Louis Armstrong: cómo ser feliz sin felicidad


 En música no hay casi pobres que hayan llegado al éxito. Hay mitos en la música clásica, pero es más común que terminen pobres, como Mozart, que, increíblemente, compren al empezar un piano siendo indigentes.

El fútbol sí nos permite admirar ascensos sociales inverosímiles:
Maradona, Tévez, Riquelme, nacidos en la pobreza absoluta.
Podríamos pensar en nuestro Gardel, de cuyo ominoso pasado con prontuario infamante, se ocupó Marcelo T. De Alvear: en el sentido de quemar todo antecedente penal.
Podemos agregar que la pintura o el ténis requieren un sustrato material como el golf y la escultura que dificultan al más talentoso ciruja emerger.
Es cierto que el grado de genio de Spielberg para narra con imágenes se abró camino sin presupuesto.
Es cierto que para ser escritor no se requiere más que un lápiz y un papel, en teoría: pero "Washington Cucurto" es un invento del patricio Santiago Llach y la aristócrata Mariana Mariasch.
Salvo Los Evangelios y el origen del Kublai Khan, soñado por un campesino, ser escritor requiere ser alfabetizado por los caretas snobs.
"Billy Elliot", conmovedor film y actual recomendable obra de teatro, introduce al balllet clásico como posibilidad para el que nació pobre.
Hablar de Louis Armstrong es abrazar el ideal del deleite del arte: lo que lo diferencia de la ciencia.
Si Darwin no deducía la adaptación y si Einstein no deducía la relatividad y si Madame Curie no descubría el radio, no recordaríamos sus nombres pero otros nos hubieran dado estos saberes.
Nadie nos habría dado esa voz ni esas canciones, ni esa sonrisa arengadora, si Louis no nacía.
Nos dio una maravilla de consejo para la vida al componer para Disney: que nos focalicemos en las necesidades esenciales.
Nos dio algo casi tan romántico como Debora Kerr con Cary Grant en "An affaire to remember" al hacer su disco con Ella.
No militó ni con Martin Luther King, que luchó por los derechos afroamericanos en EEUU ni con Malcom X que quería que los afroamericanos volvieran a África, cosa que casi podría haberlo hecho recibir un abrazo del Ku-Kux-Klan (similar al Theodor Herzl ante Adolf Eichmann).
Louis Armostrong visitó Argentina y se enamoró de la palabra "macanudo".
También Neil Armstrong nos visitó inspirando a Piazzolla la metonimia "ahí va la luna rodando por Callao".
Cuando estoy triste me pongo tangos siguiendo el consejo de aquel juez federal de Bielefeld a quien entrevisté antes de que triunfara como escritor, Bernhard Schlink: no es que el tango te ponga triste, estabas triste y el tango te aporta la expresión y el exorcismo.
Pero lo pongo en Youtube y de pronto, solo, aparece algo de Louis.
Y siempre ese algo es reanimante.
-Cuando estás sonriendo, traes el sol, no llores llamando a la lluvia
-Miro a mi alrededor y veo a gente besándose y me digo qué maravilla
Y me reanima porque intuitivamente admiro la música y admiro que esa voz aguardentosa, que suena a tractor, me acerque el fuego más angelical de lo humano.
En "Josefina, la cantora" Kafka ensaya un sarcasmo colosal. Una rata caprichosa es la ídola del pueblo de ratones porque "no tenemos oído para algo más alto".
Hay gurúes que nos llaman a la esperanza, religiones que nos obligan a la fe, filósofos voluntaristas como Leibnitz que nos tratan de persuadir que estamos en el mejor de los mundos.
Louis Armstrong no celebra otra cosa que el hecho mismo de que existe o exitió o existirá la celebración...

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