Sartre, el último último


 "El último pollo que comimos, lo escribió Sartre", sintetiza la genial Libertad del mendocino Quino, refiriéndose a un filósofo, novelista y dramaturgo que instauró un lugar, un trono , una asunción de que no se puede ser un intelectual en una torre de marfil, que la filosofía solo conocía desde Sócrates, por más que Heidegger en Friburgo-el "nuevo Kant", según Hannah Arendt- ya se pedestalizaba.

Se trata de un geniecillo tempranamente conciente de su bullyinglizable figura, a pesar de que su crianza-a cargo también-a la manera de Claude Levi-Strauus y el "avunculado", de su cuñado, Albert Schweizer, quien lo rodeó de un amor que quería convencerlo de que era bello, querible y único.
Ratón de biblioteca, con gula hacia omnívoras lecturas alemanas-Husserl, principalmente- delietiaba en fiestas familiares recitando poemas aprendidos de memoria cuyo contenido no alcanzaba a comprender.
Acaso saber antes los significantes que el significado, marcaría su filosofía.
Aclaremos que no solo poseía vuelo y abstracción, sino que era muy pillo: hizo echar al rector tras convencer a su colegio que Charles Lindenberg asistiría para ser honrado por su épico vuelo literal.
Borges, a quien Sartre conocería, sin llegar a intimar, agredeció al francés no ahondar en sus diferencias ideológicas.
Lo cierto es que Borges no solo tuvo abismos respecto de su ideología izquierdista, sino de su estilística llamémosle incendiaria o drástica, panfletaria o patética.
No pudo admirar tampoco su filosofía heideggerianamente existencialista.
Pese a que Sartre podría ser admirado por una borgiana educación metodista por asumir la responsabilidad individual, Borges concibió esa angustia individual condenada a la libertad como escapismo.
El propio Heidegger tampoco se sintió identificado: su "Carta a los humanistas" (formulación harto teológica) repudia el "El existencialismo es un humanismo", en el que se lo pretende incluir.
Jean Paul Sartre va a fungir entonces, en esa Francia que no solo entonces sabe usar la retórica para ungir el honor del mundo (cosa que el mejor retórico inglés comprende, Churchill y protege a De Gaulle, no solo como símbolo, sino como portavoz), como la conciencia de la humanidad.
Es una conciencia de la humanidad que desde su matrimonio apuesta al amor libre.
Es una conciencia de la humanidad militantemente atea como Freud-algo temeroso de que el ateismo en las masas no conduzca a asesinatos-y Marx-que, por precaución de que la humanidad no pueda prescindir de una religión, erige su comunismo cientifico finalmente como nueva inmanente religión, tras el largo silenciado veto al apóstata hereje Spinoza.
He conocido a encumbradas cúspides de la intelectualidad argentina y he constatado que Sartre fue como Hume para Kant, que los despertó de su sueño dogmático, como Adorno para Celán-que salió con su "Fuga de muerte" a responder el apotegma "Después de Auschwitz no hay poesía".
Sebrelli, a quien admiré más que a Sartre y Abelardo Castillo, a quien admiré más que a Sartre, me dijeron que no son nada ante Sartre, así como Messi me diría que es nada, comparado con El Diego.
Bertrand Russell creó con él una fundación para dar cuenta de los crímenes americanos en Vietnam.
Sartre es el único ser humano en la historia universal en haber rechazado el Premio Nobel, el admirable Darío Fo declaró no merecerlo, el admirable Bernard Shaw donó el dinero al teatro noruego por Ibsen, el admirable Bob Dylan no se presentó, pero nadie nunca antes ni después lo rechazó.
En un reportaje concedió que si en lugar del de Literatura le hubieran concedido el de La Paz, lo habría aceptado, para ayudar al Ché.
Tampoco a Churchill le dieron el que correspondía, el de La Paz ¿quién lee hoy sus libros de historia?, porque a Winston había insólitamente que agradecerle que no quisiera un acuerdo pacífico con Hitler.
Mario Vargas Llosa murió sin darnos el libro que estaba escribiendo, maduro, sereno, último, sobre su máximo ídolo, Sartre.
Lamentamos las tragedias perdidas de Esquilo, el libro que Heine quemó sobre Hegel, el de "La Revolución Francesa" de Carlyle que la mucama de John Stuar Mill arrojó al fuego y yo más que a ellos, siento un empobrecimiento al no paladear el de Vargas Llosa más que nada: presiento que haría de Sartre un individualista divorciado del marxismo.
Feroz hasta la rabieta infantil contra todo competidor, Sartre termina rompiendo hasta con Camus, un genio al que de no haber existido Sartre, admiraríamos más (baste con leer su defensa a cargo de Susan Sontag).
Hoy rompemos lanzas en nombre de su gran derrotador, Foucault, cuyos slogans de que la escuela y los hospitales me oprimen repetimos, sin haber leído su íntima lucidez casi refutadora de clishés popularizados.
Doy clases de historia, de sociología y de filosofía a alumnos curiosos y fértiles pero cometo el error de invitar a amigos ingenieros y economístas que me preguntan: -¿qué cambiaría si no hubiera existido Kant o Sartre, Martu?
Es claro que Sartre solo fue un acicate o básamo, refugio o desafío intelectual, provocación para la potencia de la hipérbole escéptica o invitación metafísica.
No sé contestar si ha infuido decisivamemente en el diseño de tu nueva campera.
A Borges le hacían reportajes escolares cuando ciego y solitario.
Menotti y Carrizo lo visitaron.
Solía imitar al Oscar Wilde oral.
Su construida felicidad de la vejez fue más feliz que la de un Sartre, aliado al de las brigadas, cuyas declaraciones pedía El Castor no se publicaran.
En una de las especulaciones del último Borges, el mayor genio de la literatura hispana de los últimos cuatro siglos, afirma con un determinismo en el que nunca creyó, que es cierto que ama la literatura inglesa pero que de no haberla conocido, hubiera encontrado nutrición en la literatura canadiense o húngara o esquimal.
No habría Borges sin literatura inglesa, no habría psicoanálisis si Freud no hubiera sido ateo, pero es cierto que si Sartre nunca hubiera nacido, habríamos arengado a nuestros huesos con L-Gante o Marcelo Bielsa...

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