La madre de todos los bodrios


 Este año falleció Garry Marshall, quien nos dio "Pretty Woman" y "Frankie and Johny", ambas románticas, excelentes y con escenas eróticas mejores que ver porno.

Julia Roberts ante el-You know, it's hard- de Richard Gere, le agarra el pene y dice que todavía tan duro no parece pero promete.

Al Pacino le pide a Michelle Pfeiffer que se abra la bata para ver su conducto uritogenital a lo Lubitsch: no vemos más que las caras de deleite de uno de los mejores actores de la historia haciendo que algo que no nos erotizaría si lo viéramos nos resulte vedado, misterioso, perfecto y el colmo de los placeres.

Nada de esto hay en el bodrio final de tan buen elenco que reseño ahora, por más que interviene el prejuicio contra el lesbianismo o la etnia hindú, la frustración post divorcio de la mujer que queda sola ante un marido que ha conquistado a una modelo de veinte.

Es casi un mérito de talento hacer algo tan malo con tan buenos actores y uno se pregunta por qué estos tan buenos actores habiendo leído un guión tan flojo, quisieron participar de semejante horror.

Aún con elementos de golpe bajo como una madre que no le habla a la hija, una hija no reconocida, un viudo a cargo de hijas adolescentes, nada nos hace llorar, salvo el pésimo diálogo, el pésimo encuadre, el pésimo final cut.

Es un interesante manual de cómo hacer mal lo que no podía salir mal.

Quizá no nos quede otra barricada frente a la Inteligencia Artificial.

Si Paul Klee pinta lo que le pinta y Walter Benjamin le atribuye significado filosófico (verbigracia el "Angelus Novus"), aquí no tenemos suficiente decorativismo sin mensaje para que venga un genio a atribuirle su brillantez.

Hay un mensaje: de redención, de reconciliación, de happy ending ante problemas que no llegan a urticarnos y sentimos como superficiales.

Porque nos hacemos los tristes cuando nos deja una historia de amor pero sufrimos épicamente cuando tenemos desempleo, deudas económicas, deteriorio cognitivo.

Y esta película se mantiene en el lado principesco y principialista de Siddharta: desconoce la vejez, la enfermedad, la muerte.

Ser un ser humano es ser un ser insatisfecho sea donde fuere y como sea, a como dé lugar. Ricky Martin en un yate, comiendo almendras caramelizadas sufre por algo ridículo no menos que Jesús en el Gólgota o Prometeo encadenado.

Pero el buen arte nos hace llorar por ese ahogo en un vaso de agua.

Podemos estar en Argentina, alquilando, viejos, solos, desempleados, con familiares que no nos hablan porque no sé que dijimos a favor del boludo de Kichiloff y lloramos porque George Clooney tiene una uña encarnada.

Hoolywood ignora su responsabilidad filosófica, religiosa, ignora que es Hollywood así como tantas veces Messi no tuvo la menor idea de que era Messi.

Esta película no solo una mala película.

No diríamos que Hitler se ha equivocado y la mezcla de razas es mejor.

Perpetrar semejante aberración cinematográfica es desconocer la verdadera sensibilidad humana, el misterio de la vulnerabilidad que degenera en un coraje desesperado de la cobardía.

Podemos fracasar.
Podemos vendernos.
Podemos ser hipócritas.
Podemos bajar los brazos.
Podemos ser el animalito herido que se lame la herida y se retrae.

La humanidad no puede nunca ser tan frívola en el facilismo de la autosuperación como en este film.

Ver esta película es ver llorar a una diva avejentada por minucias mucho menores que las que sufrió el inventor de la cámara que la filma.

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