Nada más trascendental que disfrutar de la inmanencia
Schopenhauer escribió la única filosofía que convenció a Borges después de estudiar a todos los más grandes teólogos, a Platón, a Aristóteles, a Descartes y a Spinoza y, sin embargo, solo fue famoso por unos consejos para la vida, imitados del "Oráculo Manual" del Baltasar Gracián, que Borges detestaba por los retruécanos (decía que en una traducción al alemán puede resultar aceptable el consejo de que vivir es luchar contra la hostilidad, pero en español, aturde y envilece oír "la vida es MILICIA contra la MALICIA").
Este éxito postrero, en los últimos minutos del segundo tiempo de su vida, por los "Parerga y Paralipomena", por "El amor, las mujeres y la vida", parte de Francia, como el éxito de Edgar Allan Poe, de Hitchcock y del tango por no decir del Premio Fomentor de Borges. El grávido pesimismo alemán triunfa como pose patricia y allí donde los alemanes no traen hijos al mundo para que no sufran, los franceses snobs ven en el aristocrático desdén y la elegante reticencia a la exaltación, una majestática estilística.
Gracias a esa superficialidad, se abre camino en el campo de una filosofía idealista, obturada tanto por el racionalismo francés cartesiano, como pòr la teología berkeleysiana que pasa por escéptica, el fisicalismo ¡el cuerpo ! el sustrato material, el nuevo Galileo, que ya no tira cuerpos desde la Torre de Pisa para refutar a Aristóteles, sino que te entra el cuerpo para refutar a Platón: todo nominalismo era síntoma fisiológico, todo amor metafísico un titiriteo del instinto de reproducción.
En ese libro de consejos para la vida, el que le sirve de caballo de Troya, Schopenhauer recomienda abrir puertas y ventanas a la alegría, al contrario de lo que hacemos, creyendo obedecer a la madura prudencia.
Extástico de incrédulo maravillamiento por ser nombrado titular, Barthes en su discurso inaugural en el College de France se permite decir que no quiere asumir el honor del cargo, porque no todo honor es merecido, pero sí la alegría que le da, porque toda alegría es mercecida.
Por supuesto, no es merecida toda alegría, no al menos, la del que a causa de golpes de la vida, sin duda, injustos, cae en un resentimiento revanchista.
Pero hay una noción de moral animalmente incorporada y hasta en el bullying podríamos re-erigir una ética.
Todo esto para decir que no dejemos de celebrar que remontamos un cero dos.
Remontamos un cero dos no contra un rival, sino contra nosotros mismos.
Remontamos un autoboicot.
Una autoasunción de que ya estamos para retirarnos a cuarteles de invierno.
Remontamos el derrotismo superyoico y, en rigor de verdad, una resignación que nos vendieron como el aprendizaje de la madurez de adaptarnos a la realidad del momento.
Recuperamos las infantiles ganas de seguir.
Messi no fue épico porque le ganó a Egipto, sino porque le ganó a lo que toda persona en su situación emocional haría si perdiera dos a cero y hubiera errado el penal.
La Argentina no es épica porque pasó a cuartos regulando con sabiduría su geriátrica energía: fue épica porque sabe que este impulso cortoplacista de excelencia muy bien podría ser el último por mucho tiempo.
Sabe que Argentina pasó décadas sin volver a ganar, pero especialmente: que las va a volver a pasar.
Que no aspiramos realmente ni en los más húmedos sueños a volver a ser campeones, sino a que se hable gloriosamente de nosotros en nuestro inminente funeral.
Hablar de las fruslerías banales de la trivial alegría del instante hasta el partido del sábado es ignorar que el ser humano, aún con todo el mindfullness del budismo no sabe ser tan animal como para vivir en el presente.
El partido contra Egipto va a ser recordado dentro de sesenta años como ejemplo, motivación y bálsamo.
No estamos yendo al Obelisco a festejar que somos mejores que nadie: vamos a recordarnos que Eros es capaz de salir a repartir besos unánimes antes de entregarse al inexorable Tánatos.
Yo no diría que es estúpido alegrarse por un tres a dos contra Egipto aunque es un tres a dos en realidad contra malas decisiones de Scaloni o uno mismo. Diría que es estúpido no agarrar cada gota de alegría como gota de agua en el desierto.
Perseverancia, osadía, apostar a hacer las cosas bien, incluso en la adversidad, con problemas de presión, con problemas de opresión ¿qué valor más alto podríamos transmitir a generaciones que nacen , obviamente, como los chimpancés, abrazando la ley del menor esfuerzo?
Messi no se esfuerza sacando fuerzas de flaqueza con un plus de voluntad que poca gente se autoexige para quedar como récord.
Sabe que ya es un ejemplo, peligrosamente, un ejemplo y que tiene que estar a la altura y honrar ese pedestal.
La alegría que nos da esta Scaloneta no es la de la excelencia superpoderosa, sino la de enfrentar la adversidad con una carnadura vulnerable.
Nunca me sentí más identificado con la Selección.
No porque sepa patear al arco como Messi.
Sino porque todo me cuesta horrores y todo parece decirme que ya estoy perdido.
Sino porque como Argentina contra Egipto y Messi a pùnto de patear el penal, todo parece decirme que lo podría lograr fácilmente y fracaso.
La alegría es por poder seguir, merecida pero injustamente....
Comentarios
Publicar un comentario