Acerca del mito que asegura que las drogas ayudan al artista
Minuto 1: 18, Fito habla de los opiáceos.
Nadie que me conozca puede creer que admiro a Fito.
Pero resulta interesante qué droga estimuló a qué artista.
No podemos ver un cuadro de Dalí sin advertir el L.S.D.
Balzac tomaba 14 tazas de café diarias.
Es inimaginable Charly García y Stevenson y Fogwil y Freddie Mercury sin cocaína.
Así como no hay Joyce, Hemingway, Bukowski, su odiado Faulkner, Conrad, Oscar Wilde o Deleuze sin alcohol.
Borges probó la cocaína y consumió basante alcohol, llegando a la conclusión de que la cocaína era menos estimulante que la pastilla de menta.
El alcohol, en cambio, no le pareció tan mal, hasta que oyó mientras bebía un cognac que alguien decía "ahí está el borracho de Borges" y lo dejó por orgullo o por vergüenza.
Freud ha sido disminiuido y calumniado por pensar que la cocaína era el placebo. Ante las muerte de Fliess, la dejó.
Antonio Escahotado es el único intelectual, más allá del Huxley de "Las puertas de la percepción" que da nombre a la banda de Jim Morrison, en defender las drogas.
Las defiende hasta un punto indefendible, no solo por la DEA, sino por el sentido común. Dice que no existe la adicción.
A sus antípodas imagino que podría defenderse una defensa de la adicción pero sin drogas. De niño, tenía sal gruesa en los bolsillos y la consumía y mi hijo, Ezequiel, fue adicto al limón.
Tal vez Eva probó la manzana porque sí o sí precisábamos un pasado a idealizar.
Tal vez, sí o sí necesitamos tomar de talismán una sustancia, un alimento, un fetiche.
Sé que muchos alemanes no pudieron decirme que me querían sin haber tomado cerveza.
El drogón busca un Dios en su sustancia: el sensato ve en la droga el pretexto.
Las drogas verdaderas son lo opuesto a encontrarse consigo mismo.
Son objetivas, como la ciencia y no subjetivas como el arte.
Todo fumador de marihuana experimenta una alucinación igual,
igualmente insular, aislatoria, en la que cree ver la verdad revelada mientras cree estar atento y está hecho un boludo.
Pocas cosas no ha logrado prohibir la más sagaz civilización: una es la prostitución.
Otra es la droga.
Si estableciéramos una ley seca o incendiéramos todos los campos de amapola, etcétera, la gente se drogaría con jarabes, alcohol para lavarse los dientes o cáscara de banana.
Si tirásemos una bomba atómica a las villas miserias, no solucionaríamos la pobreza.
El progre le pregunta al drogadicto qué vacío evade y pretende llenar.
El drogadicto se ríe de la pregunta, porque el progre desde su moral kantiana ignora el placer, al igual que con las trabajadoras sexuales.
Tengo un alumno mendocino que me dijo que hay dos cosas que nunca va a probar: las drogas y los travestis.
Le pregunté ¿por qué las travestis? porque la afirmación sonaba al sarcasmo judío en la era nazi "la culpa de todo la tienen los judíos y los ciclistas".
Me dijo que tanto las drogas como los travestis son un camino de ida: una vez que uno prueba, deleitado nunca regresa.
Convine en que las drogas acortan la vida, devienen a todo cerebro egoísta, adicto a discapacitarse y son el mal. Pero no entendía la articulación con las travestis.
Si uno ha sido educado, como es mi caso, por Monseñor Laguna, nunca podría sentir deseo hacia un trava.
Ahora bien, si se lograse trascender esa homofóbica barrera y cambiar el sepultamiento del complejo de Edipo que nos condenó a que las estúpidas mujeres sean las que tengan que gustarnos ¿qué hay de insano?
Me dijo que son carísimas
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