de un hombre tan minuciosamente shleper y goi importa un comino. Resuelve –sin ayuda de nadie- buscarla y pagarle para venga con él al séder de la noche siguiente, para así reivindicarse de las acusaciones del profanador y demostrarle a su familia que no se ha hecho gay ni goi, y que todavía está con vida a pesar de su invisibilidad y de no haber obtenido un diploma universitario. Ante el estupor de su hermana, mueve el vientre con estruendo y con la puerta del baño abierta —poco a poco va descubriendo las ventajas de su nueva condición— y emprende, ya más ligero, el largo camino a Tigre. Así acaba la segunda página de la obra.
Imposible trazar las peripecias de la página siguiente. Hay una vertiginosa pululación de mujeres judías – para no hablar de una de ellas en particular que parece agotar todos los clichés del estereotipo (desde el colorado cabello encrespado hasta las pecas en los pómulos) y de una cuyos glúteos prematuramente comprenden la vasta geografía de los municipios de Victoria y San Fernando. La historia comenzada en Belgrano sigue en las casas bajas del club de campo de Hacoaj, se demora una tarde y una noche en el club house de madera, narra la muerte de un dentista ciego en el polvo de ladrillo, conspira en el green del hoyo catorce anotándole un golpe de más a un rival, reza y se masturba para vivir en carne propia las experiencias de Onán, mira nacer los días en el arco de una cancha de fútbol, mira morir las tardes en la misma cancha de fútbol pero en el arco de enfrente, vacila y mata un sapo con la bicicleta y cierra la órbita de sus ojos cuando las ruedas delanteras se clavan en un lomo de burro, para caer a pocos pasos de otra shikse color de shwartze. El argumento es este: Un hombre, el estudiante invisible y sin título que conocemos, cae entre las mujeres más viles de Hacoaj y se acomoda a ellas, en una especie de certamen de infamias. De golpe —con el milagroso espanto de un goi ante el espectáculo de un miembro circunciso— percibe alguna mitigación de esa infamia: una ternura, una sonrisa ante una ironía, un silencio, en una de esas mujeres aborrecibles. “Fué como si hubiera terciado en el diálogo un interlocutor capaz de la sinapsis”. Sabe que la mujer vil que está conversando con él es incapaz de ese momentáneo decoro; de ahí postula que ésta ha reflejado a una amiga, o a la prima de un amiga. Repensando el problema, llega a una convicción improbable: En algún lugar de Hacoaj hay una mujer capaz de quererme aunque yo no tenga título universitario y no veranee en Punta del Este; en algún punto de Hacoaj está esa mujer que es todo lo contrario a mi hermana. El estudiante resuelve dedicar toda la tarde siguiente a encontrarla.
Ya el argumento general se entrevé: la insaciable busca de una alma gemela a través de inefectivos approaches (approaches): en el principio, tenues piropos susurrados al pasar desde la impunidad invisible; en el fin, chabacanerías soeces y crecientes de la desesperación, del celo y de la misoginia. A medidas que las mujeres interpeladas han conocido más de cerca a Finkelstein, su porción de enojo es mayor, pero se entiende que no golpeen al estudiante porque no lo pueden ver. El tecnicismo matemático es aplicable: la cargosa novela de Muhammad es un suplicio ascendente, cuyo final es el presentido “uppercut de la mujer que se llama Sharon Finkelstein”. La inmediata antecesora de Finkelstein es una psicóloga ashkenazí con glúteos firmes pero busto casi tan invisible como el del estudiante; la que la precede es una productora de televisión sefaradí que es una santa… Al cabo de las horas, el estudiante llega al vestuario de damas “en cuyo fondo hay una puerta batiente con una mezuzá y atrás un vaho de vapor”. El estudiante se golpea las manos una y dos veces contra la pared y pregunta por Finkelstein: “¿está Sharon? Una voz de silbato –la increíble voz de Sharon Finkelstein- lo insta a pasar. El estudiante empuja la puerta y ve venir un guante de box a su quijada. En ese punto la novela concluye.
Si no me engaño, la buena ejecución de tal argumento impone dos obligaciones al escritor: una, la de saber leer y escribir; otra, la de conocer el tema sobre el que está escribiendo. Muhammad satisface a duras penas la primera; definitivamente no la segunda. Dicho sea con otras palabras: el inaudito y no mirado protagonista debería ser un judío del once real, con un marcado y definido sentimiento de culpa, y no un desorden de lugares comunes propios de una película de Burman con guión de Birmajer. En la primera versión, las fotografías ralean: “la mujer llamada Finkelstein” insinúa un busto prominente pero debemos conformarnos con imaginarlo. Desgraciadamente, esos relieves no aparecen en ninguna de las fotos de la segunda —de la que solo he oído hablar—, en donde, me han comentado, solo se ven ganchos y jabs de Muhammad pero ninguna derecha cruzada de Foreman que haga realidad el deseo más profundo de los lectores. Finkelstein es emblema de una Diosa judía y por eso no aparece su imagen; los puntuales itinerarios del héroe son los que hace todo socio de Hacoaj cada uno de los fines de semana que no está en Miami ni en Punta del Este. Hay pormenores afligentes: un judío negro a quien el intendente del club expulsa en nombre de la comisión directiva; un cristiano que usa vaqueros (jeans) sin ropa anterior para ver si en un descuido se flagela y deja de ser el centro de atención del vestuario de hombres; un lama que se afeita toda la cabeza menos un mechón de pelo circular para no tener que ponerse una kipá cada vez que lo invitan a un casamiento judío o a un entierro. Esos personajes quieren insinuar que en Hacoaj hay un puñado de gois, pero que todos ellos tienen, al menos, un amigo o compañero de dobles judío. La idea es poco creíble, a mi ver: ¿para qué pagar una cuota tan alta para ir a un club judío cuando uno tiene la posibilidad de acceder al Jockey? No diré lo mismo de esta otra: la conjetura de que Sharon Finkelstein no es judía, y que simplemente ha adoptado ese nombre artístico para poder bailar rikudim y conseguirse un marido que la mantenga. Finkelstein (el nombre del profético auditor que le recomendó a Beraja llamar con urgencia a los abogados de Madoff) quiere decir etimológicamente La falsa bailarina. En la primera versión, el hecho de que el protagonista fuera invisible justifica la dificultad de las mujeres para asestarle un cross en la mandíbula (golpe que Finkelstein concreta gracias a Dios y a que el vaho de vapor recorta la silueta del estudiante contra los azulejos del vestuario); en la segunda, el lector abandona inevitablemente la lectura al promediar la segunda oración atraído por las fotografías de Muhammad y Foreman en el Madison Square Garden. Mister Muhammad Alí, lo hemos visto, es incapaz de soslayar la más burda de las tentaciones del escritor: la de saber escribir.
Releo lo anterior y temo no haber destacado bastante los defectos del libro. Hay, a pesar de todo, un par de rasgos muy civilizados: por ejemplo, la aclaración en tapa de que no se aceptan devoluciones, y cierto epígrafe de una de las fotografías en donde Muhammad aclara que solo una vez ha resuelto una discusión conyugal a las trompadas, “para no tener razón de un modo triunfal”.
*
Se entiende que es deshonroso que un libro actual se venda en la misma mesa de saldos que los libros antiguos: ya que a nadie le gusta (como dijo Magic Johnson) deberle aún dinero a los editores y ver que los periodistas de los suplementos culturales ya han arrojado la obra de uno al cesto (basket). Los repetidos pero infructuosos llamados de Muhhamad a los periódicos judíos de Buenos Aires y Nueva York siguen escuchando —todos sabemos por qué— el tono de ocupado; no obstante, tengo entendido que Muhammad ya está trabajando en la segunda parte de su saga, que lleva el título provisorio de En busca del aficomán perdido. Otros planes para obras futuras no le faltan. Algún inquisidor ya se ha apuntado para darle caza a Muhammad ni bien la Santa Sede lo declare judío. Muhhamad admite que la novela tiene cierto aire semítico, pero alega que sería muy anormal que una obra impresa no tuviera ninguna relación con el Pueblo del libro… Yo, con toda humildad, señalo la necesidad de ajusticiarlo y sugiero utilizar el mismo método de tortura ideado por el cabalista Domingo Felipe Luria, que en la década del noventa propaló a millones de desdichados que el alma valía menos que un buen calzado nuevo. Reebok se llamaba esa variedad de zapatillas.[1]
2010
[1] En el transcurso de esta noticia, me he referido dos veces al aficomán. Quizá no huelgue la CTA de Luis D’elia si me digno a explicarle al público goi lo que esta palabra significa. Al comienzo del séder de Pésaj, se parte en dos una de las tres matzot rituales. El trozo más pequeño (valga el oxímoron) se envuelve en una servilleta blanca y se lo esconde, para que luego los niños, al final de la velada, compitan por encontrarlo. Quien encuentra el aficomán recibe una recompensa del zeide de la casa. El objetivo es mantener despiertos a los niños hasta el final del séder. Hay quienes ven en este juego una alegoría de la busca de esposa. Según ellos, la novia equivale a un pedazo de comida envuelto en una tela blanca, capaz de mantener a los hombres (niños eternos) despiertos en este séder que es la vida. Quien encuentra una mujer para casarse recibe una recompensa en forma de regalos de casamiento, solo para descubrir que el séder (la vida) en realidad recién ha comenzado, y que ni bien se descuide (o dejemos de cuidarse) llegarán los verdaderos niños, esos que le impedirán conciliar el sueño por unos cuantos años. Todo esto lo explica el Shulján Aruj, tratado cuyo título en hebreo significa “mesa larga como para no oír las quejas de tu mujer”. Para esta nota no he consultado el Shulján Aruj pero sí mi reloj, y creo estoy llegando tarde a mi clase de yoga.
Los contactos del Shuljan Aruj con la novela de Mister Muhammad Alí no son excesivos: apenas tienen en común el hecho de comenzar los dos en la primera página. En la página dos de la novela, unos poemas atribuidos por la productora de televisión sefaradí a Finkelstein son, quizá, la magnificación de su propia estupidez; esta y otras fallidas expresiones artísticas pueden significar que muchas veces conviene dedicarse a labores más prosaicas como arrancar muelas; pueden también significar la identidad del buscado y del buscador, en cuyo caso estaríamos ante la forma más patológica del narcisismo. Otro capítulo insinúa que Finkelstein es el mosquito que el estudiante cree haber matado, o que Finkelstein tiene un cerebro de las mismas dimensiones y características que el del insecto.
El muerto
A otro Martín, fanático de Georgie y gran lector de los partidos de Boca.
Que un hombre del suburbio de La Plata, que un alegre centrodelantero sin más virtud que su optimismo, se interne en las áreas rivales con la intención de picar la pelota por sobre la salida del arquero, parece de antemano imposible. A quienes lo entienden así (y, más aún, a quienes no), quiero contarles el destino de Martín, de quien acaso perduran goles inverosímiles pero ninguna clásica definición ante la salida del arquero, y que murió en su ley, de un cabezazo al poste, en los confines del área chica. Ignoro los detalles de su pelea con el compadrito de San Fernando Juan Román; cuando me sean revelados, he de rectificar y ampliar estas páginas, a ver si despierta el interés de algún otro que no sea el amigo a quien van dedicadas. Por ahora, este resumen es lo único que hay.
Martín cuenta, hacia 1992, diecinueve años. Es un mocetón de frente generosa, de sinceros cabellos oscuros, de reciedumbre de vaca; un peluquero infeliz lo ha convencido de que cualquier hombre puede jugar con una vincha y un arito, pero que solo los más valientes se atreven a salir a un estadio repleto de barras bravas con toda la cabeza teñida de blanco; no lo inquieta la habilidad de los contrarios, tampoco la inmediata necesidad de hacer, de vez en cuando, un pase con los pies. El caudillo de la parroquia le da una carta para el circunciso Miguel Ángel, por entonces director técnico de Estudiantes, y lo despide con un “que Dios te ayude”. Martín llega tarde a la práctica, porque se detiene en un potrero a perfeccionar una revolucionaria técnica para cabecear con la nuca; esa noche pernocta en el campo de juego vacío, con exhausta tristeza, tras comprobar que resulta imposible patear y cabecear un mismo tiro de esquina. Al día siguiente tampoco da con Miguel Ángel; hacia la noche, en un almacén de Villa Elisa, asiste a un altercado entre unos mellizos triperos. Un objeto contundente, presumiblemente botín, vuela apenas unos centímetros por encima de su fuente de trabajo; Palermo no sabe cuál de los dos hermanos es Guillermo y cuál es Gustavo, pero sabe que de todas maneras que Guillermo es que le cae peor. Para, en el entrevero, un plato de lentejas que iba dirigido a un comensal ubicado en una mesa del fondo. Este, después, resulta ser Carlos Salvador, manager de Estudiantes. (Martín, al saberlo, le entrega el plato de lentejas, porque prefiere comenzar la relación con el pie derecho, igual que los partidos). Carlos Salvador da, amén de contrahecho, la impresión de haber malogrado en su juventud varios goles recontrahechos; en su rostro, de nariz siempre demasiado cercana, están el judío (Brailovsky), el negro (Jota Jota) y el indio (Solari); los anteojos que llevan son un adorno más: después de rendir la última materia de Medicina no ha vuelto a tocar un libro.
Proyección de un defensor central o error de cálculo del arquero, a la mañana siguiente Martín convierte su primer gol de cabeza a los cinco minutos de haber ingresado en la práctica. En el entretiempo, comparte unas copas libertadoras con Carlos Salvador y, al promediar el segundo tiempo, se hace expulsar para poder acompañarlo a una farra y luego, ya con la luna bien alta, a un caserón del bosque de la Plata donde vuelve a encontrar a los hermanos triperos. En el último patio, que es de tierra, los cuatro hombres tienden su recado para improvisar dos arcos. Oscuramente (porque un frondoso ombú tapa ahora la luz de la luna), Martín compara ese diminuto potrero con el estadio donde jugó esa mañana, y comprende que será difícil que pueda llegarle un buen centro. Por fortuna para él, los mellizos comienzan una vez más a discutir entre ellos, y solo se ponen de acuerdo a la hora de mentar la mala reputación de la madre del otro. El picado se suspende por falta de garantías. Carlos Salvador aprovecha entonces para darle instrucciones a la madama del caserón de que haga debutar a Martín esa misma noche, así el domingo puede integrar el equipo que enfrentará a San Lorenzo, el equipo del Bambino, siendo ya todo un hombre.
La noche previa al partido Martín siente que ha dejado atrás el potrero y que pisa ahora tierra firme con césped regado. En realidad es el pasto del Bosque de La Plata húmedo por el rocío. Lo inquieta, eso sí, no saber dónde queda el estadio de Ferrocarril Oeste, en donde habrá de disputarse el partido al día siguiente. Para sobreponerse al temor, pasa la noche en vela, corriendo por las calles de La Plata, tirando diagonales. A la mañana siguiente, duerme hasta al utilero con el relato de su entrenamiento nocturno; ya con el sol bien alto, el mellizo Guillermo lo interrumpe para avisarle que se confundió de club y que aquel es el vestuario de Gimnasia y Esgrima. (Martín recuerda que Guillermo ha compartido con él la noche en caserón y en el boliche de Villa Elisa, pero tarda casi una hora en reconocerlo porque es la primera vez que lo ve solo, sin su hermano Gustavo, marginado del plantel debido a una inflamación de los gemelos). Guillermo celebra que Estudiantes ya está perdiendo uno a cero contra San Lorenzo en Caballito, y el relator anuncia por radio que el circunciso Miguel Angel manda llamar a Martín donde sea que esté. En una suerte de banco de suplentes cubierto para evitar proyectiles (Martín nunca ha visto una tribuna con más de veinte simpatizantes), efectivamente está esperándolo Miguel Ángel, acompañado por Carlos Salvador y por una clara y desdeñosa mujer de pelo rubio. La mujer en verdad es el delantero Claudio Paul, que acaba de regresar al país. Carlos Salvador increpa a Martín por haberse confundido de vestuario y de ciudad, y por haberse gastado su primer sueldo en el remis que lo trajo desde La Plata. Lo pone de un puntapié en el área rival y le repite que ya le está pareciendo un jugador bastante torpe. Martín se da vuelta para responder a la injuria cuando siente un balón rebotar en su nuca. Es el gol del empate. Carlos Salvador corre a abrazarlo y en medio de la turbamulta del festejo le propone ir a Boca, el equipo del Virrey. Porfía en llevar también a los mellizos triperos. Martín acepta, todavía confundido por el pelotazo; hacia la madrugada están los cuatro en camino, rumbo a La Boca.
Empieza entonces para Martín una vida distinta, una vida de bastos, copas y oros en las concentraciones y de jornadas que tienen el olor a bosta del caballo. Esa vida es nueva para él, y a veces atroz, pero ya está en su sangre, porque lo mismo que los hombres de Buenos Aires (también el hombre que entreteje estos dislates) veneramos y presentimos el barrio de Nuñez, así los hombres de ciudades limítrofes ansían el Riachuelo. Martín se ha criado en los barrios de un equipo que pincha rivales y de otro que en cien años de historia nunca ha salido campeón; antes de una semana se adapta por completo al primer equipo de Boca. Aprende a pisotear al rival, a entorpecer el juego, a hacer tiempo, a manejar el agarrón de camiseta que sujeta y el codazo al mentón que tumba, a resistir a los centrales, a los laterales, al árbitro, a pedírsela al contrario con el silbido y el grito. Solo una vez, durante ese tiempo de aprendizaje, intenta tirar una gambeta, pera la tiene muy presente, porque sabe que al hacerla son muchas las probabilidades de que tropiece solo y le cobren penal, y porque, ante cualquiera de sus burradas, el jugador número doce lo aplaude y le dice que nadie las hace mejor. Alguien opina que Martín nació con los pies invertidos; eso, que debería rebajarlo, oscuramente lo enriquece para enviar centros con el perfil cambiado, aunque no para cabecearlos. Gradualmente, Martín entiende que los negocios de un centrodelantero son pocos y que el principal es hacer un gol aunque sea con la mano. Ser tripero es ser hincha de Gimnasia y Esgrima de La Plata, le explica Guillermo una tarde en el vestuario; Martín se propone entonces hacerse hincha de Boca, para que la hinchada pueda jactarse de ser ahora la mitad más dos. Justamente dos de sus compañeros defensores, una noche de Copa Libertadores de América, cruzarán el círculo central envalentonados por un mejunje de Cagna; Martín choca con uno de ellos, lo hiere y toma su lugar para defender un tiro de esquina. Lo conmueve entonces un pelotazo que rebota en su cabeza y se introduce en el arco rival, a una legua de distancia. Que el Virrey (piensa desde el suelo) acabe por entender que yo valgo más que todos sus colombianos juntos.
Otro año pasa antes de que Martín haga un gol con alguna de sus piernas. Recorre el área chica, él área grande (que a Martín le parece muy grande cuando juegan en Brasil), llega a casa del patrón, en Colombia; los hombres de Boca atienden los recados de la prensa argentina en el último patio. Pasan los días y Martín no ha visto al Virrey. Dicen, con temor, que está filmando el comercial de un banco; el moreno Juan Román suele subir a su dormitorio para discutir cuántos volantes de contención son necesarios para aguantar el cero de visitante. Una tarde, le encomiendan a Martín esa tarea, y esa noche Boca sale a la cancha con tres arqueros. El árbitro compulsa el reglamento con los jueces de línea y finalmente le permite jugar con uno solo. Martín se siente vagamente humillado pero también un poco dolido por no haber podido estrenar los guantes que se había comprado para la ocasión.
El dormitorio del Virrey es desmantelado y oscuro, porque el presidente del club Mauricio le ha dado órdenes de ahorrar en todo lo que se pueda. Hay un balcón que da al helipuerto de la terraza, hay una larga mesa con un resplandeciente desorden de taleros, de arreadores, de cintos, de armas de fuego y de armas blancas para poder salir del país en caso de que ganen de visitante, hay un remoto espejo que tiene una foto empañada de Silvina Luna. El Virrey yace Boca abajo, para no despeinarse; sueña y se queja por no tener un nueve como el Enzo; Martín nota las canas y le recomienda una marca de tintura; lo subleva que lo esté mandando ese viejo canoso y sin flequillo que teñir. Piensa que bastaría un buen bisoñé para mitigar ese oprobio. En eso, ve en el espejo que alguien ha entrado. Es Claudio Paul, el hombre de pelo rubio; está a medio vestir (por fortuna de la cintura para arriba) y con ojotas y lo mira con lágrimas en los ojos. Caudio Paul se inclina sobre el pecho del nueve para llorar. Mientras solloza y explica que está allí dilapidando lo ganado en el fútbol europeo para que su esposa pueda adquirir un bronceado caribeño, los dedos de Martín juegan con la cola de caballo rubia hasta cortarla con sigilo. Al fin, Martín le dice a Claudio Paul que se marche e improvisa una peluca para el Virrey.
Días después le llega la orden de Marcelo, otro loco, de ir al Norte, al Paraguay, a jugar la Copa América. Arriban a una estancia perdida, llena de fanáticos de Boca que acosan a los jugadores y a sus esposas. Ni el mono Burgos ni el payaso Aimar alegran la concentración. Hay corrales de piedra para el Burrito y para el Pupi. Lo que un suspiro se llama ese desahuciado establecimiento.
Martín oye en rueda de prensa que Juan Román no tardará en llegar desde Don Torcuato. Se inclina para atarse sus anodinos botines y pregunta por qué; alguien aclara que hay un delantero agachado que está queriendo patear los penales con ambos pies al mismo tiempo. Martín comprende que es una broma pero de todas formas se las ingenia para fallar tres un mismo partido. Averigua, después, que le habría ido mejor en el rugby, y que habría sido mucho más justo que le tocase en suerte el apellido de Javier Saviola. También averigua que Juan Román se ha enemistado con Mauricio, el presidente del club. Le gusta esa noticia.
Llegan cajones de armas largas para sortear en las peñas de la hinchada; llega una jarra y una palangana para el flequillo de Martín; llega de Formosa, una mañana, un morocho sombrío seguido de un séquito de perros. Es el Negro Ibarra, quien hace las veces de capanga o guardaespaldas de Juan Román cuando no está presente la madre de este último. Habla muy poco y lo poco que dice no se le entiende. Martín no sabe si atribuir su reserva a hostilidad, a desdén o a mera barbarie. Sabe, eso sí, que para que le llegue un buen centro desde la derecha tiene que ganar su amistad.
Entra después en el destino de Martín un colorado Mercedes Benz que importa Juan Román de Alemania y que luce chapeado un solo día en el estacionamiento del club hasta que Martín lo abolla sin querer durante la práctica de penales a colocar. Ese automóvil importado es símbolo de la habilidad que Martín codicia; también desea, con deseo rencoroso, poder patear tiros libres al ángulo y tirarle caños a los rivales. La habilidad, el tiro libre, el caño son atributos o adjetivos de un hombre que él aspira a sustituir.
Aquí la historia se complica. Juan Román es diestro en el arte de enrostrarle al prójimo su felicidad, en la satánica maniobra de humillar al interlocutor esgrimiendo un depurado dominio del pretérito perfecto compuesto, combinándolo con el pluscuamperfecto y el anterior; Martín resuelve aplicar esos tiempos verbales en las notas que da a la televisión, obligando a las emisoras a emitir sus programas con subtítulos. Resuelve suplantar, lentamente, a Juan Román como cerebro del equipo. Logra, en tiros de esquina de peligro común, la amistad del Negro Ibarra. Le confía su plan; el Negro le promete su ayuda. Muchas cosas van aconteciendo después de las que sé unas pocas. Martín no obedece a Juan Román ni al Virrey; da en gambetear, en patear tiros libres, en intentar pases goles. El universo parece conspirar en su favor y apresura los hechos. Una madrugada argentina, ocurre en campos de Tokio un enfrentamiento con gente madrileña; Martín usurpa el lugar de héroe de Juan Román y manda a los colombianos. Casi se fractura una pierna durante uno de los festejos, pero esa noche Martín convierte dos goles y esa noche le entregan un Toyota por ser el mejor jugador del partido y esa noche duerme con Claudio Paul, el hombre de pelo reluciente, que —¡oh, casualidad!— estaba ahí de farra. Otras versiones cambian el orden de estos hechos y niegan que puedan haber ocurrido en el lapso de una sola vida.
Juan Román, sin embargo, siempre es nominalmente el estratega del equipo. Da órdenes que no se ejecutan, patea tiros de esquina que no se cabecean; Martín no lo toca por una mezcla de rutina y de lástima.
La última escena de la historia corresponde a la agitación por la rotura del record de 218 goles de Roberto. Esa tarde, los hombres de Boca comen pasta y beben agua mineral sin gas; alguien infinitamente trata de evocar uno por uno los goles de Martín de cabeza pero inevitablemente los confunde. En la cabecera del ómnibus que los lleva al estadio, en Sarandí, Martín erige exultación sobre exultación, júbilo sobre júbilo; esa torre de júbilo es un símbolo de que su irresistible destino es una pronta jubilación. Juan Román, taciturno entre los jugadores que salen a la cancha, deja que fluya clamoroso el partido. Cuando los bombos de la doce resuenan, elude a un rival en el área chica y le cede el gol servido a Martín como quien recuerda una obligación. En el festejo, evita el abrazo de Martín y va a buscar a Guillermo entre los fanáticos de la tribuna. Este baja enseguida, como si esperara el llamado. Baja a medio vestir, con la camiseta de Gimnasia y Esgrima que llevaba puesta debajo de la de Boca. Con una voz que se afemina y se arrastra, Juan Román le ordena:
- Ya que vos y el otro platense se quieren tanto, ahora mismo vas a mandarle un centro a la olla.
Agrega una circunstancia brutal: el centro tiene que ir al primer palo, de forma tal que cuando Martín cabecee se parta el cráneo contra el poste. El mellizo quiere resistir pero dos jugadores lo han tomado del brazo y lo encaminan hacia el banderín del corner. Arrasado en lágrimas, besa la pelota y hace a un lado una botella de vidrio. En el punto del penal, Martín comprende, antes de morir, que desde el principio lo han engañado, que ha sido condenado a muerte, que le han permitido los goles, el record y los triunfos, porque ya lo daban por muerto, porque para Juan Román siempre había sido un muerto.
El Negro Ibarra, casi con desdén, le dice que vaya al primer palo.
Mi queridísimo hermano literariohumorístico que a la hora de pagar seborrea y padece síndrome de clown, sermonella, diabetes emocional, posee el don de enfermar por medio de la palabra a los soryasses y su enfermedad es que a nadie venerea, Sebastián Kleiman, ha intervenido el genial cuento de Borges "La secta del Fénix" que alude muy elíptica y sublimadamente al onanismo-
"porque olvido repito, porque repito olvido" solía repetir si mal no recuerdo don Derridá en la canción Obladí-derridá: una de las modalidades curativas de la interativa noria es la perífrasis, la alteración sutil que no requiere desembarazarse de toda la carga de opresivo discurso que hipercatectizado no podemos tramitar, solo,cambiarle una coma y con ella, dejarlo en coma
no sé qué les parecerá a ustedes, a mí, que soy de origen judío y estudio para ser psicoanalista, pero mi religión es Borges y el propio Freud no ha podido desplazarlo (por freudianos motivos dado que Borges estuvo en mi infancia), a mí me da la sensación de que lo ha superado en gracia: sin siquiera haberse tomado el trabajo de construir la frase, llega, a lo Pierre Menard, a postular desopilantemente que el amor al dinero ya es instintivo...en "La Estación del Café" le expuse en alguna charla mi teoría de que el capitalismo es biológico, que apela al egoismo como la naturaleza, que lejos de decir "ven a reproducir tu especie" te susurra "mirá que rica esta turra"...pero creo que lo terminé de convencer no pagándole ese exquisito café del país que Mussolini creyó fácil de conquistar...
Seppi David como de costumbre con Davitud se ríe, me parece, de sí mismo también, o al menos admirablemente consigo mismo: a través de este entramado oigo cual punta de lanza el carcaj de sus carcajadas compositivas...mientras caminábamos rumbo a lo de cierto editor que adeudaba una suma que le aposté no pagaría [mucho Esquilo y mucha Medea cuando pretendo que me dea mi plata] nos tranzamos en una esgrima verbal para dar con juegos de palabras políglotas: me explicó que "cayó en saco roto" podría entenderse como "vino con un traje descosido" si en español se empleara el "en" como en inglés...agregó que hacer yoga es mucho mejor que ir al analista, pero no tardó en admitir cuando le hice un "señalamiento" que decir eso era indigno de su distinguido sectarismo, resultaba algo lindante, algo lindera-la minita que era lindera y guenaza, para el gavilán entrador en la salidera- peligrosamente cercana a las frases villeras del estilo "pintar esta casa me hizo entender más la teoría de la relatividad que insistir con ese laddri de Einstein"
Quienes escriben que la secta de Freud tuvo su origen en Viena, y la derivan del hecho de que en ese momento eran tan pocos los judíos de París como los de Nueva York y Buenos Aires juntos, alegan textos de Lacan que ni el propio Lacan hubiese podido entender ni a punta de pistola, pero ignoran, o quieren ignorar, que la denominación Shrink no fue acuñada por Woody Allen ni Barbara Stresisand, y que tampoco hace referencia a la cabeza de los pacientes, como ellos pretenden hacernos creer, sino, más bien, a nuestros bolsillos. Ya unos tres mil años antes de la fundación de la secta en Viena, José, el hijo del patriarca Jacobo, había intentado sin éxito venderle al Faraón de Egipto los derechos de traducción de un papiro suyo al que había intitulado La Interpetación de los sueños. El soberano olió algo raro cuando José mencionó que estaba mal del estómago y que varios escribas estaban trabajando ya en la traducción de otro papiro inédito de sobre un tal Moisés y una religión monoteísta que todavía no habían nacido. José contó que su mágico método de curación se llamaba Psicoanálisis, nombre que había tomado prestado del futuro griego antiguo y para el que aún no existía jeroglífico. El faraón se negó a prestarle siquiera oídos cuando José admitió que el tratamiento demoraba poco menos que la erección de la pirámide de Keops, pero enseguida volvió a llevarle el apunte cuando le aseguró que, llevado a sus extremos, podía resultar más redituable que la mismísima pirámide de Madoff. El método finalmente fue descartado porque los carpinteros egipcios aún no estaban en condiciones de construir un diván.
Mario Bunge, en unas declaraciones poco afortunadas que hizo en los baños de la televisión francesa cuando su micrófono estaba al aire y el de la emisora, todavía abierto, ha equiparado los sectarios de Freud a los mahometanos, utilizando el mismo término que acuñara Carlos Saúl Menem unos años antes para referirse a los musulmanes que viven en Italia. En Chile y en Hungría hay mahometanos y también hay sectarios; fuera de lo blanco de los ojos y del hecho de que ambos grupos respiran por nariz y boca, muy poco tienen en común unos y otros. Los mahometanos veneran a sus madres aunque bien podrían trocarlas por dos rollos de seda a la primera de cambio; los sectarios abominan de sus (idishes) mames y les endilgan el origen de todas sus faltas, pero jamás propondrán matrimonio a un goi sin antes contar con su visto bueno. Los mahometanos veneran al Dios de Abraham pero se cuidan muy bien de ocultárselo a la prensa extranjera, particularmente a la católica y la judía; los sectarios también veneraron al Dios de Abraham hasta que descubrieron que no podía garantizarles ningún paciente por fuera de las prepagas, y entonces lo reemplazaron por Lacan, que tampoco les garantiza pacientes pero al menos les permite adorar su imagen en las paredes de sus templo-consultorios… Martín Brauer declara que él y el autor de estas líneas somos esencialmente patéticos como corresponde a todo buen judío; la inmensa mayoría de los sectarios también lo son, aunque para disimularlo acostumbran alardear delante de sus angustiados pacientes como si acabaran de inventar la rueda. Esta pública verdad basta para avalar el vulgar antisemitismo (férreamente defendido por los presidentes de Irán y de Siria) que ve en la arrogancia del judío psicoanalista porteño y neoyorquino la justificación para borrar al Estado de Israel del mapa. Los antisemitas más o menos discurren así: Freud, el fundador de la secta, era judío; la mayoría de los sectarios y sus pacientes son judíos; matemos a todos los israelíes así los sectarios y pacientes judíos de Nueva York y Buenos Aires tienen un verdadero trauma de que hablar en sus sesiones. Sinceramente no puedo convenir con este razonamiento. La estadísticas revelan que la mayoría de los pacientes abominan de los traumas colectivos y solo acuden a los sectarios para hablar de ellos mismos, sus padres y sus parejas, y que ningún miembro de la secta aún ha sido capaz de retener durante más de dos minutos en su diván a un sobreviviente de Auschwitz con un trauma verdadero.
He dicho que los sectarios nunca han sufrido persecuciones por mala praxis. Ello es verdad, aunque para eso más de uno, incluido el propio Freud, haya tenido que otorgar descuentos a los pacientes a cambio de su silencio. Las únicas denuncias que lograron salir del consultorio tuvieron su origen en supervisiones: esos ritos satánicos en las que los partidarios de Freud se someten a otro sectario más experto, en la esperanza de lavarse las manos y encontrar la clave para aumentar los honorarios propios. Sin un juramento hipocrático que les prohíba seducir pacientes jóvenes, sin necesidad de emitir recibo y sin esa otra incomodidad que es tener que aceptar tarjetas de crédito, una sola cosa los contraría: descubrir al final de una sesión que el paciente ha olvidado en su casa el efectivo. Durante diez años he tratado con sectarios que no me comprendieron cuando inquirí si eran hombres de Freud, pero acto continuo me informaron que mis cincuenta minutos habían finalizado y que yo les debía una cuantiosa suma de dinero.
He compulsado los relatos de otros pacientes, aunque todavía no sé muy bien qué significa ese verbo. Sí, en cambio, puedo dar fe de que todos los sectarios utilizan el mantra ajá para estimular la catarsis de los pacientes, y que, para silenciarla, todos utilizan la palabra mágica dejamos, que tiene el poder de anudar la garganta del paciente y angustiarlo durante, al menos, otros siete días. He merecido en tres continentes –Buenos Aires, París y Nueva York- la enemistad de muchos sectarios, incluida mi hermana; me consta que mis críticas, en principio, les parecieron disparatadas, pero que al final todos coincidieron en que lo suyo no es más que un trabajo, y que ellos, al igual que el resto del género humano, profesan un profundo afecto por el dinero. Alguien no ha vacilado en afirmar que ya es instintivo.
Se diría que vivimos en una época que unge a mediocres al firmamento del panteón y que nuestro único consuelo es que no podrá haber genios incomprendidos: ni bien algo fino aparezca, va a sobresalir, dado que nos conformamos con tanta mediocridad.
Pero ¡ay! no todos los genios, a pesar de que es más fácil que nunca antes publicitar su música interior en las redes, lo hacen. Empantanados en ¡ay! haber conocido al amor de su vida o cosas igual de deleznables, no dan a publicidad su talento.
Es el caso del princeso Kleiman, ante cuyo don literario, espero se rindan: https://soydeleven.blogspot.com/.../la-biblia-y-la-salsa...
Debo a la conjunción de un jefe tunecino y otro chileno el conocimiento de Martín Brauer. El hecho se produjo hace tres meses, durante un congreso de la ONU en Puerto Madero. El tunecino se inquietaba al ver que, en lugar de no hacer nada como el resto de nuestros compañeros de trabajo, mi nuevo amigo y yo escribíamos sátiras que lo tenían por protagonista; el chileno solo nos rogaba que hiciéramos nuestra puesta en escena de The Importance of Being Earnest a distancia prudencial del mostrador, para que los delegados de Francia y el Reino Unido no se vieran apabullados por el peso de la cultura argentina. Una mañana Brauer trajo una peluca que había comprado una tarde en que estuvo de remate en el barrio de Once. Al día siguiente extrajo de su mochila una Biblia de Guttenberg. Antes de dejármela sostener en brazos, me advirtió que, en la versión que tenía entre manos, el pueblo de Israel había pasado a llamarse Pescadores de Raza o Pescadores de Área (para evitar eventuales rimas involuntarias), y que a Moisés le habían cambiado el nombre por el de Jürgen Klinsmann. Más incrédulo que indignado, abrí el pesado tomo en una página cualquiera, porque de todas formas mi desconocimiento del alemán escrito es tan absoluto como el oído de Mozart, por no decir nada acerca del hecho de que mi entendimiento del alemán hablado no es, ni empero, mayor que el de Beethoven. El azar dispuso que el libro se abriese en la página en donde Dios se le revela a Moisés a través de la zarza ardiente. Le entregué el libro a Brauer para que leyera en voz alta unas frases que sonaron a directivas de la GESTAPO; enseguida se encargó de volcarlas al español judeocristiano (ladino): “¿Quién eres?, preguntó Jürgen. Y Dios le respondió: Salsa de Soja.”
Le dije a Brauer que la traducción, amén de inexacta, era blasfema; por mucho menos que eso, a Lutero y Espinoza los habían excomulgado por dos meses, impidiéndoles asistir al sorteo del Mundial de las Religiones que se disputaría al año siguiente en el Monte de los Olivos, segunda Meca del Islam y primera del judeocristianismo. Le pedí a Brauer que me dejara echar un vistazo al versículo. Examinarlo y revisar la fecha de impresión fue casi todo uno. No sin resquemores, tuve que admitir que Brauer había traducido bien: efectivamente, la palabra alemana Sojasoße había conocido la imprenta casi al mismo tiempo que Guttenberg. Brauer me dijo que nunca antes había visto un error alemán semejante, y que la sangre de sus ancestros judeo-alemanes lo conminaba a encontrar el origen del desliz. Retruqué que mi sangre judeo-polaca estaba acostumbrada a los equívocos de rusos y alemanes, sobre todo en lo que a cartografía se refiere, pero que, si precisaba un humilde ladero que le marcara con inclemencia las falacias de sus deducciones, con gusto lo ayudaría en la pesquisa.
Comenzamos por el principio: el Séfer Bereshit. Recordé que, donde el ineficiente traductor alemán había escrito la palabra compuesta Sojasoße, el original hebreo, dictado por Dios a Moisés en el monte Sinaí, simplemente rezaba el verbo Hineni, de traducción imposible al castellano. Los porfiados lenguaraces que se empecinaron en traducirlo al español como “soy el que seré” siempre reconocieron que su versión tenía mucho menos ritmo que la portuguesa “o qué será qué será”. Así y todo, concluimos tajantemente con Brauer, era imposible que los escribas españoles hubieran ignorado la más atinadas de las traducciones a una lengua romance: la Bible francesa del monje Flaubert. En su esfuerzo por expresar el verbo hebreo en su italiano nasal de aguda acentuación, el asceta acuñó este feliz hallazgo: “la zarza ardiente c’est moi”.
Partiendo de esta pista insignificante, con Brauer nos propusimos rastrear el origen del error alemán en el destino de los cinco ejemplares franceses de la primera edición de la Bible. Porque nuestro jefe tunecino era el francófono que teníamos más a mano, acudimos a él en primer lugar. Por ignorancia, él nunca había oído hablar de la Biblia ni de Flaubert, pero así y todo no se privó de recomendarnos la lectura del Corán y de las 1001 noches, los únicos dos libros en los que, según él, solo un ciego argentino podía no haber visto camellos ni palmeras. Agotada nuestra paciencia, encaramos a nuestro jefe chileno, que por haber escapado a Suiza poco antes de la asunción de Salvador Allende, y por llevar ya treinta años tratando de pronunciar la r francesa sin ayuda de Ginebra, se merecía una consulta. En un principio, él tampoco fue capaz de arrojar demasiada luz sobre el asunto, pero a último momento creyó recordar que, en sus años mozos, cuando salía con niñas, había visto una botella de coñac cuya etiqueta mostraba un grumete francés que, munido de un pesado libraco “gordo como una Biblia”, se disponía a embarcar en una de las carabelas de Colón. Lamentablemente el chileno no era capaz de precisar si había entrevisto la imagen en la botella antes o después de habérsela bebido él solo, pero una corazonada nos reveló a Brauer y a un servidor que aquellas eran las únicas palabras sensatas que le habíamos oído en las dos semanas que llevábamos trabajando para él.
Con la excusa de que un ciclón amenazaba con trasladarse de Boedo a Centroamérica en la esperanza de obtener un título continental, convocamos a los delegados de todos los países caribeños a cuyas costas hubieran arribado las naves de Colón, y, ahí nomás, entre un chascarrillo y otro, con Brauer empezamos a atosigarlos con preguntas sobre la Biblia y el calefón. Finalmente, después de varias inquisiciones, el representante de Cuba admitió conocer la historia de la Biblia francesa.
Según nos relató el mulato, ni bien pusieron pie en Cuba, los marineros de Colón perdieron como por arte de magia la capacidad de pronunciar la r española vibrante, pero lograron conservar su negación para el aprendizaje de idiomas extranjeros. Frases simples como what’s your name? suponían un dolor de cabeza para los conquistadores de Cuba; los marineros caían como moscas al intentar leer frases más complejas y foráneas como la mencionada “la zarza ardiente c’est moi”. Para evitar más muertes y hacerles inteligible la palabra del Señor, el grumete francés acometió la traducción de la Bible de Flaubert al incipiente dialecto cubano. Fatigó las más de mil páginas sin dejar una sola palabra en francés, y reemplazando todas las veces que fue necesario la letra r por la l, para facilitar la fonética. “La zarza ardiente c’est moi” pasó al creole cubano como “la zalza aldiente soy yo”. Colón en persona, en su calidad de comandante en jefe de la isla, corrigió la traducción y finalmente optó por una opción más genovesa: “soy salsa al dente”.
Años más tarde, siguió contando el representante cubano, en un confuso episodio conocido como Piratas del Caribe, un corsario inglés se hizo con un ejemplar de la Biblia cubana como botín captura el hincha durante la vuelta olímpica de su equipo, y, tras una larga travesía, el libro recaló finalmente en las costas de Nueva Inglaterra. Como en aquel entonces el gobierno inglés impedía la inmigración de súbditos españoles y de sus virreinatos, no se pudo encontrar en todas las colonias de América del Norte un solo latino capaz de interpretar la Biblia cubana. Los cubanos, nos confesó el delegado, siempre sospecharon que el ejemplar terminó por caer en manos de los inmigrantes puritanos que fundaron el barrio Little Italy en Nueva York.
Brauer y yo agradecimos el testimonio del moreno, y de inmediato nos pusimos a googlear en busca del paradero de aquella traducción cubana, precursora de los gusanos balseros. Efectivamente, pudimos comprobar que el ejemplar había caído en manos italianas. Dos inmigrantes de Cerdeña, que a duras penas entendían el italiano de Dante, asumieron la misión divina de traducir esa Biblia criolla a la lengua del país que los acogía. Reverendos ignorantes tanto del español como del inglés, no fueron capaces de entender el significado del verbo español soy, y decidieron dejarlo sin traducir en la versión inglesa; con ayuda de un paisano que había encontrado trabajo en la cocina de un restaurante de Manhatan, pudieron encontrar un equivalente inglés para la palabra salsa: sauce. Como les parecía que la expresión al dente era redundante (todas las salsas italianas son al dente), la versión inglesa terminó rezando: soy sauce (salsa de soja).
Quién, cómo y por qué tradujo esa Biblia inglesa al alemán y se la acercó a Guttenberg para que probara su invento son interrogantes que aún nos quitan el sueño a Brauer y quien entreteje estos dislates. Por el momento, lo único que sabemos a ciencia cierta es que una copia de la versión inglesa se conserva en el Carnegie Hall de Nueva York. Lo sabemos porque Mercedes Sosa confesó haberla leído en los camarines durante uno de sus recitales y quedar pasmada. Tanto la conmovió el versículo que nos atañe que la Negra decidió hacerlo suyo e incorporarlo al tema Soy Pan, soy paz, soy más. En la noche del 24 de noviembre de 1986, ante una sala repleta de neoyorquinos, la negra salió a escena y cantó: Soy pan, soy paz… soy sauce.




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