Si vivir es aprender, quiero que me enseñes las tetas
Hoy, durante la presentación del libro de Brecht de mi hermana, pregunté a mi padre si no me confirmaba que fui yo quien por vez primera le recomendara a la entonces niña, la después longeva lectura del dramaturgo épico.
Me dijo que recordaba mi gran entusiasmo por el Brecht poeta y mis improvisadas traducciones a aquellos versos "el defecto del avión que tira cien bombas racimo, es que requiere de un aviador".
Entonces me encogí de hombros con la proverbial modestia de los verdaderamente grandes, que me caracteriza y dije que después de todo, la grandeza del desarrollo de Lau es mérito propio, al fin al cabo ¿importa quién llamó la atención a mi padre-reconocido experto internacional en Hegel-a este autor?
Me dijo que hubo un profesor que electrizaba a los estudiantes de filosofía con su oratoria brillante.
Traté de adivinar: Carlos Astrada. Adolfo Carpio. Alejandro Fantino.
Me dijo que quien hablaba de Hegel, desde la vertiente de la que beberían Lacan y todos los franceses-menos Sartre y Foucault, curiosamente, discípulos del Hegel de Hippolite-, Alexandre Kojeve, el creativo ruso que sabía que traicionar la maestro es tomar su antorcha, fue un tal Ansgar Klein.
Le pregunté qué libros de Ansgar Klein puedo leer y me contestó que prácticamente no publicó y que murió muy joven.
En efecto, googleo y no aparece nada.
Como estoy en una cruzada docente en pos de estimular al alumno, me regocijó saber que papá volcó todas las energías de su potencia intelectual deslumbrante en un filósofo gracias a cómo lo motivó un pedagogo.
Maradona solía repetir la gracia de que el día que rompió una zapatilla, esquivó tantos golpes de su padre que ahí aprendió a hacer el gol a los ingleses.
Lo cierto es que no fue por el castigo, que El Diego se esmeró en practicar su don con la pelota: fue por el estímulo de su propia pasión y el reconocimiento comunitario.
¿Qué logros nos ha permitido el hobbesiano, el judeocristano culposo pánico?
Solo discapacitarnos.
Todo lo bueno que hacemos es porque nos han felicitado, besado, sonreído, alentado.
Roberto Bolaño escribe que su profesor de literatura le dijo que no escriba ciencia ficción latinoamericana, Woody Allen que sus maestros le dijeron que no se crea nada pillo.
Guardo innumerables testimonios de qué le dijeron los docentes a los grandes genios, muchos de ellos autodidactas.
Y así como hay muchos que fueron estimulados por buenos profes, nadie no me dice que olvidó a sus profes: setenta años después recuerdan que un sádico docente vaticinó que nunca llegarían a nada.
Yo tengo que pararme en un aula presuntamente a expender un saber, cosa meramenta técnica.
Y, sin embargo, así como Brecht no logra que el público se conmueva con el actor distanciado de su personaje, no hay alumno que no reciba lo que diga el profesor con una sensibilidad abierta como el imprinting de los gansos de Konrad Lorenz.
Incluso con alumnos que miran el celu, que están atravesados por súbito acné y la muerte de esos semidioses que eran sus padres que ahora parecen tan imbéciles, que ven en las chicas del grado inferior a toda su Moria Casán y con el dogmatismo de la niñez me recitan un diagnóstico de la política con un grado de certeza que ni Pagni tiene, están sin escudo, expuestos, desnudos, vulnerables a que les diga una felicitación o un insulto.
Santiago Bilinkis me asegura que la farolera tropezó, el ascensorista se cayó y al pasar por un cuartel-que ahora es una mezquita-el herrero se quedó sin laburo pero antes pasará un camello por el ojo de ser cirujano o camionero o aviador que la máquina reemplazar al maestro, que seduce, que encanta, que emociona, interesa y conduce.
Por favor, nómbrenme anécdotas en las que recuerdan cúanto los ayudó un buen profesor.
Porque mi panteón está formado por músicos como Charly, que obtuvo el título pero jamás ejerció la docencia, matemáticos y filósofos y escritores como Bertrand Russell: que financió una escuela idealista a la que le fue como el culo de Tita Merello, al decir de una generación hoy negligida.
Borges es mi Dios secular: por él no sé culear pero como profe era malísimo: no tomaba exámenes, daba conferencias.
Nadie sabe quién fue Ansgar Klein hoy, pero bien merecido se lo tiene: predicó que la voluntad individual y la importancia del sujeto es nula porque priman las necesidades históricas que imponen su estampa.
Tengo que enseñar un idioma que detestan, a unos niños ricos que se creen clientes, siendo docente vocacional, siendo docente como dinastía genética.
Los padres nos vienen a cagar a piñas, los directivos nos obligan a retirar las notas bajas, los preceptores no nos dejan secuestrarles el celular, el alumnado logra el rapport, la transferencia y el feedback pero solo quiere charlar conmigo sobre el amor y las decisiones de la vida, pero de aprender ni hablar.
Querría ser el anónimo y olvidado Angsgar Klein de alguien.
Alguien hizo que a Einstein le interesara la física.
Como sempiterno gorreado, acérrimo estafado, pasivo contemplador de que los plomeros rompan mi hermoso baño porque la vecina de abajo dice que hay goteras, estoy llamado a ser el Salieri de futuros Mozarts.
Por favor no me dejen solo con Ansgar Klein.
Tráiganme sus anécdotas, regálenme sus recuerdos.
Soy docente en tiempos en los que ser docente ya no es ser un lugar de poder y una figura paterna, un formador y una autoridad, sino el que te pone la multa que no pagás.
El que constata que no aprobarías el examen que me obligan a aprobarte.
Les pido que me lleven de nuevo al mundo en que la escuela era el segundo hogar y la maestra, la segunda mamá, ahora que no accedemos a la vivienda propia ni con cincuenta años de aportes y celebramos el aborto.
Tengo a cargo seis cursos del secundario y quiero ser una decisiva buena influencia en sus vidas, sin renunciar al rigor y la disciplina, pero tampoco al empujón lúdico y el reto cognitivo...
¿Quién fue tu Ansgar Klein?
¿Decidió tu carrera un profe crack?
¿Recordás traumas por comentarios condenatorios de docentes que padeciste?
La vida es un permanente aprendizaje, fuera del claustro también.
Vemos que vamos a comer a "La Continental" y llaman a la policía porque un cristiano entró y se afanó una empanada. La vieja metáfora del "ladrón de gallinas· ya es inadecuada en su desmesura.
Aprendemos o nos enseñamos que en estos tiempos no sé qué.
Conocemos a una mina y nos dice que le gusta cómo agarramos mal la taza de café y nos obligamos a agarrarla mal siempre para besarla mucho.
Nunca no hay identificación, nunca no hay enseñanza.
Terminado el doctorado, nos seguimos enseñando permanentemente
todo: no es necesario componer como Offenbach ni esculpir como Miguel Ángel, un aancestral palmada en la espalda nos llega desde las pinturas rupestres para querer explorar la propia creatividad diurna.
Podría carecer de sentido alguno este absurdo universo, pero además de engendrar y criar futuro, tendemos a entrenar y alimentarnos bien para un único fin: autosuperarnos aprendiendo de nuestros errores.
Aprender, en definitiva, lo sepamos o no, lo querramos o no, sea remotamente cierto o no, es nuestro sentido de la vida.
Me pagan para tener obligadamente atrapados a un grupo de púberes que no entienden lo que les está pasando y quieren escapar, siendo mi misión enseñar.
¡En-se-ñar!
Lo único de lo que nadie se arrepiente en el lecho de muerte al recordar su vida: a-pren-der.
Pero estos boludos ante la posibilidad de hacer lo único para lo que realmente vinieron al mundo quieren evadirse, ver porno, apostar en el casino, lanzarse proyectiles, sacarse selfies, hablar mal de terceros, pedir hora libre.
Amo a mi admirable padre, que no es precisamente amado por todos sus alumnos gracias a lo buen profesor que fue en su severidad.
Tendría algo de mayor valor mi elogio si yo fuera Premio Nobel porque un clochard viviendo abajo de un puente rara vez es convocado a que declare en los Academy Awards que no sería todo lo que es si no fuera por su padre.
Yo soy todo lo que no soy, obviamente, gracias a la severidad de mi padre.
Le debo todo lo que logré imitarle y todos los contravenenos y antídotos humorísticos para consolarme de mis ineptitudes.
Los progenitores son los primeros profes.
Cuéntenme anécdotas que recuerden de maestros queridos.
Estoy en una insólita situación que nunca creía que iba a vivir: caigo bien a todos mis polluelos.
Me han escogido como el mejor profe que han tenido en sus vidas. Pero no quieren aprender lo que estoy obligado a enseñarles.
¿Qué es lo que adoran de mí entonces?. Que desmantelo el autoritarismo y los provoco a contagiarse de la chispa.
Hasta ahí llegué.
Háganme la segunda y díganme algo.
Cómo era ir a la escuela antes.
Cómo les hubiera gustado fueran sus profes.
En este muro de Facebook soy muy amigo, muy, muy muy: la adoro, de una profesora que me hizo llevarme la materia. Fue la única vez que me llevé una materia.
Se llama Liliana y muchas veces estuve a punto de comprarme una estufa homónima en homenaje a su valiente fuego que todavía me abriga.
Se imaginarán de qué materia.
Literatura.
Sin Liliana Lamédica yo sería médico.
No lo digo en desmedro de médico alguno.
Lo que pretendo decir es que docentes extrarodinariamente estimulantes pueden hacer aparecer ante nuestra percepción emergente su materia como fascinante.
Nadie recuerda a Ansgar Klein, salvo mi padre.
Nadie recuerda a Liliana Lamédica, salvo yo, porque en la puta vida de Dios, que yo sepa, Gonzalo Garcés le agradeció una mierda.
Con esto les quiero decir que por menos religiosos que seamos, todos somos acólitos y autopredicadores.
Bostezaremos en la misa cuando el párroco desde el púlpito nos recuerda que...ya no recuerdo qué.
Pero al salir estamos creando la íntima propia religión, insuflando mandamientos, dudando con interiores teólogos. Nos enseñamos permanentemente cosas.
Ayúdenme a recordarle a una grey dormida y a un alumnado disperso que respirar no es otra cosa que querer aprender.
Freud dice que no basta con estar alimentados: hay otra insatisfacción, que los románticos llamamos "amor" por pacatos impedidos.
Y, sin embargo, incluso Casanova y Warren Beatty y John Holmes dedicaron menos tiempo a remedar el animal de dos espaldas que a volver a vestirse y recordarse a sí mismos que el remedo del pantalón puede hacerse más fácil con la nueva técnica aprendida.
Nos creemos víctimas de Jeff Bezzos y el capitalismo absorbente pero es nada el lucro que las multinacionales se llevan en comparación con los aprendizajes permanentes que nos llevamos.
Yo reconozco que hay enseñanzas que nos llevamos que no son valiosas.
Que extrapolamos a la ganadería vacuna toda una puta vaca reventada que por resentida nos quemó con leche.
El niño nace y quiere ser adulto y aprender a caminar, aprender a hablar, aprender a ir solo en colectivo, aprender a tocar la guitarra.
Hegel trae a la atemporal universalidad de la filosofía la Rueda de la Historia. Su rival, Schopenhauer, introduce en plenas abstracciones brillantes de Kant el cuerpo.
Es el elán vital de Berson y la Sed budista.
Pero lo humano no es lo Real que es lo Racional y el Ser que olvidamos conformándonos con el ente: lo humano es aprender.
Pasamos más tiempo aprendiendo que comiendo, durmiendo, trabajando, obligándonos a hacernos la paja por las endorfinas aunque nos de paja, etc.
Me encanta la docencia pero les pido con sus comentarios algo de apoyo, algo de ánimo y algo de ayuda.
Me siento un torero al que el toro le pide un minutito para subir algo a ticktock.
Vinimos a este mundo a aprender.
Todos lo sabemos.
Pero es como si hablara en japonés o pasara un carro.
Si te dicen que viniste a este mundo a que te extraigan un diente canino ¿le dirías al dentista que es un pelotudo?

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