Morituri


 Acaba de morir Oscar "El Negro" González Oro y como parece que me convierto en las necrológicas en humano y dejo de hacer chistes de pijas y lloro, me han pedido que escriba su sentida necrológica.

La que escribí sobre el fallecimiento de mi psicóloga Ana Aguirre me valió premios, publicaciones y lecturas en la Feria del Libro y el Rojas y no han sido menos aplaudidas las que escribí sobre profesores de mi colegio, Beatriz Sarlo-celebrada especialmente por su compañero Rubén Szuchmacher-, Abelardo Castillo y algunos etcéteras que no viene a cuento referir.
Es cierto que ante el impacto del cese de las funciones cardiorrespiratorias de cualquier prójimo nos asalta el abismo y el infinito, la conciencia de la propia insignificancia, el temor a la propia muerte, el deseo de nombrar todo lo que ha hecho de bueno quien ya no tiene el privilegio de pasearse por este mundo-con esa levedad hedónica del turista, que siempre es Siddharta antes de conocer las horribles realidades que lo devienen Buda.
En este caso particular, empero, me resulta complicado cantar loas al occiso o sentirme culpable de seguir vivo-no sigo vivo con más edad que la que alcanzó.
Se me dice que en 1995 en Radio del Plata en "Tarde pero temprano" a las 21 hs. con cortina musical de Luis Salinas era progresista y que exalte su memoria por aquello.
Para mi lejos de atenuar es un agravante que a medida que alguien se encarame a algún éxito gire a la derecha, abrace el establishment, pierda el pensamiento crítico y use sus talentos (asumiendo que tuviera alguno) para panfletizar el Mal.
Se da la siguiente paradoja: si me dijeran que soy inmortal y debo despedir llorosamente a una pobre víctima del hecho de que toda vida termina, escribiría algo lindo. Al mismo tiempo, como voy a morir y no siento que merezca más pena su muerte concreta, verdadera y actual, que la mía, ojalá que futura, pero inexorablemente segura, el hecho de que haya muerto mi juventud en la que seguramente comí un helado o besé a mis hijos o disfruté de una tarde con su voz de fondo, puede hacer que lo recuerde con alguna añoranza.
La misma con la que los ex-yugoeslavos extrañan a Tito.
No cabe duda de que siempre se puede hablar bien de un hijo de puta... 



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