El llamamiento de Mel Brooks a nuestra audacia

 Admiramos a Shakespeare como a San Martín, incapaces de ver sus errores.

Mel Brooks es celebrado también por sus mayores éxitos.
Deberíamos admirarlo más porque se aventuró a fracasar colosalmente.
En realidad no hay genios que lo hayan sido a toda hora, en cada proyecto.
Por eso es tan divino que nos cosifiquen, que nos quieran por la forma de nuestras manos, que cuando dormimos siguen siendo la forma de nuestras involuntarias manos.
En mi curso de humor doy una clase especialmente dedicada a las genialidades de Niní Marshall, que nadie consulta en Wikipedia donde se vería que intentó hacer cuatrocientas cosas que le salieron como la mona.
No sé por qué tendemos a erigir ídolos infalibles.
Leer las boludeces iniciales que escribió Borges nos ayudaría a entender que las altas cumbres son fruto del esfuerzo, el ensayo, el error, el aprendizaje, la buena suerte, la buena prensa.
¡Qué perra vida! (Life stinks) de Mel Brooks es una audacia en el sentido de que es un film con mensaje que no repite fórmulas exitistas y, en efecto, no fue exitosa.
Woody decidió sacrificar chistes para hacer cine serio, profundo y europeo.
Mel Brooks en este olvidado film supera cada intento de Woody.
Es una película que nos habla de la pérdida absoluta de bienestar material.
No hay un solo film de Wooody acerca de las necesidades básicas insatisfechas, porque Allen considera que las grandes preguntas existenciales no son otras que el problema de la finitud y el sentido: la desigualdad no importa, porque una vez alcanzada la riqueza igual nos morimos, igual el amor nos decepciona, igual nunca estamos a la altura de lo que queríamos ser.
No hay una sola película de Woody Allen que sea tan pésima como ésta de Mel Brooks.
Permitirse ser pésimo es abarcar toda la paleta, es alcanzar el último logro según Piaget.
No todo genial artista se atreve a ese desnudo.
Van Gogh murió en la miseria. Pagó su última residencia con cuadros que los comensales pedían quitar y mucho después se convirtió en cuadros millonarios, pero no hay un solo cuadro suyo que se permita ser mediocre.
Tampoco hay una sola línea mediocre de Kafka, de Proust, de Joyce, de Dante.
La Inteligencia Artificial nos complace.
Nos da algo satisfactorio.
El refugio humano, amén de la emoción, es el fracaso.
La mostración del intento fallido.
Mel Brooks hizo "El joven Frankestein", "To be or not to be", "The producers", "Spaceballs" y la de Drácula y la de Robin Hood y la loca historia del mundo, la parodia Alta Ansiedad de Hitchock y la película muda en la que habla Marcel Marceau, además del Superagente 86.
Lo admiro más por lo que hizo desastrosamente.
Porque nos llaman a meternos adentro de nosotros mismos y a medir cada palabra.
Y aún así nos equivocamos.
Pero pocos nos ayudan a entender el llamamiento a la osadía.
A equivocarnos por atrevidos.
A hacer una de más, a pasarnos varios pueblos, a escuchar al William Blake que dice que el camino del exceso conduce al Palacio de la Sabiduría porque solo sabremos cuánto es suficiente después de experimentar cuánto es más que suficiente.
La sabiduría popular lo sabe en un dicho: -es mejor pedir perdón a posteriori que pedir un timorato permiso antes.
Estamos en 2026.
Nunca hubo mejor medicina, más tecnología inverosímil, más longevidad, más ayuda de la I.A, mejor nutricionismo, mayor paz mundial pero rezongamos chinchudos con vaticinios distópicos apocalípticos o nostalgia de un pasado idealizado que nunca existió.
Solo podemos acobardarnos si creemos que Mel Brooks no tuvo miedo o todos nuestros ídolos tuvieron circunstancias mejores.
Este ídolo en particular tuvo la actitud ejemplar de llamarnos a hacerlo todo, incluso lo pésimo.
Y nadie no lo admira hoy.
Lo malo se olvida, pero Mel Brooks EJEMPLARMENTE sacó lo malo afuera.
En nuestro lecho de muerte no nos vamos a arrepentir de las cagadas que nos mandamos.
NOS VAMOS A ARREPENTIR DE LAS CAGADAS QUE NO NOS ATREVIMOS A MANDARNOS

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