Stevenson según Borges, Oscar Wilde, Jerry Lewis y Eddie Murphy
Edgardo Cosarinsky compiló criticas de cine de Borges, entre las que estaba su menosprecio a "Citizen Kane", que Orson Wells ninguneó: -¿Qué quieren que les diga? Eso es meramente la crítica a una película hecha por un ciego.
Stevenson, uno de los escritores más queribles y magníficos de la historia de la literatura, era cocainómano. Su invención de una persona que se convierte en otra, en absoluto autoaceptada, nos toca de cerca: aún sin ser respetables durante el día y tomar merca y no reconocer las atrocidades que hicimos por la noche, todos padecemos del síndrome del impostor. Según a qué Gran Otro, según el ojo o la cámara a la que nos querrámos ajustar, ocultamos inescapablemente todas las otras identidades que habitamos.
Se cree que el amor romántico de pareja es el colmo de la intimidad pero solemos saber a través de una amiga mucho más de la amiga y del esposo de lo que el esposo sabe de la amiga y de sí mismo.
Los teólogos primeros discutieron si la salvación debía ser por la fe o por las obras.
Swedenborg imaginó un Cielo desde la tesis del temperamento innato: el que es bondadoso, el educado, como dice Lady Macbeth "con la leche de la afabilidad humana" como un mamón, no ve como soporífero castigo ser Flanders, deleitarse viendo "La Familia Ingalls"o "Lassie", todas las noches.
No es castigo, a su vez, para el adentrado en las ciencias de la picardía, ni la broma maliciosa, ni el erotismo que trasciende esquemas rutinarios, ni el color oscuro en la paleta completa.
William Blake agrega una dimensión indispensable: la estética.
Voy a dejar abajo la quisquillosa y desopilante reseña de Borges a una versión llevada a la pantalla de "Jeckill y Hyde", no sin recordar que cuando Pau Auster visitó en la cabaña de Todnauberg a Heidegger pidiéndole se retracte de su nazismo, su desencanto se retradujo en un neologismo ("heidegängisch"), fácilmente adivinable para los angloparlantes: "escondedizo".
Jerry Lewis hizo su versión excelente, "El profesor chiflado", en la que el contraste es el insel virgo torpe e inepto que se convierte en un langa entrador chamuyero.
La dimensión freudiana de la Cenicienta convertida en Princesa, que era marxiana.
Eddie Murphie retomó a Lewis-no es que haya leído a Stevenson ni al "Retrato de Dorian Gray", emulación de Oscar Wilde-en una clave nietzscheana, fisicalista, alejada del complejo de Edipo y cerca del complejo de Adipo: el canchero es acá no un asesino sanguinario, ni un seductor serial, sino flaquito.
En Stevenson, como bien señala Borges, no hay nietzscheano balance entre lo apolíneo y lo dionísiaco: un hombre complejo es reducido a puro mal, un hombre que había leído a Murakami y a Shakespeare y también a Rolón solo lee a Rolón.
La humanidad solo pudo recoger simétricamente el guante contrastado: el looser y el bombón, el obeso y el flaquito.
Wilde, Chesterton, Borges y nadie que lo haya leído no consideró a Robert Stevenson un sabio encantador, modélico y contagioso.
Pasa que nadie lee hoy a Stevenson ni por salvar su vida.
Nadie lee "El club de los suicidas".
Nadie lee su ensayo sobre el enamoramiento.
El Maestro que se pregunta cómo puede ser paradisíaco el Paraíso si allí no hay ironía es superior en teología a Santo Tomás de Aquino.
El Maestro que se contesta-ironizando como en su "Don Juan", Byron, a Malthus-que superior a toda droga y toda experiencia en intensidad es el miedo, es superior en filosofía a Thomas Hobbes.
Les dejo unas palabras de Borges contra un film basado en una novela de Stevenson:
Hollywood, por tercera vez, ha difamado a Robert Louis Stevenson. Esta difamación se titula El hombre y la bestia: la ha perpetrado Victor Fleming, que repite con aciaga fidelidad, los errores estéticos y morales de la versión (de la perversión) de Mamoulian. Empiezo por los últimos, los morales. En la novela de 1888, el doctor Jekyll es moralmente dual, como lo son todos los hombres, en tanto que su hipóstasis —Edward Hyde— es malvada sin tregua y sin aleación; en el film de 1941, el doctor Jekyll es un joven patólogo que ejerce la castidad, en tanto que su hipóstasis —Hyde— es un calavera, con rasgos de sadista y de acróbata. El Bien, para los pensadores de Hollywood, es el noviazgo con la pudorosa y pudiente Miss Lana Turner; el Mal (que de tal modo preocupó a David Hume y a los heresiarcas de Alejandría), la cohabitación ilegal con Fröken Ingrid Bergman o Miriam Hopkins. Inútil advertir que Stevenson es del todo inocente de esa limitación o deformación del problema. En el capítulo final de la obra, declara los defectos de Jekyll: la sensualidad y la hipocresía; en uno de los Ethical Studies —año de 1888— quiere enumerar “todas las manifestaciones de lo verdaderamente diabólico” y propone esta lista: “la envidia, la malignidad, la mentira, el silencio mezquino, la verdad calumniosa, el difamador, el pequeño tirano, el quejoso envenenador de la vida doméstica.” (Yo afirmaría que la ética no abarca los hechos sexuales, si no los contaminan la traición, la codicia, o la vanidad).
La estructura del film es aun más rudimental que su teología. En el libro, la identidad de Jekyll y de Hyde es una sorpresa: el autor la reserva para el final del noveno capítulo. El relato alegórico finge ser un cuento policial: no hay lector que adivine que Hyde y Jekyll son la misma persona; el propio título nos hace postular que son dos. Nada tan fácil como trasladar al cinematógrafo ese procedimiento. Imaginemos cualquier problema policial: dos actores que el público reconoce figuran en la trama (George Raft y Spencer Tracy, digamos); pueden usar palabras análogas, pueden mencionar hechos que presuponen un pasado común; cuando el problema es indescifrable, uno de ellos absorbe la droga mágica y se cambia en el otro. (Por supuesto, la buena ejecución de este plan comportaría dos o tres reajustes fonéticos: la modificación de los nombres de los protagonistas). Más civilizado que yo, Victor Fleming elude todo asombro y todo misterio: en las escenas iniciales del film, Spencer Tracy apura sin miedo el versátil brebaje y se transforma en Spencer Tracy con distinta peluca y rasgos negroides.
Más allá de la parábola dualista de Stevenson y cerca de la Asamblea de los pájaros que compuso (en el siglo XII de nuestra era) Farid ud-din Attar, podemos concebir un film panteísta cuyos cuantiosos personajes, al fin, se resuelven en Uno, que es perdurable
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