Dos comedias alemanas que recomiendo muchísimo evitar


 "Solo una noche de juegos" es otro fracaso alemán en materia de hacer reír.

Carece de ritmo, imprevisibilidad y-lo es que el pecado cardinal de la comedia-de levedad.
Todas las versiones de la comedia de mostrrar a todos el celular, la francesa, la italiana y la española, consiguen que los súbitos reproches y sacar los trapitos sucios sean hilarantes.
Aquí tenemos una suerte de evidente maquiavelismo del guionista, al que no le importa terminar en la jaula de un tigre de Bengala, enfrentar a los enamorados en un duelo desnudo de ping-pong, usar trampas para jabalíes, pájaros adorados perdidos, nada elaborados vehículos para el boy meets girl y sin embargo, tomándose todas las libertades, ni conmueve, ni hacer reír, ni convence realmente con el final feliz.
Alemania no debería insistir con hacer comedia americana, el happy ending es un deux machina inconvincente tras tanta amargura, acritud y agresión.
No condenamos a Chiche Gelblung por su procesismo diciendo ¿cómo un hombre sensible e inteligente como Samuel pudo inventar tantas historias excecrables por oportunismo? .
No es por eso que lo despreciamos.
Pero que la hermosa y talentosa Janina Uhse preste su cara y su voz a esta garcha es una traición a nuestro ideal, a nuestro único ideal, al ideal de quienes carecemos de filiación política o el beneficio del don de la fe de alguna religión y sí sentimos que el arte nos eleva.
Podemos estar años sin ponerla pero no sin desear.
Que nos obliguen a bailar con la más fea, prostituyendo nuestro deseo y desear a una cacatúa es la traición al sentido no de algo realmente existente, pero sí de un sueño dorado que tiene que mantenerse dorado.
Cualquier argentino que se cree europeo se burla de los esquematismos yankees en "El espejo tiene dos caras", pero todo lo que pensaba Henry James de la superioridad intelectual europea y la inferioridad moral se revierte: Alemania no consigue desde hace décadas hacer la comedia en la que el buen muchacho laburador vence al arrogante intelectual.
El único lugar del mundo en que "La ópera de los dos centavos" de Brecht no triunfó fue EEUU, porque denunciar que las instituciones son corruptas les pareció como si alguien les viniera a explicar que es mejor ser sano y joven que viejo y enfermo.
Me pregunto si puedo decir algo profundo y significativo para echar luz de por qué esta porquería lo es. Porque si no lo consigo, mejor sería no tirar por la borda mi prestigio como genio de la lucidez alternativa.
Intuyo que el fracaso estriba en algo íntimamente arraigado en la cultura alemana: algo que el capítulo 2 de "Ser y tiempo" postula como el "sé" impersonal.
La tragedia de Romeo y Julieta es tragedia por teléfono descompuesto y Romeo no sabiendo que Julieta no se suicidó.
Pero no vemos a una Julieta alemana priorizando por sobre el amor la normativa alemana.
No la oímos reprocharle al amor de su vida que le ha dado vergüenza ajena que haya dicho tal o cual cosa.
La comedia alemana fracasa porque los personajes, infinitamente explicados en sus celos, rivalidades, broncas, revanchas y ternuras son menos importantes que la Ley Moral.
Una Ley Moral que tampoco tenemos infinitas ganas de reverenciar, después de que ha permitido un Hitler y permitido que las alemanas de mi generación, admiren cómo canta David Hasselhof...



 
Compartido con: Público
Acaba de estrenarse en Netflix: "Mi mejor amigo, su novia y yo", que miré porque mis alumnos y alumnas de alemán quieren ver películas germanoparlantes.
Cuenta la historia de dos amigos de la infancia que ven dividida su amistad cuando uno se pone en pareja.
Y la novia es nada menos que Janina Uhse, una actriz alemana que sí logra barrer con muchas taras del atraso alemán en comedia y erotismo al ser solo con su rostro, como Audrey, la promesa perfecta de la sexualidad ideal.
Pero el guión es pésimo.
De haber sido estrenada en cine habría sido un fracaso colosal.
No teniendo que abonar una entrada, el público puede curiosear este mal intento con alguna complacencia, porque la memoria humana es magnánima y amigable y no va a recordar el didactismo y que asumían que tenían que sobreexplicar una trama de por sí obvia.
¡Cuántas formas diversas y fascinantes puede tener el mal arte!
No sería justo enseñar a estudiantes de cine cómo no hacer películas limitándose a mostrarles este ejemplo.
Pero con los años he comprendido que un mal film no debería indignarme más que la desigualdad social, el femicidio, la contaminación ambiental o el maltrato a los animales.
De modo que no voy a escribir mi acostumbrada filípica feroz.
Vi el film sin dolor.
Es más. Tal vez lo creativo sería elevar estas limitaciones a refugio.
Habitar el mundo de esta película mala es habitar un mundo sin la angustia de Bergman, ni los noticieros, ni la verdadera realidad de la promesa siniestra del amor, ni saber que no toda reconciliación es una victoria.
Es un mundo ingenuo, incluso en sus intentos de hacerse el picante con recursos burdos y escatológicos.
Hace un tiempo con la serie del limpiador de lugares en los que se cometió un crimen, sentencié que por fin los alemanes saben hacer comedia y la prueba es que es la primera vez que son los ingleses y no al revés quienes los copian.
Este film es un retroceso en dicho sentido.
Un entristecedor retroceso.
Nos parece proclamar que esta agresión es graciosa para el alemán y que estos trazos gruesos son indispensables para conmoverse.
Cuando escribo sobre cine trato no solo de recomendar o criticar, sino de aprovechar de que me leen para recordarle al público que puedo citar a Heidegger y hacer la vertical con una mano. Por eso no escribo sobre cada film que vi. Vi la de Adrián Suar adicto al celular y pensé que circunscribirme a señalar que una verdadera poronga no me iba a hacer lucir como crítico.
La de Suar, comparada con ésta, es Esquilo...

Hay afiches que son auténticas red flag, como dicen los jóvenes

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