Carlo Guinzburg, un genio total del detalle

Ante la muerte de Carlo Guinzburg, me piden que explique quién fue y la mejor manera de hacerlo sería ser un microhistoriador y detenerme en algún detalle de su documentada biografía.
Lamentablemente carezco del tiempo necesario para un monumento semejante, o de financistas.
Si empezara a lo Henry Miller esta necrológica, tirando patadas, empezaría diciendo que el Indio Solari no va a ser recordado en doscientos años ni en la Argentina tanto como él. Pero sería una mera deriva improcedente, irresponsable, automática y poco ejercedora del espíritu del pensamiento crítico que él honró y erigió a ejemplo a seguir.
Sería como decir las palabras boludas hoy indispensables para la clase media, decir que estoy "transitando" la biografía de Carlo Guinzburg para "poner en palabras" que, obviamente "es un montón " porque "construir" la relación con él está "atravesado" por una reivindicación sherlockholmesiana de Freud que "estalla" y se "cristaliza" en su "potencia" que "impacta" como su mayor "activo" en su oposición a "Metahistory" de Hayden White que reduce todo discurso de la historiografía a mero narrativismo, obturando tras el posmoderno giro lingüístico toda correspondencia con la verdad de todo documento a metáfora, como seductoramente sugiere el Nietzsche de "Verdad y mentira en sentido extramoral".
Lo mejor que podría decir de él para atraer la curiosidad intelectual de mis usuales lectores, muy brillantes en sus experticias, sería que Newton fue detector de billetes falsos, Kafka especialista en tecnicismos burocráticos, Goethe interesado en botánica y odontología, Edgar Allan Poe en malecología, Vladimir Nabokov en entomología mariposística, Karl Popper en ebanistería, Mishima en aerobismo y Leonardo Da Vinci en ingeniería, Einstein en el determinismo de Spinoza y de Schopenhauer, así como Belén Francese en poesía y Fito Páez en cine, sin que esos desvíos ridículos nos convenzan de que estos específicos genios lo sean en modo todo terreno.
Carlo Guinzburg, como George Steiner, como Richard Feynman, en cambio, se focalizó en una especialidad en la que descolló, pero podría haber sido genial realmente en muchas otras disciplinas y solamente el hecho de que la sociología, la antropología, la historia y la mismísima literatura lo ame, nos impide lamentarnos que haya decantado su vocación en el estudio de las brujas y creencias renacentistas en lugar de lograr la vacuna contra el cáncer.
Harold Bloom, con su habitual capacidad de vuelo intelectual, que podría a su vez reducirse a norteamericana superficialidad dispersa, postuló-tras toda la tradición de críticos de Shakespeare- por vez primera la licuadora de mezclar peras con manzanas y decir que es muy impresionante Macbeth solo porque nunca lo viene a molestar Iago, que lo haría papilla.
Carlo Ginzburg, en un mudo cada vez más enamorado del scrolleo y la ampliación de la mirada para que en lugar de leer un libro compremos cientos y leamos miles de títulos, procastinando la profundización, es un llamado a atender con rigor al detalle.
Amamos a los totalizadores y los solemos venerar o defenestrar in toto.
Cada vez que aparece un delicado detallista, nuestro impulso animal nos empuja a despreciarlo emocionalmente.
Las infantiles emociones nunca nos parecen infantiles: hay una ética superior en lo que tenga sensibilidad, así como cuando decimos "me pareció una actitud de poco hombre" no hablamos de testosterónica virilidad, sino de algo moral.
La admiración a Foucault, gran enemigo de Carlo Guinzburg, es fácil.
Miente que supera a todo Sartre, entrampado en una filosofía del sujeto pero nos enamora ombliguístamente: el panóptico de Bentham me oprime, así como el fascismo para con lo que se consideró "locura" y la sexualidad normativa, tan diferente a mi maravillada ignorancia respecto de que se me pare ahora.
No hay nada marxiano ni incendiario en Carlo Guinzburg.
En todo caso hay algo gramsciano, pero con muchísimo detalle y cuidado por el verdadero sentido de algunas palabras de Gramsci escritas bajo el vivo temor de la censura.
¿Cómo enamorar de este exquisito a mis grouppies y fans que gustan de mí por mi didactismo grosero?.
No es tan arduo: desde lo ético y lo emocional basta con mostrar su fidelidad a Primo Levi.
Su raigambre de una de las universidades más antiguas del mundo, Bologna, nos lo vincula -con la misma inmediatez con la que pensamos en Jorge Guinzburg cuando nos nombran a Carlo, la misma inmediatez con la que pensamos en Karina Jelinek cuando nos nombran a Elfride Jelinek, con la misma inmadurez con la que pensamos en Adriana Brodnsky cuando nos nombran a Joseph Brodsky- a Umberto Eco, quien no necesita ser publicitado.
El mencionado Conan Doyle se sintió oprimido por su personaje exitoso y lo quiso matar, pero el público exigió resucitarlo.
Quino renunció a Mafalda.
Celan excluyó de sus Obras Completas al poema que desmintió el
apotegma adorniano, Spinetta interpretó como machista e imbécil "Muchacha, ojos de papel".
El "Indio" Solari se enojó con todos: con Skay y con Pergolini, con sus primeros auspiciantes y con los periodistas que lo amaban, pero nunca desistió de concluír sus recitales con "Jí, ji", comprendiendo que no era su obra maestra para los númenes beatniks, pero sí para la negrada que lo convirtió en millonario emblema de la lucha contra el capitalismo.
Carlo Ginzburg, como suele suceder, no careció de elogios, pero sí de los que realmente merecía.
Vivimos en tiempos en los que nuestra atención no puede detenerse demasiado en una misma cosa.
No por cansancio, sino por exhuberancia: se distrae rápidamente al ver una mancha en la pared en la que ve jerogríficos egipcios o señales horoscópicas de que pronto conoceremos al gran amor de nuestra vida.
Carlo Ginzburg fue un genio.
Y no fue un genio incomprendido.
Pero me gustaría que se comprendiera mejor en qué lo fue.
Está tan lleno de chantas sobrevalorados-y no pienso mencionar a Byung Chung Hang ¿quién soy yo para mencionar a Byung Chung Hang, el Rolón de la filosofía, que ayuda a tanta gente a acercarse a la gran selva de la filosofía que acaba de talar con su desforestación mental ?-que llamar a que escriba en el pizarrón el gran Carlo Guinzburg parece una herejía, un sacrilegio, una deshonra.
Quizá en breve un dispositivo en una interfaz nos vincule a todos los grandes genios y ya haya que abandonar la tradición de leer a Rilke y a Neruda y a advertir la diferencia.
Voy a limitarme a algo bien primario.
Abandono a la filosofía, a la historia y a todas las ciencias blandas: Carlo Guinzburg hizo para la ciencia de la Historia lo que los primeros pintores que pintaron a campesinos en lugar de a reyes y a escenas bíblicas.
Fue un revolucionario silencioso.
Lo único que no se le puede perdonar a un revolucionario.
Lean "El Queso y los gusanos".
No es lo mejor suyo, pero van a sucumbir ante él, los va a conquistar.
Así como estamos acostumbrados en nuestra existencia de cuarta a conquistar al gran amor de nuestra vida, no con lo mejor nuestro.
Así como estamos acostumbrados en nuestra existencia de cuarta a conseguir un empleo tras la entrevista laboral, no con lo mejor nuestro.
Conquistemos y conquistemos así, en nuestro mundo de cuarta, la cuarta...

 

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