PARA EL INCONSCIENTE NO EXISTE EL DR. NO
En la historia del séptimo arte, solo dos películas tuvieron una veintena de candidatos estelares para ser protagónicos y se decantaron por desconocidos, más allá del casting de "Lo que el viento se llevó": "Superman", cuyos candidatos abarcan a todos los rudos famosos y "James Bond", que incluyó a pocos norteamericanos, pero se inspiró bastante en el refinamiento de Cary Grant.Curiosamente, Cary Grant (homenajeado por John Cleese en "A fish call Wanda", siendo Cleese a su vez convocado para actuar en una Bond como inventor de armas sofisticadas), se rehusó a comprometerse a más de un film y dejó a la productora decidirse por un brutal galés que requirió lecciones de refinamiento.
No solo el protagonista fue difícil de encontrar: directores preferidos como Ken Hughes, Brian Forbes, Guy Humilton y Guy Green rechazaron dirigirla, pensando que sería un bodrio y fracaso de taquilla.
Terence Young, entonces recibió un llamado: -Sos una persona refinada y con buen gusto como Bond.
Peter Anthony fue entoces escogido como protagonista: era carismático, buen mozo y elegante. Pero actuaba tan para el culo que no se lo pudo contratar. Y estamos hablando de un presupuesto bajísimo con productores dispuestos a todo. A punto tal que contratan a una sueca ignota, Ursula Andress, que no habla inglés bien pero la doblan, tal como Julie Andrews dobló a Audrey Hepburn en "My fair lady"-que es como si Palito Ortega doblara a Frank Sinatra.
Ian Fleming siempre había imaginado a Bond como a un polish upper-class englishman y vió en Sean Connery-hoy considerado el mejor insuperado Bond de la hsitoria, mejor que Roger Moore y Pierce Brosnan, los esporádicos y el último-como mero ruff working class scottish man, lo despreció como overgown stuntman y rouhgneck.
Era una flor silvestre tan desconocida como Cristhopher Reeve.
Pero el "Therence Young School of Charm", la intervención del director refinado, explicando cómo usar el cubierto de pescado, trajes y cómo caminar, hizo del otrora marine británico-cuyo tatuaje villero había que borrar en post-producción-un caballero al que todos quisimos imitar.
Irónicamente, el modelo más glamoroso de perfección majestática británica, también surgió de las clases bajas: Cary Grant fue favorecido por estar más fuerte que televisor en geriátrico por una de las calentonas más admirables de la historia del arte: una mujer que erotizó a miles y convenció a millones de que era un sex-symbol siendo casi tan adefesio como Liza Minelli: Mae West.
Como Roger Vadim, esposo sucesivo de Bardot, Denueve y Jane Fonda, John Derek dejaría a la ahora mujer más sexy del planeta por la futura nueva, Bo Derek.
Seguía rigiendo el estúpido código Hays, que hizo de mi director predilecto, Ernst Lubitsch, el maestro del refinamiento porque
la censura es la madre de la metáfora.
Lo que en la novela Bond era salvaje desnudez, devino una bikini que explotó el mercado haciendo que se vendan más bikinis que nunca, como cuando Bogart al sacarse la camisa arruinó el mercado de las camisetas.
Edgar Allan Poe creó el género policial, que supera a la ciencia ficción porque nos da fantasía y adrenalina sin el innecesario e inexplicable alegato moralista. Pero es Holmes el empirista que no se limita a pensar, al punto tal que hay imperdonable versión con Robert Downey Junior y kung-fu.
Lacan empieza su carrera con brillantez, estadio del espejo y una vindicación de la paranoia: todos somos paranoicos, la percepción es detectivesca.
Bond no va a limitarse a ser una saga exitosa, la más exitosa, del cine: performa al hombre nuclear y a una frase canchera de Steven Seagal, Schwarzenneger, Bruce Willis, Van Damme, Chuck Norris, Steven Seagal.
Es menos la continuación de Homero que de la novela rosa, menos el caballero medieval del amor cortés que el sentimental Superhombre cristiano, más Superhombre por su carnadura humana sin saber volar o tirar telarañas.
Es mucho menos kantianamente moralista que los héroes cow-boys del western. John Wayne o Clint Eastwood ni son polígamos, ni son maquiavélicos, ni mienten jugando al truco.
James Bond combina valentía física, estoicismo frente al sufrimiento, ingenio para el epigrama y seducción sexual.
Frente a este ideal imposible, que deja por contraste como pálidos guerreros a Hulk, Superman, Batman y Karadajián, surge la venganza de los ratones de biblioteca: la parodia a Bond, el detective torpe y engreído, que triunfa medio por azar, medio por quijotesco idealismo.
Schopenhauer sentenció que la modestia es la virtud de los que no tienen ninguna otra virtud y ciertamente en Alemania los códigos culturales jamás ven la humildad otra cosa que sometimiento despreciable.
Pero es Gran Bretaña quien inventa el héroe a la vez valiente como Aquiles y astuto como Ulises, a la vez fuerte como Muhammed Alí e ingenioso como Oscar Wilde. Ese nada democrático totalitarismo inspira su némesis como burla. Y si bien el freudiano Superyó protege al infantil y vulnerable Yo, ya no con Jesús, crucificado por sus defendidos, sino al Padre de la Horda, devorado por sus herederos, este imposible ideal del yo engendra, valiéndose de él, al antihéroe triunfante, con sentido de la realidad.

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