Amo a Woody Allen: es la madre que nunca tuve


 A veces me pregunto por qué, habiendo llegado a comprender a Hegel y a Heidegger y a Borges, admiro tanto a Woody Allen.

Voy a tratar de responder.
Lo primero, es una posición subjetiva nada avasalladora: nos muestra, transparente, su vulnerabilidad.
Por supuesto, Woody Allen no fue nunca un perdedor: muy precozmente descolló con su chispa y consiguió vender chistes a un diario siendo mejor remunerado que sus padres.
Pero como la falsa modestia de Borges, su personaje de antihéroe, como Riquelme no festejando a lo Diego sus goles, nos da una sensación contradictoria: quiero que seas mi Dios y regalarte mi yo pero me decís que estás insatisfecho, misteriosamente disconforme con vos mismo.
La autodepreciación en una minita está muy bien: la rubia hermosa que nos dice que no pensaba que nos habíamos fijado en ella nos hace sentir mega macho.
Cuando es El Supremo el que nos habla con el tono de león herido, involucra junto al deseo de ser su esclavo, nuestro instinto maternal.
Hay algo muy atrayente en su mente saltarina y digresiva, más semejante a Lawrence Sterne que a H.G.Wells, más semejante a Capusotto que a Nietzsche: su lúdico baile alterna el microscopio y el telescopio y cuando estamos hablando de metafísica porque logró hacer de un maní algo ontológico, cambia la unidad de medida y ya no hace billar a tres bandas con el concepto, sino malabares con el vocablo.
Ranciere ha reflexionado sobre la pedagogía recomendando que el maestro haga lo que Winicott recomienda al papá de un adolescente que tiene que entrenar sus uñitas y dientitos y cornamenta y enfrentarlo: ser finalmente derrotado pero no dejarse ganar paternalísticamente.
Woody al surgir de la espuma del mar cual Venus diciendo soy inferior a vos, tengo pánico y neurosis y me deprime la conciencia de la finitud, nos revitaliza.
No porque pensemos que comparados con él somos un canto a la vida.
Sino porque nos ayuda a desnudarnos también y a decir "yo también estaba secretamente temblando pero pensaba que era el único".
Solo un brillante judío pudo hallar argumentos para justificar, defender y absolver a Hitler: George Steiner en "Portrait of A.H in San Cristobal": en esa olvidada novela, acaso su único intento de triunfar en la ficción, Hitler a la manera de Eichmann, es atrapado por el Mossad, se les pide que no le quiten la mordaza, pero hace calor, lo ven impotente y se dicen que nada de lo que diga puede importarles.
Y ahí hace Hitler su apología de Sócrates guionada por el mejor crítico literario europeo de la historia y nos persuade de que matar a puntuales millones es nada comparado con lo que Jesús y Marx y Freud, tres judíos, lastimaron a la humanidad con la superexigencia.
Hay algo de sobreexigencia judía en la simpatía que inspira Woody: porque nosotros alcanzamos el orgasmo y él dice que no, que eso no es suficiente para él.
Y paradójicamente el más prodigioso y precoz onliner de la historia, capaz de generar quinientos chistes fabulosos por minuto se propone sacrificar risas y ser un director serio, trágico, europeo, profundo.
Porque lo torturan las preguntas irresolubles, el inconsolable hecho de que vamos a morir y el universo es absurdo. Frente a lo cual concluye que lo mejor es distraernos. No pensar en ello. Entregarnos apasionadamente a algo que nos apasione (puede ser el fútbol), como reza la receta del mejor libro jamás escrito acerca de la felicidad, "Flow".
Podemos discutir si Jonathan Swift o Moliere, si Oscar Wilde o Voltaire son los satíricos más agudos, pero no podemos discutir que Groucho es más gracioso.
Woody le preguntó racional y analíticamente cuál es el secreto. Norteamérica es empírica y no kantiana, pero Groucho le respondió una verdad sintética a priori: -Lo que sea que haga reír.
Por supuesto algo "intuitivo" (el norteamericano es genetista) ya le resonaba a Woody. Sabía que la palabra "nauseaubundo" es graciosa.
"Zelig" es una reflexión acerca del deseo de encajar o del peso de la gravitación de un otro.
En literatura hay una famosa divisoria de aguas: arte por el arte y arte comprometido.
Sartre pasa por el inventor de este último, pero sucede que casi todos los arte por el arte que trascendieron fueron en su origen un panfleto demasiado mucho mejor escrito que el estúpido slogan: por ejemplo, "Martín Fierro".
Adorno desmantela la dicotomía para exaltar a su amado Paul Valery: cuando un artista extrema la excelencia de su voz, automáticamente genera un lector más sagaz que va a votar bien. Adorno hace así su síntesis hegeliana: Borges será conservador pero leerlo te hace brillante y vas a votar piola. Una canción jingle de Ignacio Copani te dice a las claras que votés a Cristina que es pueblo, pero asume que hay que decirlo así, a prueba de idiotas, porque el pueblo les parece deforestado mental.
Woody es un caso extraordinario: querría dar un mensaje. Y es mucho mejor su fábula que su moraleja.
En "Poderosa Afrodita" es el de Bernard Shaw en Pigmalion: no hay superiores o inferiores por nacimiento.
En "Medianoche en París" es: siempre idealizamos todo pasado, necesitamos la freudiana experiencia mítica de satisfacción, acaso Eva mordió "den sauren Apfel" para tener un pasado que añorar.
En "Vas a conocer a una encapuchada con guadaña" (You willl meet a tall dark man) es: la ilusión es mejor que la medicación, creer en vidas pasadas por mentira que sea ayuda a sobrellevar la actual.
Hizo tres versiones de "Crimen y Castigo": en "Crímenes y pecados" el mensaje es antimoralina: podés asesinar a quien tengas que asesinar para seguir y la impunidad es ley: no te va a atormentar el remordimiento ni te va a descubrir la ley.
Llega el gran éxito con "Match-Point" cuyo mensaje es harto más hannaharendtiano y darwinista: el azar juega un papel inconcebible en todo tu destino.
"El sueño de Cassandra", la más olvidada de las versiones, es la más oscura. Su mensaje es el de MacLuhan-que no fue la primera opción para la famosa escena de "Usted no sabe nada de mi obra": la familia es el ámbito de lo siniestro.
"Deconstruyendo a Harry" tiene muchísimos mensajes, casi es tirapostas serial: los amigos son los traidores porque solo se traiciona al que confìa, el chamuyo como el de Sheherezade salva vidas, los supuestos impresentables como una trabajadora sexual contrastando con el ámbito académico son los que más te hacen la segunda, la realidad no supera una verga la ficción: quienes no servimos para ser funcionales en la vida podemos seguir agradeciendo respirar y leer y ver chicas y comer milanesa napolitana gracias a la fantasía.
"Celebrity" tiene un mensaje fundamental muy hobbesiano y a la vez muy antirousseauneano.
Su peli 50 en francés recupera lo que siempre insiste en decir: negamos la importancia del factor suerte, un mensaje que nadie del público cree, porque sabe que él lo dice por humilde, para exigirse más, no creérsela, no admitir el propio talento y la propia ética de laburo y disciplina.
En "Whatever works" hay un drama cartesiano en el que el cuerpo salva a la mente y la chiquilina imbécil mantiene vivo al genio pesimista.
Shakespeare es el único genio que hizo tragedia y comedia, salvo que Woody también.
Nadie es más el Shakespeare de nuestro siglo que Woody con la salvedad de que Woody desarrolló sus propios argumentos, mientras que Shakespeare se apropiaba de los de otros y que Woody, dueño de un léxico deleitable, jamás inventó una palabra, mientras que Shakespeare creó la mitad del idioma inglés.
"Melinda, Melinda" es un pasmoso fracaso: quiso mostrar que la misma historia puede contarse en clave de comedia y en clave de tragedia pero no nos muestra la misma historia.
Es una idea que resta por ser explotada, porque siempre está tan cerca lo sublime de lo ridículo que ¿cómo no logró mostrarlo bien el más ambiguo de los payasos que nos trae carcajadas hablando de horrores?.
Como Borges, como Bernard Shaw, como Umberto Eco, como en realidad el Newton al que Cambridge le dice que por la peste se vaya a su casa en el año milagroso, Woody es autodidacta.
Un autodidacta es alguien que lee lo que estimula su curiosidad, no lo que está obligado por la biopolítica del panóptico.
Y Woody lucra con citas a grandes cumbres del arte pero hace mención y no uso.
Es mucho más Charly versionando a Chuck Berry diciendo "Correte, Beethoven...que Borges no soy", postulando que la más encumbrada respetabilidad de la cultura es aquello de lo que no se puede hablar es mejor burlar.
El íntimo Woody Allen prefiere ver beisboll a leer los clásicos.
Admira a Fellini y "Ladrón de bicicletas", a Kurozawa, Herzog y Bergman porque por elevado que sea el cine-arte, es solo cine y no lo asusta.
Pero prefiere el viejo jazz salvaje-casi como Borges al viejo tango-y usa la ópera para armar personajes newyorkinos snobs o un cantante que precisa la ducha. No son su copa de té.
Admiro a Cassius Clay y a Quino, a Mozart y a Alfaro Moreno, a Kevin Johanssen y a Tangalanga, a Picasso y a Tute: admiro a Ernst Lubitsch y a Billy Wilder, a Guillermo Vilas y a Tiger Woods, a Bertrand Russell y a Winston Churchill, a Tristan Tzara y a Madonna, a Isadora Duncan y a Rodin, a César Bruto y a Niní, a Enrique Pinti y a Les Luthiers, a Eric Clapton y a Dire Straits.
Admiro a Menotti y a Nabucodonosor, a Celeste Cid y al emperador Augusto: a San Martín y a Discepolín, a Gardel y a Ella Fitzgerald.
En su tiempo se arrancaban los ojos y tiraban de las mechas pero hoy admiramos a un tiempo a Quevedo, Góngora, Lope de Vega y Cervantes: no veo que sea incompatible admirar a César Aira y a Ricardo Piglia.
Cuando veo porno admiro a...bueno, olvidemos ese campo.
En arquitectura admiro el Bauhaus y a Gaudí y a Speer.
Todo esto para decir enfática y pedagógicamente que Woody exploró toda la paleta: el vocabulario filosófico más fenoménico y la mala palabra más guaranga; la depresión inconsolable más derrotista y el escapismo infantil más entusiasta; la agudeza profunda más certera y la bobada desternillante más gloriosa.
Me consta que conoce a Machado de Asís y a Zitarrosa.
Es un ejemplo a seguir en materia de vasta sed de conocimiento.
Tampoco ignora el suculento descenso al valle del erotismo.
Ha sabido gozar de gozarse a sí mismo y de simular que la vanidad es vanidad de vanidades.
Murió el querido Rubén Rada y no ha muerto Woody Allen.
Tal vez podamos declararle todavía , como a quienes "tenemos" máma, quienes no hemos nacido de un repollo, el amor antes del fin...

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