Para tener un ataque al corazón, hay que tener corazón
Alan Sabbagh hace un gran trabajo, pero no puedo recomendar esta serie, basada en el verdadero infarto de Hernán Casciari en el Uruguay, pese a su excelente elenco.
Imanol Arias hace todo lo que hace perfecto.
Y Olivia Molina está perfecta.
Pero hay algo de las simplificaciones a las que Casciari nos tiene acostumbrados para manipularnos emocionalmente, que ¡contando con un infarto! no emociona.
Suelo condenar a esta clase de autores por sentimentales e igualarlos a Juan Salvador Gaviota y Paulo Coelho y deplorar que se considere en la misma línea a Saint Exupery.
Aquí falta el certero golpe lacrimógeno.
Y Hernán Casciari, cuando no nos agarra de las bolas del corazón tiene muy poco más de qué agarrarse: no tiene nada que darnos a nivel filosófico, ni poético, no es un buen observador de nuestras costumbres ni es un inspirado genio original que expresa lo inefable.
Es un excelente expresador del corazón medio, como Spielberg.
Siempre recuerdo un reportaje en el que le preguntan a Spielberg cómo condescendió a hacer algo tan mainstream, pudiendo arriesgarse a expresar sus más íntimas pesadillas y confesó que esas convenciones pochocleras eran sus mayores obsesiones subjetivas.
Vamos a morir todos muy pronto.
Y, le den o no el Nobel a Aira, se lo seguirá leyendo.
Hernán Casciari sabe comunicar con llaneza la angustia de todo humano, su esperanza y su ambición.
Sabe llegar a quienes no leen a Dostoievski.
Cuando muera, nadie va a reeditarlo.
Porque no ha aportado nada, salvo traducir lo trascendente a narratología accesible.
Goethe consagró años a la ciencia y años al arte. Su teoría de los colores fracasó, pero nada de lo que descubrió Newton no habría sido descubierto por otros, mientras que Newton nunca podría haber escrito un poema de Goethe.
El arte es el bastión que la I.A, no va a superar. La transnacional intemporal metódica ciencia unge a individuos con premios, olvidando que el radio, la penicilina y la relatividad habrían sido descubiertos tarde o temprano no importando por quién.
Por eso es indispensable Arcimboldo y Vivaldi y Píndaro.
Si no hubiera nacido Whitman ¿otro más habría escrito algo parecido?
Emile Zolá traicionó la unicidad del arte al querer hacerlo ciencia.
Casciari lo traiciona de un modo más rudimental, al devenirlo clishé
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