"El día de la revelación" marca el regreso de Spielberg a muchas de sus obsesiones y contiene guiños más y menos profundos a anteriores producciones. No es spoilear nada, contar que aparece el trucazo de acelerar el auto al precipicio poniéndole un bolso al acelerador, para perder al perseguidor: trucazo que aparece en la primera de sus películas, la muy atrapante, "Duel".
Mucho más importante que el trasfondo psicológico de la figura del padre mítico con quien reconciliarse y que la recurrencia de los extraterrestres es la recurrencia de dilemas bioéticos que podrían resumirse en dos grandes cuestiones: la que la Biblia llama "conocimiento prohibido" y la elevación a Bien Supremo de la empatía.
Y nada de esto lograría sobresalir si no hubiera una renuncia altisonante a lo altisonante. Parece una película "chiquita". No se llamó a Carlo Callodi para diseñar una índole de alienígena que tenga las ojeras de Einstein y no sea Disney y tenga lo que Konrad Lorenz llamó "paidomorfismo", etcétera.
Se recupera un lema de Hitchcock ("es mejor partir del clishé, que llegar a él") y se muestra a los extraterrestres tal y como las más truchas, pero más populares mistificaciones de History Channel y las falsas desclasificaciones de la NASA mostraron. Se recupera algo mucho más esencial de Hitchcock: el suspenso.
Un suspenso tan logrado, con elementos tan minimalistas, que sentimos que es un film de los años setenta, que nutre el entretenimiento in crescendo sin estridencias contemporáneas.
Cuando Goethe se propuso hacer una obra maestra, hizo un ladrillo. Cuando Kurosawa se limitó a hablar de que se le perdió su gato, hizo una obra maestra.
No creo que Spielberg, que no es un pendejo, se haya propuesto esta obra maestra como legado temiendo que sea su último film.
El director más diversamente taquillero de la historia tampoco se propuso vencer en ese aspecto su propio récord.
Sin duda se propuso honrar el mandamiento "NO ABURRIRÁS".
El superpoder que funge como ábrete sésamo en esta vertiginosa reflexión acerca de nuestras instituciones y prácticas contemporáneas no es un rayo láser con poderes nucleares, sino el poder mágicamente consustanciarse plenamente con un otro, con un prójimo, con un random, con un hermano.
Spielberg pertenece al pueblo judío y por eso invité a una chica judía a verla, creyendo que se titulaba "El día del rebe y Sión". Me encontré con un monasterio, una protagonista que revela haber sido novicia y la mujer de una hermosura de otro planeta a la que no me chapé por lo fascinado que me dejaba la trama.
Es que este rabínico Spielberg ya ha aprendido todas las lecciones, la sorprendente de perder el Oscar de "Salvando al soldado Ryan" en manos de "La vida es bella" y privilegia la emoción pura por sobre lo espectacular.
No debemos compararlo con quienes fueran sus colegas contemporáneos porque es claro que no le hacen sombra ni George Lucas, ni el espantoso bodrio último de Francis Ford Cóppola, ni el reiterado Martin Scorsesse. Hay que advertir su posición de privilegio. Que toda persona que se autopercibe escritor, como yo, entre miles de millones, quiso venderle un guión para pararse para toda la cosecha y que Spielberg nos tenía a prácticamente casi todos los humanos trabajando oníricamente para él.
Pero Spielberg alcanzó la maestría suprema del artista: la de conocer sus límites y su fuerza. Una maestría que no tuvo Oscar Wilde, cegado por su talento durante su proceso. Una maestría que no tuvo Woody, cuando imitó una y otra vez mal a Bergman y tres veces-una sola bien-a Dostoievsky.
Spielberg ha comprendido en qué es el Mozart del cine: en encuadrar, en el montaje, en narrar con imágenes.
No hay una sola de sus películas, que no podamos ver sin deslumbrarnos sin sonido, pese a contar con John Williams, acaso el segundo mejor músico para filmes de la historia-y el primero es a veces Enio Morricone, a veces Bernard Hermann, a veces Ruichi Sakamoto, Joe Isahishi, Miklos Roza, Mikis Theodorakis, Vangelis, André Previn-
Spielberg ha comprendido que su fuerza nunca residió en la comedia (lección dolorosísima aprendida con "1941"), nunca descansó en la denuncia política (temprano primer aviso en "El color púrpura"), jamás se ubicó en el guión virtuoso, nunca tuvo ni atisbos de entender las suculentas magias del descenso al valle del erotismo (¡pese a su amistad íntima con Stanley Kubrik!) ni jamás se radicó en el cásting impecable.Por supuesto, Emily Blunt es increíble. Pero la fuerza del planteo y el encuadre de "El día de la revelación" es tan grande, que no la podría haber aruinado Florencia Peña.
Todos los críticos europeizantes snobs que deleznamos los inmensos primeros éxitos de Spielberg por considerar algo chato y sentimentaloide, cursi y con gigantismo de pacotilla aquel efectismo manipulador maniqueo sobreexplicado con didactismos condescendientes, debemos aquí rendirnos ante su don.
La opacidad de la iluminación, la ausencia de búsquedas profundas de los personajes-cuyas dudas existenciales son si mudarse o no-erigen la presencia de lo divino en lo inmanente, spinozianamente.
Me despido con dos invocaciones al extraterrestre como fuente de toda razón. La del agnóstico Umberto Eco y la del militante ateo Richard Dawkins.
Why are people?
Intelligent life on a planet comes of age when it first works out the reason for its own existence. If superior creatures from space ever visit earth, the first question they will ask, in order to assess the level of our civilization, is: "Have they discover evolution yet?".
[The selfish gene, Richar Dawkins, Oxford University Press, 1989]
(...)Este hombre, para hallar el coraje de aguardar la muerte, se convertiría necesariamente en un animal religioso y aspiraría a elaborar narraciones capaces de proporcionarle una explicación y un modelo, una imagen ejemplar. Y entre las muchas que es capaz de elaborar, algunas fulgurantes, otras terribles, otras patéticamente consolatorias, al llegar a la plenitud de los tiempos, tiene en determinado momento la fuerza religiosa, moral y poética de concebir el modelo de Cristo, del amor universal, del perdón de los enemigos, de la vida ofrecida en holocausto para la salvación de los demás. Si yo fuera un viajero proveniente de lejanas galaxias y me topara con una especie que ha sido capaz de proponerse tal modelo, admiraría subyugado tamaña energía teogónica y consideraría a esta especie miserable e infame, que tantos horrores ha cometido, redimida solo por el hecho de haber sido capaz de desear y creer que todo eso fuera la verdad.
[Umberto Eco, In cosa crede chi non crede? Atlantide Editorial, 1996]
El extraterrestre, cabe recordar, reemplazó también en la Unión Soviética laica a Dios: una famosa charla de Lenin dice que el extraterrestre no puede oponerse al comunismo.
Primero vino Dios y de los muchos dioses, ese salto cognitivo del Uno e Irrepresentable, el Adonai judío.
Un Dios que dictó a Moisés unas leyes que no difieren hoy en su terrenalidad a un código civil. "No matarás" no parece ser un precepto emanado desde el púlpito mísitco, sino desde la comisaría.
Una religión que no parece haber sido creada por teólogos, sino por médicos: circuncisión para evitar infecciones, prohibición del cerdo para evitar la triquinosis.
Aristóteles sentenció que la Poesía da mejor cuenta de lo histórico que la Historia, desde el determinismo griego que inspiró al Hegel que introduce a la historia en la historia de la filosofía.
Nietzsche diferenció lo suprahistórico de lo ahistórico.
Nadie está diciendo que David o Sansón sean más importantes que Julio César o Constantino, pero lo cierto es que el Imperio Romano surgió y decayó y el judaismo, que se negó a prender sahumerios para Marte (ex Ares) o Venus (la Afrodita griega), pervivió.
No destruyó a Augusto ni a Claudio ese judaismo relativamente racista y hermético, sino el intolerante integracionismo de un predicador que aceptó ser condenado a la cruz autopercibiéndose judío.
Fue el cristianismo el que brindó a los corazones la cuota de misticismo y derroche irracional de abundancia acaso oriundas de prédicas orientales, escenias o de Zoroastro: pero en esa invocación antes inexistente al Reino de los cosmogónicos Cielos, hubo una paralela arenga hacia una introspección paulina antes desconocida.
El nuevo Dios garantizaba aquella necesidad psicológica de compensación justiciera: todo sufrimiento sería redimido con recompensas, el que fue pobre será rico.
La dictadura del espíritu se permitió torturar durante el Santo Oficio a los cuerpos, para salvar a las almas.
Si el judaismo, nominalista, prohibía invocar en vano el nombre de "Soy el que soy" y amenzaba con borrar "tu nombre" del Libro de la Vida, el cristianismo, mucho más platónico, reducía el tránsito de un alma atrapada en su cuerpo por este mundo sensible a mera burocracia para la compra del ticket al Más Allá.
Entonces triunfó la religión que se dijo del Amor, la religión que predicó el perdón siempre, siempre y que torturó cruelmente a quienes no fueran tan blandos de corazón.
La Iglesia Cristiana mantuvo unida a una Europa fragmentada.
Hasta que surgió la Iluminación.
El Teocentrismo devino Antropocentrismo.
"Y sin embargo se mueve" dijo Galileo.
Y la religión de los médicos, que había tomado en su momento el nombre de "judaísmo", volvió a querer señalar que lo verdadero está en el sustrato material, en el fisicalismo, en el analizable animal que se disfraza de inextricable ángel.
Entonces avanzó la ciencia, no solo la médica y la Revolución Industrial convenció a la humanidad de que la tecnología con sus herramientas podían ayudarnos a una mayor evolución que el autoexamen nocturno por los pecados y la piedad.
Avejentada la fábula del Nazareno sufriente, la modernidad capitalista abrazó al mirar al Cielo un nuevo ideal: invisible, como el Dios judío, disparatadamente generoso en una racionalidad inconmensurable, como el Dios cristiano: el extraterrestre.
Steven Spielberg, hegeliano, une aquí, sin monsergas paternalistas, al Dios judío, al Dios cristiano y al extraterrestre, en esa "Aufhebung" que significa a un tiempo "elevación, supresión, síntesis y superación".
Es una película aparentemente menor y apasionante pero va creciendo adentro nuestro para que entendamos que a pesar de nuestras pasiones, las apariencias no nos separan.
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