¿Por qué no te matás?

Reflexiones heterodoxas en torno al suicidio


El universo es intolerable. Las estrategias para subsistir a esta condición pasan por todos los matices que van desde la negación totalitaria de todo mal, hasta la celebración anárquica del escepticismo fundamental.
Hasta ahora el abordaje teórico de la práctica tan frecuente y milenaria del suicidio, que yo sepa, parte de la premisa de que el suicida está esencialmente equivocado. Así, para el judaísmo pese al tan difundido estereotipo que lo asimila al sufrimiento, o directamente decide poner manos a la obra y reunificarlo con él, se trata de un acto de destrucción arrogante que se lee como un atentado directo al proyecto de Adonai, fundamentalista abanderado de la vida en cualquiera de sus formas, por abyectas y viles que sean. El judaísmo permite que se viole cualquiera de las leyes que conforman ese mosaico llamado “ley mosaica”, si la infracción se ejerce para salvar una vida. Desde luego, la vida no comienza a los cuarenta pero tampoco cuarenta minutos antes del coito para el judaísmo, de manera que hacer el amor en el día del perdón so pretexto de que se está salvando la inminente vida que la fecundación generará no es lícito.
Con la diferencia trascendental de que el cristianismo paulino predica la inmortalidad, el suicidio constituye para todas las formas de catolicismo no un pecado, sino el Pecado Capital, a pesar de que uno de los tres autores de esta religión, Jesús, se hiciera crucificar.
La índole de condena difiere: un rabino considerará que un suicida piensa en sí mismo como si no perteneciera al cuerpo del pueblo elegido, un cura que un suicida piensa en su cuerpo más que en su alma inmortal. Otra diferencia: los judíos son el pueblo elegido y la existencia terrenal es la “vida elegida”, un suicida adolece de la ceguera de valorar la maravilla del regalo de estar vivo; los cristianos pueden muy bien admitir que en este Valle de Lágrimas pasar hambre no es agradable, por más que sea el hambre elegida de un ayuno ritual, pero se trata de un mero tránsito por pesadillesco que resulte y la verdadera vida será otorgada a quienes con estoicismo martirológico soporten los tormentos impartidos a su mero envase corpóreo.
La estrategia básica de Occidente es diluir deletéreamente la ola de fugacidad y finitud postulando un espíritu eterno; la estrategia básica de Oriente es la afirmación hiperbólica y desaforada: todo es muerte, no hay otra cosa que impermanencia, el minuto en el que empecé a decir esto está ya tan muerto como Cleopatra, Rodrigo de Triana, Filoctétes, Casanova y el pájaro dodó.
El caso de las religiones que recomiendan determinados suicidios, como por ejemplo, lo que esperaba a Muhammar Atta, el piloto rasgador del rascacielo para ir al Cielo, el Paraíso de mil huríes, esas mujeres nietzscheanas a las que eternamente les retorna el hímen, no puede considerarse una excepción. En rigor, es un agravamiento: la razón por la cual la vida de un cura es mejor que la de una prostituta es que el abismo que los separa es el de la diferencia entre lo prohibido y lo obligatorio.
Entender el derecho soberano a volarse la tapa de los sesos no es de dificultad cognitiva mayor que la masturbación.
Morir es obligatorio, suicidarse está prohibido. Cuando suicidarse está prescripto y es obligatorio, no es realmente un suicidio, sino un sacrificio que se requiere, no un acto de la íntima volición, sino parte del sentido opresivo del deber que hace deseable precisamente en muchos casos quitarse la vida.
Cuando alguien se suicida se oye decir “¿cómo pudo llegar a tomar una determinación así?”, interrogante que siembra una ajenidad que ningún policía por honesto que sea hace respectivo a otras infracciones a la ley, como por ejemplo, robar. Nuestra sociedad mira con romántica simpatía al ladrón: su accionar se encabalga sobre el instinto de autoconservación. Se puede discutir si es la desesperación o la ocasión la que hace al ladrón, pero en el caso del suicida, nadie puede negar que la ocasión está omnipresente en cada instante de la vida.
El dictamen de la doxa, el clishé, quiere, que así como el orden de logros es recibirse, casarse y tener hijos (con el agregado posmoderno del mandato del divorcio), que se prevea que el suicidio es el último de los descensos al infierno: se lo suele considerar no una homologación sino la razón de ser de la categoría de “último recurso”. Sin embargo basta un examen mínimo para advertir que alguien que está dispuesto hasta a eliminarse, anularse, borrarse, terminar con su vida, es sorprendente todo lo que NO está dispuesto a hacer. Precisamente habría que definir al suicida como un renunciador, lo cual no quita que NO debería considerarse el derecho a la renuncia como algo negativo o deleznable.
El propósito de estas líneas es invitar a la reflexión, para reubicar un fenómeno injustamente mal comprendido, cuando se garantiza el derecho a la vida a cachalotes que no nos lo hubieran asegurado si el ambiente del planeta sólo fuera marítimo y se niega el derecho a elegir el momento y la modalidad de la inevitable muerte en el decurso de la no menos inevitable y no autoelegida vida.
La prostitución no pudo ser abolida, pero sí su legalización implicó mecanismos de control, se evitó abusos y maltratos y en particular, se secularizó el sagrado atractivo de lo prohibido.
La droga, en rigor, perfectamente podría eliminarse de la faz de la tierra: no se trata de que los satélites al alcance de la D.E.A no hayan localizado las plantaciones de coca en Colombia, Bolivia y Perú, o de amapola en Afganistán. Si existiera la voluntad de hacerlo, toda droga podría ser fulminada de una vez y para siempre, ya que se trata de un caso evidente en el que la oferta es quien crea la demanda. Lo que comercializan las prostitutas, condimentos más, escrúpulos menos, no difiere mayormente del consensuado sexo gratuito, autotélico y no teleológico que expenden las mujeres no profesionales, es decir, amateurs: el sabor de esa experiencia está impreso en nuestra sangre, a diferencia de la droga, el sexo no podría ser abolido del todo y si bien un cura puede vivir perfectamente su casta vida rindiendo honor al celibato, no hubiera nacido si sus padres lo hubieran emulado. Pero el cigarrillo, ya sea de tabaco o de marihuana requiere una adaptación que la flexible variabilidad humana omnívora no tenía prevista. Desde luego conviene no aceptar como todopoderoso criterio de demarcación lo que el cuerpo admite o rechaza, ya que todas las enfermedades autoinmunes, como la colitis ulcerosa, prueban la falibilidad de dicha divisoria de aguas (eso, por no hablar de lo que es inadmisible y el cuerpo sí admite, la pétrea silicona que reemplaza la ternura de los pechos, eso por no adentrarnos en la trémula noción de que no menos trágico que ciertos suicidios es la ausencia de otros). Sin duda, que nuestra mente considere la autodestrucción como un anhelo, puede ser visto como enfermedad autoinmune mental.
La legalización de la droga anularía el aliciente de lo prohibido y aseguraría un control de calidad. Pero lo que realmente solucionaría el problema sería hacerla obligatoria. Todo lo obligatorio suele computarse como detestable, ya sea la educación primaria, la vacunación, el sufragio o la lectura de Shakespeare.
En el caso del suicidio, la solución es desterrar la condena social, es decir, la semántica involuntaria que actualmente porta consigo. Un suicidio se “lee” como un castigo a la familia, o a la gran familia humana y no como una decisión enteramente personal y privada. En tal sentido el argumento kantiano es el predilecto por los disuadidos: son desdichados pero no pueden pensar sólo en su desdicha, tiene que no hacer desdichados a su familia o al Estado (a pesar de que una encuesta mundial ha revelado que el 80 % de los problemas de la vida de los encuestados está relacionado con conflictos o exigencias familiares). La argumentación de Schopenhauer acerca de que suicidarse es más de lo mismo, ya que vida y muerte son dos caras de la misma infernal moneda de esa fuerza ciega bruta sin yo (“ichlos”) que nos atraviesa y se llama “voluntad”, un laberinto del cual sólo se sale mejorando nuestra “representación”, nuestro conocimiento, seduce a los suicidas ambiciosos, a los suicidas egoístas, a los narcisos que se sienten superiores y se ofenden de lo miserable del mundo. Si se soluciona la problemática del suicidio, tal vez muchos de quienes se sienten compelidos a recurrir a las drogas, verían drásticamente reducidas las posibilidades de existir de estos infiernos artificiales (desde luego ser adicto es una razón para vivir, esperar la próxima dosis...)

Si no hubiera podido imaginar que me suicidaba, me hubiera suicidado” dijo Nieztsche. La idea de suicidarse quita peso a la obligación de vivir, ya sea bajo la añadida premisa de estar obligado a querer vivir, o simplemente entendida como vocación de servicio mínima. El mecanismo de autoperpetuación de la vida, el sexo, no se publicita como Kant: lo que despierta el deseo de hacer el amor, digamos, Emilia Attias en tanga, no presupone el slogan “poblemos la Patagonia” o “traigamos renovados ejemplares de nosotros mismos al Estado, cumplamos con el deber de contribuir al florecimiento de las generaciones venideras”. Por el contrario, la naturaleza con su habitual economía nos provee una causa individualista por breve que sea, mil y un delicias que enaltecerán la calidad de nuestra vida en la generación del deseo y un módico y desde luego algo decepcionante (en contraste) orgasmo en la consumación. Al sexo podría aplicársele la idea de Churchill referida al sistema democrático, que dice que es injusto, es insatisfactorio, es deficitario pero con todo, es lo mejor que conocemos.Nieztsche no podría haber dicho: “Si no hubiera podido imaginar que hacía el amor, hubiera hecho el amor”.Hermann Hesse decidió vivir su vida de tal suerte, que se permitía suicidarse a los 50 años. Asegura que esta idea lo ayudó a organizarse y a quitar peso a su vida.
Borges escribió un cuento situado diez años en el futuro en el que se encuentra consigo mismo en el momento en que va a suicidarse. La idea del suicidio lo acompañó toda su vida, desde dos facetas: como manifestación de probidad honorable (por vergüenza cívica, a la manera de un hara-kiri) y como evasión del dolor y la desdicha de su soledad, su ceguera y la decadencia de su patria. También brindó otras causas, en “Esplendor y derrota”, la discutible biografía de María Esther Vazquez puede leerse que pensó en colocar una tostadora encendida en la bañadera para “terminar con las vejaciones del verano porteño”.

En un caso decididamente extraño, ya que la polémica entre arte comprometido versus l’art pour l’ art nunca se atrevió a tanto, Primo Levi, el mejor prosista de todos los sobrevivientes a los campos de exterminio nazi, provocó un gran dilema moral al exterminarse, en un acto que muchos críticos consideraron refutaba todo lo afirmado. Nadie reclama a Durkheim que después de su escrito acerca del suicidio haya seguido usurpando su propia vida. Exigir a la sublime excecrencia, al arte, esa excreción de un exorcismo luminoso, que venga acompañado de un panfleto perteneciente a la esfera moral, es como rechazar el código penal por su estilo ilegible.
Citemos algunos casos famosos más, para poder establecer algunas distinciones: Yabrán, asediado por sus perseguidores, prefiere besar el caño de una escopeta antes que tener que verse a sí mismo fotografiado con unas esposas. Hitler, que como él mismo dijera unió irrevocablemente el destino de su propia vida al de Alemania, ejecuta finalmente el corolario a todos sus pasos temerarios y suicidas, en un bunker de Berlín a poco de ser atrapado. No se suicidó sólo por su idea de grandeza militar que prefería la muerte a la captura: desde su ingreso a la milicia, y en especial desde su militancia, solía llevar siempre un revolver en su bolsillo y aclarar que ante cualquier eventualidad resolvía todos los problemas y descansaba de todos los sufrimientos en tan sólo cinco minutos con una lacónica bala. El caso de Hitler es el contrario del de Yabrán. Yabrán se mata porque se siente reducido a la impotencia y su capacidad de frustración es nula. Hitler ha sobrevivido al último atentado, al del 20 de julio de 1944 con severos daños y dolencias, ha sobrevivido a no ser admitido en la Academia de Artes de Viena como pintor, su vida, a pesar desde luego de ser el ser humano que más cambios en la historia universal forjó después de Mahoma, no era autodisfrutada; por irónico que suene, pocas personas tuvieron una vida tan frustrante midiendo en términos de la propia representación de la realidad. Sin embargo, su suicidio no obedeció a la desdicha y el sufrimiento, sino a la lógica del absoluto, que indicaba una victoria absoluta o una destrucción total.

Ingesamos así a la temática de más ardua dilucidación: el culto a la muerte, el suicidio, no como escape del horror físico, el horror social o el horror intelectual, sino como encuentro con la majestad de la grandeza, la poética oscuridad del misterio, etcétera.
A esta tesitura corresponden las tantas adolescencias fatales, que viven su cambio de piel como una muerte y su distanciamiento respecto del viejo orden como insoluble. No hay que dar crédito a la idea de que es paradójico que a los 16 años con toda la vida por delante, un chico tenga in mente en su imaginario ideas morbosas, y a los sesenta un hombre comparativamente decrépito piense mucho más en cambiar de televisor, ya que la continuidad que experimenta ese hombre de sesenta dista enormemente de percibirla el muchacho.
Charles Darwin, que en otra época hubiera podido ser condenado a la socrática cicuta o la retractación de Galileo, articuló su irrefutable teoría acerca del orígen de las especies, adaptándose muy astutamente a su medio, para no herir susceptibilidades creacionistas. Así, no habló de “evolución” ni superioridad, sino de aptitud, “fitness”, de mejor adecuación a un ambiente: es por ello que un hombre que se ahoga no es en lo más mínimo, un ser más evolucionado que el azorado pejerrey que contempla su deceso.
Paralelamente, nuestra manera de entender las cosas debe adaptarse a nuestra vida.

Descubrir que estadísticamente es mayor el número de suicidas perfectamente sanos en lo que a organismo físico se refiere, que los aquejados de fisiologías patologizadas, es descubrir que el ser humano es un animal simbólico, que el mersa es metafísico, que el más plebeyo de los ignorantes tiende en virtud de su rusticidad, paradójicamente al misticismo.
Complacerse en imaginar su propio entierro, o infantilmente jugar con la idea de morir como leve reprimenda tras una discusión, son fantasías frecuentes y universales. El estudiante japonés que se quita la vida porque no alcanzó las metas académicas no difiere del joven Werther: a ambos su totalitario ideal los rechaza indeclinablemente, no lanzan un mensaje en una ofrenda cifrada.
El nacimiento, el casamiento, recibirse, divorciarse, morir son categorías que mienten una totalidad cuando fueron logradas por graduales procesos. Hay actitudes y conductas que nos hacen ir casándonos, ir naciendo, ir recibiéndonos o ir suicidándonos. Nadie “lee” lo que significa psicológicamente para la opinión pública que un hombre utilice papel higiénico o bidet, ese acto baladí es enteramente personal y privado, ¿por qué suicidarse no lo es también?.

Todas las leyes de la sociedad se basan en una primera no explicitada que implica el deseo de perseverar como ser viviente. El ladrón que nos exhorta a darle nuestro dinero o a ser asesinado no espera que le digamos: -mmm, bueno, pensandolo bien, prefiero que me mates. Hasta la inmoralidad se construye sobre cimientos filobióticos .
El único motivo por el cual el suicidio no es temido por ilegal, es que el infractor desde luego no estará allí para sufrir las consecuencias penales.
En el excelente filme de Patrice Leconte: “El perfume de Ivonne”, un personaje maduro, de condición homosexual, dandy y discriminado, elegante y triste, le dice al protagonista: Quédese allí donde está parado si quiere ver algo que nunca ha visto.
Esas son sus últimas palabras, ya que a continuación avanza con su auto impecable a toda velocidad hacia un precipicio.
Suele confundirse la idea del suicidio con la idea de la muerte joven. Así, casos realmente accidentales, como Marilyn Monroe, River Phoenix, el “ché” Guevara, James Dean, Gardel, Kennedy , Lennon, Rodrigo, Rabin, Gandhi, Olmedo, Georg Trackl y Gilda nos producen una misma clase de impresión.
Bertrand Russell ha, poco extrapolablemente, confesado: “No me suicidé, para aprender más matemáticas” (en la época en que Wittgenstein le obligaba a contestar por qué)
A diferencia de cualquier otra actividad en la cual, si uno le declara a un íntimo amigo que desea hacer algo, se piensa conjuntamente en la metodología adecuada para conseguirlo, en el caso del suicidio se produce una suspensión de los procesos intelectuales ante lo que se ha dado en llamar “la sola idea”.
Pero cabe pensar que muchas veces lo único que nos horroriza es “la sola idea” y no la realización: si nosotros no fuéramos nosotros, “la sola idea” de serlo nos resultaría abominable en virtud de nuestro dispositivo de autojustificación y “la vanidad de la pequeña diferencia”. Spinoza para defender un determinismo que lo ayudaba a tolerar la incertidumbre, decía que si una piedra cayendo tuviera conciencia, creería estar cayendo por su propia voluntad: parejamente olvidó agregar que si una hormiga piojosa tuviera conciencia, se creería no menos genial que Einstein (quien, dicho sea de paso, adoptó también el determinismo spinoziano como contrapeso indispensable de la posibilidad de concebir la relatividad). Nuestro mecanismo de percepción es como un canario incapaz de paladear la libertad, pero dotado de ecuanimidad en su jaula para disfrutar o deplorar ya sea el paisaje de la Acrópolis o de la terminal de Constitución. El descubridor de las manchas solares, que se cortó las venas convencido con consternación de haber descorrido el velo que cubría las impurezas de la deidad no difiere de Stefan Zweig ni de Walter Benjamin para quienes el suicidio fue un último acto de sentido en un mundo que lo había perdido. Raro es que atesoremos tanto los cuadros de Van Gogh y atemperemos el recuerdo de su fín, raro es que no haya caído en el olvido el teorema de Pitágoras y sí el hecho de que Pitágoras se suicidó al descubrir que la raiz cuadrada de dos es irracional, raro es que el emblema del amor más puro no se diferercie mayormente del pacto suicida de Sid Vicius y su compañera Nancy: Romeo y Julieta son sinónimos de Cupido y no de las parcas.
Poco importa si el suicida es alguien que ama la vida en general pero odia su propia forma particular o si efectivamente odia al mundo y desea destruirlo, pero hace lo que puede, destruye sólo lo que está a su alcance.
Lo que me interesa bosquejar es el error conceptual que arrastramos al convertir en tabú una ineptitud redimible. En una época en la que la Internet pedagógicamente nos hace ver cualquier catedral como una rémora feudal mucho más de lo que pudieron Voltaire y Diderot, por amor a la congruencia sería fabuloso que el microscópico celular pudiera coexistir con la pensabilidad lúcida de nuestra mortandad ya sea autoinfringida o exterior.
De entre los diversos embustes que a diario nos repetimos para soportar el cosmos el de la negación de la realidad de nuestro carácter perecedero es el que menos nos ayuda a estructurar nuestra vida fragmentaria que sueña con absolutos inexistentes. En el plano económico debemos circunscribir la mirada a nuestra salvación individual, si no queremos enterarnos de la perversa mecánica de distribución del capital a la cual ya ahora ninguna alternativa viable puede oponerse. En el plano intelectual debemos focalizar las bravuconadas de la inversión de kafkianidades por parte de Chesterton, o creer en los argumentos confeccionados por Leibniz y tener la precaución de ignorar que el mismo Leibniz no creía en ellos, si no queremos constatar que felicidad e inteligencia son inversamente proporcionales. En el plano político nuestra misión es la suspensión voluntaria de la incredulidad para salvar por la fe una democracia cuya obra harto más pauperizadora e ineficaz que la de toda dictadura, padecemos subrepticiamente a diario. En el plano amoroso, con la rodilla de la mente hincada debemos rezar para enamorarnos, para estar bajo el imperio de un poder que nos libere tanto la falta de un otro como de la falta de un escolástico sentido, y olvidar la impersonal mezquindad que subyace al consabido cuento de hadas.Pero ya sea que deseemos aprovechar a todos los perdidos africanos para experimentación médica o fundar una agrupación filantrópica, tras los bastidores de nuestra grandielocuente máscara sólo un requisito moviliza nuestra desventura y nuestra esperanza: el reconocimiento de los demás, el espaldarazo de su bendición afectiva, la interpersonal confirmación del consenso convencional de que pertenecemos con todas las de la ley a determinada regularidad que nos admite, nos acepta, nos aprecia, nos exige cosas que podemos darle.
Ironía cruel que en la virtualidad de la catarsis verbal el suicida, aquel que ha decidido librarse del yugo de la desaprobación de los otros mediante la eliminación integral de su persona, no pueda despedir sus energías contenidas y se vea obligado a ejecutar el inconcebible y espantoso acto; de las tantas cosas que sólo podemos hacer con palabras (¡AMAR!), aquella delación de intolerancia o delicadeza no debería mantenerse obturada y previamente secreta...

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