Somos todo lo que prometemos ser


 Conocí a una chica que nada sabía de mí, de mi pasado.


Me dijo que soy cálido, carismático, seductor y seguramente un gran amante con enorme experiencia.

Comprendí que lo soy y que no importa que empíricamente sostuve largas relaciones con poquísimas mujeres.

Porque esa es la mera empiria.

Es lo que el azar quiso, lo que obró el fenotipo.

No somos nuestra mera historia anecdótica.

Somos el dispositivo inato para la adquisición del lenguaje de Chomsky y los pecados desconocidos que la música nos revela, como explica Wilde en "El crítico como artista".

Cuando felicitamos al quinceañero enclenque no felicitamos esos bracitos débiles aún sin desarrolarse, sino su futuro.

Nuestro ser no se ve contaminado por nuestras carencias, nuestros fracasos, el sedimentarismo y la desidia.

Somos, para los otros, otra humana promesa de potencia y todo lo que hubieramos haber podido ser.

Celosos, preguntamos a la hermosa que conocemos con cuántos estuvo antes.

Es un error mental, una mera debilidad del frío cerebro: a nuestra caliente sangre le da igual a qué colegio fue, cómo se llama, si visitó Brasil o probó la comida tailandesa.

Nada más lejos que cosificarla es decir que su hermoso cuerpo da igual a cuántos besó, qué libros leyó, que films amó, si sabe quién fue Picasso.

Estamos diciendo que es un cuerpo fabuloso para millones de posibles destinos que no debemos reducir a la mera vida en la mera ciudad en la que vivió, al mero secundario al que asistió.

En su "Etica para Nicómano", Aristóteles define que mucho más importante que lo que uno tiene es lo que uno es.

Y uno no es lo que meramente experimentó, sino todo lo que uno podría haber hecho.

Así morimos todos malogrados. Todos: incluso el admirado Premio Nobel que solo se consagró a su disciplina.

Darwin nos enseña que no hay sentido, ni diseñador, ni propósito, ni pensado origen.

Somos humanos por el azar de una mala traducción del ácido desoxirribonucleico y el azar de un meteorológico cambiante ambiente.

Entonces no hay jactancia en leer a Píndaro porque no hay nada en ello superior al bicho bolita.

Somos, como el bicho bolita, los encargados de tratar de alimentarnos y reproducirnos y de transmitir a las venideras generaciones la misma insatisfacción: -hacé vos, lo que yo no pude.

Con la entonación diferenciada de nuestros padres, que arruinaron nuestra vida y cuyo error nos juramentamos nunca reiterar.

Un juramento que se hereda generación tras generación.

Pero nuestros hijos se limitan a ser veterinaria e ingeniero y nada más. Leen novelas y hacen gym. Pero no son al mismo tiempo los campeones mundiales de ajedrez, que podrían.

Por eso, frustrados, viejos y derrotados, saludamos al portero, al plomero, al albañil paraguayo, al colectivero.

En ellos está la también omniabarcativa y truncada chispa de divinidad...

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