La causa del error de Nolan es que abraza la causa
"La historia sin fin" de Micheal Ende es un caso interesante: autores actuales inspirados para hacer una épica con la mística antigua. Narnia viene a la mente.
Tolkien viene a la mente.
Harry Potter es lo primero en lo que pensaría un chimpancé, también.
La vida del autor es admirable por su integridad, por haber sido condenado por Hitler como arte degenerado (Entartete Kunst), por insistir en publicar en verde y rojo, con una excepción a toda publicación normal que solo vi en los "Cuadernos de Sarajevo" de Goytizolo.
Admiro diversamente, como actriz y sex sýmbol a Jennifer Conelly (no tanto como Gustavo Noriega que ningunéo a Antonio cuando fue a verla ¿viene por Baderas? -¡Banderas, pitos y flautas por este camionazo).
Admiro diversamente como actor y cantante a David Bowie.
Pero cuando vi el film de Wolfganf Peterson, que ahora ha sido reividicado como un genio que no traicionó a Homero, sentí lo mismo que Michael Ende.
El protagonista me caía tan mal que quería que fracase.
Y eso que amé el laberinto y a Escher.
Recuerdo haber hablado con Doshu, el hijo del fundador del Aikido y que me dijera que Steven Seagal es un traidór, sí, pero es nuestro traidor: es traedor. Nadie en Hollywood sabría nada de O'Sensei de haberse interesado gracias a él. Podemos pensar que Julio Bocca, que Pavarotti fueron excelencias porque ¿quien sabría nada de ballet o de canto de ópera sin una popularización mediática?
Con Nolan hay una diferencia. No es que hace una deformación y simplificación de Homero para acercarlo a las masas. Hace un cambio de sexo, un cambio de religión, que nos suena al suicidio de "Viernes 3 AM".
No solo me molesta que incruste sentido de culpa judeocristiano.
Me molesta que a la manera de Wells, crea en una causalidad.
"El hombre invisible" no bebe un potaje mágico, sino científico.
Es como si Nolan no supiera creer en los cuentos de hadas. Si filmara a Papa Noél nos querría explicar racionalmente cómo logra bajar por la chimenea.
Es la traición al pensamiento mágico, a los dioses griegos.
Michel Ende es un gran narrador, no el mejor, no comparable a Gianni Rodari: pero es un militante de lo onírico.
Groucho Marx. Werner Herzog, Vladimir Nabokov, Jorge Luis Borges y hasta Harold Bloom se opusieron a Freud. No porque Freud fuera boludo. No porque Freud viera en la sexualidad ampliamente entendida la fuerza que anima a todos los organismos. Sino porque Freud, habiendo abierto la puerta a las insondables fuerzas incomprensibles del sueño, decidió que se las podía circunscribir a análisis de la fría razón.
Esta noche mis lectores se van a acostar sabiendo que Trump es presidente de los EEUU y Milei de la Argentina, que perdió la Final del Mundial. Mis lectores cerrarán sus ojos y posiblemente no recordarán lo que soñaron entre traumas y restos diurnos y realización de deseos infantiles. Freud decidió que ese Paraíso al que accedemos a veces con una pastilla de Melatol y haber hecho mucha gimnasia es reducible, explicable y cientificable.
En ese mundo está la mujer con la que ya no podemos estar.
En ese mundo, se sobreentiende que un rinoceronte sea nuestra mucama y lo que nos preocupa es que no se robe el shampoo.
Michel Ende honra la religión íntima nuestra de cada día: soñar lo que no se ha dado en la vida estúpidamente llamada "real"
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