Bertrand Russell debate con Chesterton
Chesterton es mi escritor predilecto y Bertrand Russell mi científico preferido. Aquí debaten.
El tema es si los padres deben educar a los hijos o los establecimientos comunitarios.
Chesterton no tuvo hijos.
Rusell tuvo hijos que no concluyeron que Russell haya sido el mejor de los padres.
Russell financió escuelas que no consiguieron éxito alguno.
Bertrand Russell obtuvo el Nobel de Literatura y creó una fundación junto a Sartre para denunciar las atrocidades norteamericanas en Vietnam.
Chesterton no obtuvo el Nobel de Literatura, aunque lo admiraron como superior a ellos muchos de quienes lo obtuvieron-Wells, entre tantísimos otros.
Salvo Swift, Voltaire y Heine y Moliere y Karl Kraus y los mayores maestros del sarcasmo no fueron soldados del conservadurismo católico.
Chesterton mismo no empezó siendo abogado del agradecimento por estar vivos-cosa a la que lo llevó Whitman.
Su conversión al cristianismo fue amada por la grey y los Papas nos recomiendan leerlo.
Bernard Shaw lo amó pero no creyó que el cristianismo fuera una verdadera funda para su raqueta.
Con su sempiterno infantil, inocente y puro amor al humor descerebrado, dijo que dado que Chesterton era tan gordo, el cristianismo es un barco muy fragil que empieza a temblar cuando Chesterton se sube a él.
Yo no me llevaría los evangelios a una isla desierta.
Me llevaría "Ortodoxia" de Chesterton.
El libro que hace caso olímpicamente omiso a que Defoe escribió "Robinson Crusoe" en clave protestante.
El libro que explica la refutación de David Hume de la noción de causa en clave teológica: Dios es un nene, quiere que le cuenten el mismo cuento: EL SOL NO SALE MECÁNICAMENTE POR EL ÉSTE, EN CUALQUIER MOMENTO HACE CUALQUIER OTRA COSA.
Pero el órden es el gran milagro contra el aburrimiento, no la anarquía sorprendente. Que el tren llegue a la estación Victoria es asombroso porque estaba anunciado que iba a llegar a Victoria, si llegaba a Escobar era el desastre.
He leído toda la obra de Whitman, todo Santo Tomás y San Agustín, todo Shaw y las matemáticas y divulgaciones filosóficas de Bertrand Russell y su film insólito en Bollywood.
Pero agarro cualquier ensayo de Chesterton y aunque el título diga una cosa, me habla de cualquier otra.
Los más grandes genios son nada condescendientes y nos atribuyen su propio cerebro al explicarse.
Lo hacen mi amado Bernard Sahw y mi amado Bertrand Russell.
Es el cerebro de Chesterton el que me subyuga en cada párrafo.
Da por sobreentendida cada paradoja que parece un cuento budista para alcanzar el satori.
No quisiera que John Lennon o que Maradona fuera mi padre: mejor que sea mi marido Messi, mejor que sea mi hijo Paul.
Pero ese plus artístico que la I.A nunca podrá imitar no está en los admirables decentes.
Chesterton es el cuentista policial, el novelista, el ensayista y el polemista al que preferiría como predicador.
Es cierto si me anonada y estraga la angustia en mi vida en español, saber pensarlo en alemán me permite salvarme, me permite pensar en otro idioma y otra cultura y otro ritmo.
Si no me hubiera salvado del suicidio esa curiosidad que me hizo nunca irme antes de una pésima película para ver cómo terminaba, o el hecho de que soy lo contrario de esa intolerancia porque amo demasiado a la vida, demasiado poco ambiosamente la vida, es Chesterton quien me habría salvado.
Aquí lo vemos brillar como retórico.
Fue un delicioso escritor que aniquiló a Nietzsche y anticipó a la Escuela de Frankfurt en su crítica a la razón instrumental.
Fue un excelente dibujante, como Spinetta, como El Indio, como Borges, como Dante Gabriel Rosetti y es considerado el último sabio defensor del conservadurismo.
Su defensa del asombro trascendental impide caracterizarlo como conservador.
Fue un hombre ejemplar y digno, salvo en millones de idioteces vergonzantes, como todos.
Negó cualquier avance científico: negó a Darwin y a la electricidad, a Edison, al divorcio, al aborto, a la igualdad de derechos de la mujer y de comunidad LGT, fue profascista y antisemita.
Antes que todo eso fue un ser pensante dueño de una mente tan fulminantemente eficaz, de una potencia intelectual tan anonadante, que ninguna Inteligencia Artificial podrá imitarlo.
Habrá que crear computadoras aparte.
Cada línea suya que leo me electriza, me hechiza, me inspira y me asombra.
Lo admiró Kafka, que optó por verse habitado solo por la gravitación de sus parábolas.
Lo admiró Borges, que copió sus terminologías (en especial, la palabra "superstición") sin seguir su teología.
No sé cómo hacer para que lo lean y me lo admiren ustedes, que meramente me admiran a mí.
Aquí una discusión que tuvo:
BERTRAND RUSSELL: En primer lugar, tengo que aclarar un malentendido. Yo mantengo que los padres son, por naturaleza, ineptos para educar a sus propios hijos. No mantengo que alguien esté capacitado naturalmente para esta tarea. Pienso que la educación de los niños es un asunto harto difícil y, en realidad, no hay nadie idóneo para hacerla. También pienso que hay un tipo de dificultades que los padres tienen en la educación de sus hijos que son realmente más grandes que otros problemas que pudieran tener otras personas. Esto se debe, en parte, por el especial interés que los padres tienen con sus hijos y, también, por otras razones externas que abordaré en un rato. Quisiera, entonces, que ustedes apartaran de sus mentes cualquier prejuicio que pudieran tener como padres y regresaran a aquellos años cuando estaban bajo la autoridad de otros.
Por supuesto cuando se habla de los padres como adecuados por naturaleza para la educación de sus hijos, se piensa generalmente en las madres. Hay un instinto, prejuiciado, que se fija en las madres. Los padres han tenido poca propaganda buena. Pero permítasenos gastar un tiempo en los padres. Hay muy pocos ejemplos en la historia de niños que hayan sido educados por sus padres. Puedo recordar en este momento solamente dos: Hannibal y John Stuart Mill. Ahora bien, Hannibal, como todos recordamos, llegó a un final terrible. Respecto a John Stuart Mill pienso que debe ser admitido por todo el que haya leído sus obras que Mill arruinó su vida intelectual por miedo al fantasma de su padre: cada vez que estaba a punto de llegar a una conclusión recordaba que su padre pensaba de otra manera. Entonces, se las arreglaba de una manera u otra para llegar a un acuerdo -bastante irreal- entre su padre y la verdad. Él mismo dice en su autobiografía -o al menos lo insinúa- que la educación de los hijos por sus padres es indeseable porque causa que los hijos les tengan miedo a sus padres. Por eso, creo que con esto podemos descartar al pobre padre y concentrarnos en la madre.
Se ha considerado generalmente que se pueden decir más cosas buenas a favor de la madre que del padre. Sin embargo, vamos a considerar algunos hechos significativos que son adversos a la psicología del niño. Antes que nada, hay que recordar que uno de los fines del cuidado de los niños es mantenerlos con vida, mejor que muertos. Si ustedes consideran este propósito podrían recordar que. a lo largo de los últimos cien años en el mundo y especialmente en Oriente, cerca de tres niños de cuatro perecen antes de llegar a la adultez. Si ustedes abren alguna biografía del siglo dieciocho, es muy seguro que comience con esta observación: “Fulano de tal fue el decimotercer hijo, pero de todos solamente tres llegaron a la adultez”. Ahora bien, actualmente en el mundo occidental la mayoría de los niños llegan a la madurez, y este cambio no se ha efectuado por las madres ni por los padres. Ha sido llevado a cabo por los médicos, por las personas que buscaban la mejora sanitaria, por los políticos filántropos y los inventores. Son personas de este tipo las que han disminuido la tasa de mortandad que ha caracterizado a los últimos cien años. No han sido las madres las que han causado el aumento de la vida del niño ni han sido los padres, han sido los científicos que tienen una perspectiva algo impersonal. Ese es el primer punto que debemos destacar y, en vista de esto, debemos admitir que una mejor comprensión de estos temas como lo es la higiene es más importante para el bienestar del niño que cualquier grado de lo que se ha llamado el amor instintivo de la madre.
Entonces, tomemos las más importantes cosas de las que depende realmente el bienestar del niño. Depende -hablo por el momento del bienestar físico- de cosas tales como la comida, la ropa, la atención en la enfermedad o en alguna lesión, en la estipulación de un entorno bastante seguro y, años más tarde, en la instrucción. Precisamente, esas son las cosas que la mayoría de los padres no pueden proporcionar de forma conveniente como las brindaría una guardería bien administrada. Principalmente, no las pueden ofrecer porque la mayoría de los padres no tienen los conocimientos necesarios para esa tarea, por ejemplo, ellos no conocen cuál es la dieta conveniente para los niños. De hecho, ustedes pueden encontrar, hoy en día, un inmenso número de padres ignorantes que dan de comer carne y té fuerte o comida por el estilo a diminutos bebés, cosas que son obviamente malas para ellos y que no se les daría en una buena guardería. Además, los encontrarán arropándolos con un montón de ropa sobre ellos, no permitiéndoles el buen aire fresco que necesitan. Es que estos padres no pueden permitírselo porque en general viven en un lugar muy pequeño. Y se darán cuenta de que, en todo tipo de asuntos, los padres normalmente ineducados, tanto por la falta de conocimiento como por la falta de oportunidades, son muy incapaces de proporcionar al niño aquellas cosas que pueden ser proporcionadas en una guardería: luz, aire, libertad de movimiento, ruido, una dieta adecuada, etc. Todo ese tipo de cosas que son casi imposibles en un hogar común, son muy asequibles en un lugar previsto para los niños.
Sentado esto, cuando nos adentramos en materia psicológica, cuando nos acercamos a la vida mental del niño, encontramos el mismo tipo de asuntos. Y ahí hay que distinguir entre dos tipos de hogar. Está, por un lado, el hogar donde la madre tiene una familia grande en el cual se encuentra extremadamente ocupada, constantemente atareada en el cuidado de la casa, y así resulta incapaz para prestar la atención adecuada a sus hijos. Igualmente, en un grupo familiar de tal tipo probablemente la madre esté irritada constantemente con los hijos porque interfieren con su trabajo. Ella se pone de mal humor, irascible y difícil con ellos, y así en este tipo de hogar no se puede tener una buena relación entre la madre y los niños. Por otro lado, miremos las casas acomodadas, donde hay una pequeña familia. Ahí encontramos, de pronto, una madre muy concienzuda, ansiosa por hacer lo mejor posible para sus hijos. Digamos que ella tiene dos hijos a los cuales les da un grado de solicitud maternal que es lo adecuado precisamente para una familia de diez. Así cada uno de esos dos niños recibe cinco veces más de solicitud de lo que es bueno para cada hijo, y el pobre niño rico se siente todo el tiempo mirado, cada pequeña cosa lo pone nervioso, y así con todo y cada vez más. Al final, el pobre niño llega a un estado nervioso que no sabe realmente qué hacer. Creo que ustedes podrán darse cuenta de que mucha atención es tan mala para los niños como demasiado poca. Y también, que hay demasiada atención, actualmente, en la crianza escrupulosa del niño.
Ahora bien, no he dicho nada sobre los padres malvados. Hay muchos más de lo que la gente piensa -ese tipo de padres que están en la mira de la Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Niños-. No he dicho nada de ellos porque no son, a pesar de todo, el problema principal. El punto es que incluso los buenos padres, mientras se encargan de la educación de sus propios hijos, no pueden tener con ellos una relación de afecto libre y espontáneo -por ambas partes -, que es la verdadera y buena relación entre los padres y los hijos. Yo no quiero abolir esa relación. Lo que quiero es liberarla de esas ataduras que las manos de los padres no dejan soltar mientras tengan a su cuidado sus hijos.
Pienso que el afecto, y no más que el afecto, es lo mejor que los padres pueden dar a sus hijos. Y, por lo tanto, sostengo que lo importante es que los niños en su instrucción, en su cuidado físico y en cosas así deben estar en manos de personas que tienen el conocimiento especial que es requerido para realizar bien esa tarea de organizar las actividades diarias, orientar una buena dieta, proveer luz, aire, libertad, etc. Asuntos que deben proveerse en otro lugar al hogar, pero, con todo, los padres deben mantener el libre afecto que es lo único en donde las mejores relaciones humanas pueden existir.
G.K. CHESTERTON: Del conjunto de observaciones muy interesantes que ha dado mi distinguido oponente, selecciono una proposición que es de sentido común – la única de todo lo que estuve escuchando con mucho respeto- según la cual nosotros queremos educar a nuestros hijos vivos y no muertos. Por su puesto, los niños son como un ducado fértil, no son entes caducados, como si estuvieran ya maleducados sin salida. Y perdono a un lógico como mi oponente las absurdas contradicciones en su discurso como las que Herbert Spencer y otros sostienen al afirmar, por ejemplo, que los niños deben aprender por experiencia que ser manducado por un precipicio mortal no es caducarse en un rancio error. Alguien tendrá, más bien, que educarlos.
Podríamos pensar que alguien que es pionero en la abolición de esta institución que es universal y fundamental para toda la humanidad nos podría contar entonces qué va a pasar con los niños. Pero mi oponente al principio comenzó aclarando que los padres son por naturaleza incapaces de cuidar a sus hijos, y añadió inmediatamente que él no nos iba a decir quién estaba capacitado por naturaleza para hacer esta tarea. Esto me parece que es dejar a los niños muy al borde del precipicio. Sé que sugirió algunas cosas, que voy a criticar en un momento, pero hay que resaltar que él en principio evita contradictoriamente cualquier responsabilidad para sugerir algún tipo de alternativa. Él afirmó que no tiene nada que decir acerca de las personas que son aptas por naturaleza para ocuparse de los niños.
Ahora bien, debo confesar que, siendo de una vieja y dura escuela racionalista del pensamiento, el misticismo de esa frase en todo caso me desconcierta un poco. ¿Qué se entiende por “apto por naturaleza”? ¿Quién es la Naturaleza? Muchas personas, un poco rencorosas y desagradables, han acusado a mi oponente de una tendencia al escepticismo. Cuán obvio es que su tentación real es a la mitología. Esta diosa Naturaleza, la única deidad a quien adora, al parecer ha decidido que los padres de todas las personas son los peores sujetos para educar a los niños. Bueno, todo lo que puedo decir es que la Naturaleza ha sido muy lenta en decidirse; porque parece, solo mirándola superficialmente, que los gatos cuidan de sus mininos, los perros cuidan de sus cachorros, las marranas cuidan de sus cerditos, y así sucesivamente; y que incluso en la raza humana existe ese oscuro y curioso instinto que dice que las madres tienen una tendencia muy clara de ocuparse de sus hijos.
Esto le muestra a él que su posición es algo tan enormemente subversivo, tan gigantescamente contradictorio que toda la pirámide y el sistema de la naturaleza deben ser alterados para salvar su arriesgada, llamativa y brillante contradicción. Es que él no mostró ni un caso que contradiga su punto de vista, sabiendo que dijo muchas cosas sobre nuestra experiencia como niños. Ahora bien, supongo que no estamos todos dispuestos a pararnos y contar historias de nuestra infancia, sin embargo, la historia de mi niñez sería que yo era un niño muy contento y que mis padres eran las únicas personas que yo podría imaginar que me pudieran hacer tan feliz. Y hay un largo testimonio en toda la literatura humana con la idea de que la infancia es el periodo más feliz del hombre. No voy a ocupar su tiempo en citarlos a ellos, pero estoy seguro de que mi oponente conoce casos innumerables donde las personas han testificado la felicidad de la infancia.
Pero aún me pregunto ¿quiénes son las otras personas que pueden cuidar a los niños? Y después de escuchar con mucha atención las observaciones de mi oponente, infiero que los niños deben ser trasladados, la mayor parte de su tiempo, a una cosa llamada guardería. Ahora bien, cualquier persona de sentido común sabe, por supuesto, que hay alguna gente que tiene un verdadero talento para cuidar a los niños, un talento específico como cualquier otro. Algunas personas encantan a los animales, incluso otras pueden escribir versos. Existen, en efecto, tales personas que resultan siempre atractivas a los niños, pero ¿cuántas personas de ese tipo se imaginan que hay? ¿Van a dejar que se fuguen todos los niños hacia esa clase de amante de los niños? Esa persona ya está asediada por unos cincuenta niños, y mi oponente propone enterrarla bajo unos quinientos niños más. Y esto es tomar el caso como si se diera efectivamente. Es hablar de realidades. Si me perdonan, hablar sobre doctores y ciencia, medicina y sociología, guarderías, etc., no es hablar sobre realidades. Hay gente que tiene un gran talento para cuidar a los niños; pero Dios los ayude si todos los niños les van a ser despachados en esas guarderías. Pero ¿qué significa esto? Simplemente que hay que pagarle a un número de funcionarios que pretenden tener interés en los niños. Interés que, de hecho, por cierta misteriosa misericordia de Dios cum la naturaleza ustedes y yo hemos experimentado de nuestros propios padres por una ley natural. Tendremos, al final, que gastar mucha plata pagando a unos ordinarios funcionarios públicos.
Todos sabemos qué tipo de funcionarios son. Seres humanos comunes y corrientes, aunque un poco más aburridos. Tendremos que pagar un montón de plata a funcionarios con el fin de hacer algo que unas ciertas personas -los padres- naturalmente ya lo vienen haciendo. Sería como un loco que, mientras llueve, riega las plantas sosteniendo un paraguas. Se está cortando una existente fuerza natural con el fin de suplirla por una maquinaria artificial, despilfarrando deliberadamente el dinero –un método muy antieconómico-. ¿Cuál es esa maquinaria? La guardería. ¿Es que no se sabe que, como dijo un pedagogo no tan famoso como mi oponente, que el principal problema de la educación moderna son las vastas, tumultuosas y grandes clases mal controladas por muy pocos profesores? ¿Nadie sabe que hay demasiados niños para un profesor, y que debe tener infinitos más si trasfieren los niños de las familias -donde hay normalmente dos seres humanos para cuidar de un niño- a una escuela u hostal o cualquier otra cosa como quieran llamarle, en la cual hay doscientos niños para ser cuidados por un funcionario? Debemos quitarnos esa curiosa y vieja falacia Fabiana según la cual hay un ilimitado número de geniales funcionarios y una inmensa cantidad de dinero para pagarles; y que ellos deben hacer de sustitutos de una cosa que es realizada –imperfectamente, por supuesto, porque es algo humano- por personas normales encargadas de eso. Los padres son imperfectos: los papás son imperfectos, las mamás son imperfectas. ¿Y nos piden que creamos que los doctores son perfectos, que los maestros de escuela son perfectos, que los inspectores de guarderías son perfectos?
Mi oponente ha dicho que las madres a veces están irritadas con sus hijos. ¡El cielo sabe que sí! Cuando recuerdo cómo era yo con mi madre me sorprendo de que ella no se pusiera tan molesta como de verdad lo estaba. Pero ¿quieren decirme que las madres se encolerizan más fácilmente que los pobres, cansados, agotados y estresados funcionarios y señoritas que manejan los hijos de otras personas? No se puede manipular el verdadero hecho original y natural; y es pura sofistería intentar modificarlo. Por alguna razón, quien sea que puso esto ahí –ya sea la diosa en quien el señor Russell cree, o Dios en quien yo creo- es indudable que hay una fuerza, una energía según la cual ésta determinada función es desempeñada por las madres y los padres con entusiasmo, con afecto y, debido a que las personas son seres humanos, con aguante y paciencia hasta el final, así lleve al martirio. No estoy hablando, por supuesto, como instantáneamente me podrían objetar, del sentimentalismo de las madres. Al contrario, es mi oponente quien está hablando del sentimentalismo con respecto a los niños. Aquí está el pequeño Tommy. Es una perspectiva tremenda que afecta desagradablemente a los que son impacientes y a los que se dicen ser imparciales como si el niño fuera alguna cosa que el gato ha traído o algo que debe ser arrojado por una ventana o a una papelera. Tommy, de todos modos, está aquí. Se puede, sin embargo, con buen dinero elaborar una organización social, pagar a una cantidad de personas que se aguanten al pequeño Tommy durante muchas horas del día en las guarderías o en cualquier lugar, pero no podemos esperar que el pequeño Tommy tenga algún atractivo por ellos. Ellos están mucho más propensos que la madre a estar cansados de él en pocas horas. Nosotros sabemos como un hecho -esto no es sentimentalismo, esto es un simple hecho- que ella no está cansada de él, que él podría estar irritado con ella, pero ella no está molesta con él. Es decir, ella está irritada correctamente, no está permanentemente molesta. Ella sigue amando como un hecho vigente a su pequeño Tommy. Es decir, alguien quien se encarga de una función social y pone su interés en el niño hasta el final, incluso si es colgado.
RUSSELL: Debo decir que es interesante observar que, según el propio señor Chesterton, la forma de educación que aboga va a terminar en que el pobre niño es colgado.
CHESTERTON: Al contrario, es más bien el Estado, en el cual el señor Russell cree, el que ahorcará al niño. Es que el Estado –el gran y científico Estado moderno- siempre cuelga a la persona equivocada.
RUSSELL: Una cosa me ha chocado durante todas las observaciones del señor Chesterton: que él evidentemente no comprende el propósito de una guardería bien administrada. El propósito de ésta es proporcionar artificialmente un entorno en el que el niño casi no necesitaría que lo cuidaran, mucho menos de lo que se requiere en el hogar. La casa tiene chimeneas con las que no debería tropezar, cosas que él no debería romper, y todo tipo de peligros. Una guardería bien dirigida no tiene ninguno tipo de estas cosas y el niño se puede permitir hacer muy bien lo que le gusta; tiene muy poco cuidado, ya que él no tiene que ser interferido, lo cual es una de las principales ventajas de la guardería sobre la casa ordinaria.
Otro punto que quisiera resaltar es que en sus observaciones el señor Chesterton se refirió al problema de los grandes grupos en las escuelas, los cuales tienen que ser controlados por profesores inadecuados. Ahora bien, ¿cuál es la causa de esto? Hemos tenido que economizar en la educación. ¿Por qué? Porque cada nación civilizada considera que es más importante preparar para matar a los hijos de los extranjeros que mantener a sus propios hijos vivos.
CHESTERTON: Puedo preguntarle, en respuesta a este último punto- mientras que no nos dejemos llevar por nuestra trillada experiencia en los caminos de la guerra y el armamento- si el señor Russell o cualquier persona espera que haya grupos en los cuales hubiera, digamos, uno, dos, tres, cuatro o cinco niños para dos profesores… Porque ésta es la condición de un hogar. Según la cual los niños están al cuidado responsable de dos personas, acorde con las antiguas ideas pintorescas, como un tipo de acuerdo tácito donde se da una pequeña comunidad. No creo que el idealista más loco que imaginara en gastar toda la plata en educación, sin dejar nada para la alimentación, pudiera mantener que quiere grupos tan pequeños como esos.
RUSSELL: Creo que esa es una de las mayores objeciones contra la casa: que el grupo es muy pequeño. Como todas estas cosas, se trata de una cuestión puramente cuantitativa. Puede haber clases demasiado grandes o pequeñas; en la escuela elemental son demasiado grandes y en la casa son demasiado pequeñas. En la casa tienen mucha atención, en cambio, en la escuela muy poco. Queremos es una situación intermedia; un justo balance.
CHESTERTON: Pero usted no sabe quién es el que lo debe llevar a cabo. Usted ha abdicado su reclamo de designar a cualquier otro conjunto de personas para decidir cuán grande o pequeño debería ser el grupo. Al menos que usted dé a entender que se le debe conceder poderes despóticos, tantos como se quieran, a la guardería que bajo Acto del Parlamento pueda raptar a los niños.
RUSSELL: Es muy necesario. Ciertamente, en los hogares de clase obrera la gran mayoría de las madres estarían muy contentas si hubiera una buena guardería a la que pudieran enviar a sus hijos.
CHESTERTON: Sí, y aún más contentas si les dejaran a ellas llevarlos al campo y jugar con ellos. Uno no puede mencionar todo lo que quisiera decir en el curso de un pequeño discurso, pero quiero indicarle al señor Russell que todo su argumento parece basarse en el hecho de que los hogares pobres son muy pobres y que son muy limitados, en donde sus integrantes no tienen mucha libertad. ¡El cielo sabe que es cierto! Pero me imagino que no se le ha ocurrido la idea de que algunos de nosotros, incluido él mismo, se pudieran haber preocupado por varios años sobre ciertos problemas como el que de pronto la mejor solución es que las personas pudieran tener casas lo suficientemente amplias.
RUSSELL: Si me perdona que le diga que hay un problema concerniente a la casa pobre y otro concerniente a la casa acomodada. Considero que los niños en un hogar acomodado sufren por el exceso de atención de los padres, ya lo he dicho, ellos reciben demasiada atención por parte de los padres. Me gustaría añadir aún un punto importante, que la madre quien ha hecho grandes sacrificios por sus hijos espera un retorno, y este retorno es generalmente de un tipo muy indeseable, que interfiere con el desarrollo del niño, especialmente si este es un chico.
CHESTERTON: ¿Quiere decir en la casa acomodada?
RUSSELL: Sí.
CHESTERTON: Bueno, por supuesto, creo que el pecado aflige a toda la humanidad: hay esnobismo en las clases pudientes, y otras cosas en las clases pobres -aunque son más las cosas laudables que hay por regla general-. Pero quisiera saber lo siguiente. Aquí hay dos cosas. Una es que es absolutamente fundamental en todo aparecer de la naturaleza -de la naturaleza de los hombres y de las mujeres- la idea de cuidar a sus hijos. Y la otra: la desagradable injusticia, la desigualdad de la sucia miseria, y el aún más sucio esnobismo, de las relaciones modernas o existentes entre ricos y pobres. ¿Cuál de estas cosas son las que nos disponemos a curar?
RUSSELL: No son alternativas. Creo que lo ha planteado equivocadamente. No hay lugar para esas alternativas, esas dos.
CHESTERTON: Creo que, a todas luces, sí lo son. Porque si un padre y una madre quieren cuidar a sus hijos –y yo afirmo que ellos normalmente lo quieren- entonces todos sus argumentos de que la habitación pequeña es un obstáculo para ellos, de que la poca atención de la pobres es también otro obstáculo, y así sucesivamente, se responderían satisfactoriamente si tuvieran ellos una mejor condición económica.
RUSSELL: Sí, pero usted no ha enfrentado el otro cuerno del dilema. No es solamente el esnobismo que hace a los padres acomodados malos para los hijos; es también la intensa atención emocional sobre un muy pequeño número de objetos y esta atención quiere inevitablemente algún tipo de compensación, y el tipo de recompensación, cualquiera que sea, no es natural que lo den los jóvenes. El señor Chesterton ha hablado mucho sobre los animales. Bueno, los padres animales dejan de estar interesados en sus crías tan pronto crecen. Los padres humanos, por desgracia, no, y esto es porque ellos han hecho tan enormes sacrificios en criarlos, y cuanto más sacrificios los padres hacen en la educación de un niño esperan el más indeseable sacrificio como recompensación, mientras que la persona que está meramente por un pago para cuidar al niño no tiene ese sentimiento.
CHESTERTON: ¡Exacto! La persona que se le paga para cuidar del niño no tiene ningún sentimiento. Este es un punto importante. Y, por lo tanto, en cualquier tipo de altercado o problema o peligro, él abandonará al niño. “El asalariado huye, porque es un asalariado”
RUSSELL: Esa no es mi locución: el asalariado.
CHESTERTON: Creo que es mía.
RUSSELL: Es mucho menos probable que una enfermera huya, cosa que otras personas sí harían.
CHESTERTON: ¿Que la mamá?
RUSSELL: Sí, mucho menos probable.
CHESTERTON: La idea es extraña y quimérica. Yo estaría dispuesto a dar un recorrido por toda Inglaterra para verificar tal principio. Encontraremos, tal vez, cierto número de madres borrachinas, criminales, etc.; y en las clases altas, por desgracia, algún número de madres cínicas. Aunque un poco escéptico –habiendo asimilado todos los principios del señor Russell- asevero que una muy pequeña minoría puede de pronto ser indiferente con lo que pasa con sus hijos. Pero tengo que decir que la gran mayoría abrumadora de madres mostraría los instintos normales. Al menos, muchas madres que conozco se dedican constantemente a sus hijos con una profunda lealtad.
Ahora bien, lo que pasa con las enfermeras es otro asunto. La razón por la que las enfermeras no dan el brazo a torcer es exactamente porque ellas tienen un brazo militar. En otras palabras, las enfermeras están entrenadas bajo aquel admirable sistema militar que el señor Russell tanto “admira”. Las enfermeras pueden dar o no la salida libre [del paciente], pero ellas no tienen libertad, están absolutamente subordinas a un sistema militar como a un regimiento. Las enfermeras o los funcionarios de la salud podrían decirnos que ellos obedecen al capitán, al coronel, al sargento, como en un sistema militar. Es por eso por lo que ellos se cierran en banda. El cielo prohíba que yo desprecie la lealtad de las enfermeras, aquellas magníficas militaristas. El cielo prohíba que yo tenga alguna duda sobre la admiración que el señor Russell tiene por tal sistema espléndido de lealtad militar. Pero eso es lo que es. En cuanto haya esa vigilancia segura, orden y fijeza en esos sistemas es porque ellos heredan el rancio sistema militar. Eso es todo.
RUSSELL: Creo que el señor Chesterton ha terminado su discusión. Es un inmenso elogio al profesional, de tal manera que es estrictamente necesario para mí no decir nada más.
CHESTERTON: En la medida en que el señor Russell vea en lo que dije un entusiasta elogio a la profesión militar y una aceptación de que la profesión militar por sí sola puede reorganizar nuestros asuntos, aceptaré su conclusión última [no decir nada más].


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