to pay attention, Aufmerksamkeit schenken, prestar atención: los ingleses pagan la atención, los alemanes la regalan, nosotros la prestamos
El retroceso de Argentina se advierte en todos los aspectos.
Cuando yo era chico se decía de determinada fémina que resulta una fiesta para los ojos que era "un camión".
Ahora, decimos que es "una potra"
Si tuviéramos que nombrar a los cinco más grandes escritores judíos, realmente la Torá producida por Adonai no quedaría por encima de Isaac Bashebis Singer o Etgar Keret o Amos Oz.
Recomiendo este libro, que sirve como puerta de entrada y llave maestra a su obra, así como el Borges oral, plagiario de Oscar Wilde, nos ayuda tanto a que se derrumbe la idea de que ese tal Borges sea frío o poco patriótico o hermético o pretencioso.
Es un libro que compramos para reverenciar a este sabio y bebernos sus palabras que emanan como pepitas de oro, pero a la vez, para reducirlo a un repertorio de recursos, apoderarnos de sus mecanismos, imitarlo para superarlo.
Como todo lo sublime que nos hiere de belleza, Amos Oz es deprimente para los depresivos.
Si bien es cierto que para estar bien hay que salir al ruedo, entrar a la arena, tomar al toro por las astas, remarla en dulce de leche, comer sano, dormir mucho, tener amigos, ser filantrópico, hacer deporte, aprender idiomas y para estar mal no hace falta hacer nada, para estar desmesuradamente mal hay que ser un militante de la depresión y muchas veces lo somos.
Porque pese a que existe un mito del hiperrealismo despresivo, la depresión es una ficción, una ficción militante y futurista.
Ningún deprimido vive el puro presente como lo quiere la meditación budista.
El deprimido vive en el futuro: vive, para decirlo más exactamente, impidiendo el futuro.
Le decís: -Tenemos a la selección campeona incluyendo al mejor jugador de la historia, Messi, a unos dos meses de jugar un nuevo Mundial.
Te contesta: -¿Qué gano con ver ese juego de simios millonarios?
O: -Vamos a perder y va a ser una humillación tal que ninguna gloria que hallamos alcanzado hasta ahora perdure como rescatable.
Cada vez que aparece una magnificencia insoslayable , el depresivo recula.
No era tan brillante después de todo.
Nunca su conclusión catastrófica se desprendía realmente en buena lógica de su apocalíptica premisa.
Siempre trampea.
Contrabandea ilusión para sufrir una decepción infinita.
Amos Oz es admirado por todos los lectores y todas las lectoras a quienes se lo recomendé, incluso a quienes han leído las invectivas calumniosas de su hija.
No hay mil quinientos millones de Amoses Ozes. Si los hubiera, no lo valoraríamos tanto.
Recomiendo este libro como tónico como para aprender esa obligación de amar nuestra propia vida y este hostil universo.
Todo gran artista nos habita, nos impone, siquiera fugazmente, su destino.
«Yo nunca he creído en las musas, en la inspiración, nunca he creído en esas cosas, pero en el instante que tuve una mesa, una silla y una puerta que podía cerrar, todo cambió"

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