Una serie fuera de serie

Veo a uno de mis alumnos en el aula ojeroso, dormido, que aunque haga cien preguntas para asegurarme si entendieron es el único que no me levanta la mano, con lo cual no pretendo insunuar que todos los demás me pegan.
Temeroso de drogas, ludopatía, conflictos familiares, gamers, cerveza o depresión adolescente insomne le pregunto por qué no vino bien descansado.
Le dije que no solo entra la nota del examen, sino también la conceptual de participación en clase.
Me dijo que se vio atrapado por un fenómeno artístico que es una experiencia inefable comparable al David de Miguel Ángel y nombró la serie "La diplomática".
Ni bien llegué a casa tuve curiosidad por ver qué tenía de tan brillante y atrapador otro de estos chatos productos clónicos manipuladores pochocleros de "Netflix"·
Al día siguiente era yo el ojeroso que apenas podía balbucear que abran en libro en tal o cual página.
Y sigo en este estado cuando escribo esta recomendación, quizá algo archi-mega-superduper-recontradesmesuradísimísima seguro por el cansancio maratónico en el que me dejó.
Por eso no sé si realmente comparar el marmol de ese cincel con la mejor serie que vi en mi vida que es también la mejor sinfonía que leí, la mejor experiencia sexual que tuve y si no está entre las cuatro mil treinta mejores novelas que leí, está cuatro mil trigésimo primera.
Voy a tener que dormir largo y tendido para mensurar y calibrar que no sea una excitación exagerada de la distorsión del agotamiento mío decir que nunca vi mejores actuaciones, mejor filmografía, una trama llena de sorpresas y giros completamente apabullantes, un virtuosismo guionístico que no puedo comparar con nada y que tengo ganas de empezar a dar un curso sobre esta serie, pero para gente que sepa algo de inglés analizando como si fuera la prosa de Coleridge o los versos de Keats, todas y cada una de las perfectas palabras.
Un climax tras otro, como si dando a luz te enterás de que tenías mellizos y no, esperá, trillizos y no, esperá...
Un prodigio que tiene lo mejor del thriller, de la intriga palaciega y de la reflexión sobre las lógicas tras bambalinas del poder real, un recorrido por la nostalgia y el reencariñamiento y la lujuria y la frustración y el apego, humor sarcástico que aturde por su solidez brutal, dulzura, brillo, lujo, gastronomía, paisajes, actuaciones soberbias, logrando ascender y ascender y sorprendernos después de la sorpresa.
Este caleidoscopio de variados matices que visitan cada rincón olvidado de todos los colores de la paleta emocional que cuesta explicar cómo se logra: ¿con una misma actriz excelente hablando con su misma voz episodios escritos por diferentes guionistas? En un capítulo temblamos de miedo, otro nos electrifica, otro nos hace llorar de emoción nostálgica y empezamos a entender que solemos mensurar el tamaño de nuestro pecado solo por la magnitud de la duración de la penitencia.
No podría acercarles un símil con "House of cards"-si bien, es más que nada de una pareja y es , sobre todo, sobre política.
Es admirable por encima de su admirabilidad, cuando nos conquista por el realismo crudo y de pronto, habiendo atravesado la barrera de mejor sonido, se supera a sí misma y salta por encima de todo verosímil geopolítico con la credibilidad de que estas carismáticas figuras ya nos pueden conducir para cualquier lado y decir que Formosa desarrolló la bomba atómica sin perder elegancia.
No quiero revelar nada del argumento, porque empieza con una explosión como si se hubiera propuesto trazar un nuevo record de no decaer a partir del clímax y de ir in crescendo, escalando hasta que al armarnos el puzzle teníamos todas las piezas como para deducirlo, alejando la lente del mapa y viendo el cuadro total con una armonía perfecta entre las partes del rompecabezas que nos parte la cabeza, mal.
El mayor mérito es el guión.
Puede deslumbrarnos lo fastuoso de algunas locaciones y escenarios, pero si se leyeran en el teatro para ciegos esas líneas, veríamos que el cine argentino, en comparación, sí, obvio, posta es un perno, pero la culpa no sería achacable a la falta de presupuesto.
El comentario que más escucho ante este tipo de productos en serie es "la temporada octogésimo sexta no estuvo a la altura de las anteriores" y mitad es porque el sistema nervioso responde a la sorpresa y muy rápidamente nos adaparíamos a aburrirnos de comer caviar y la otra mitad es porque los más encumbrados artistas-por ejemplo mi amado Woody, tienen cuatrocientos guiones de majestuosos comienzo y sin un buen tercer acto y los tiran a la basura, mientras que los más exitosos artistas, no los tiran y los filman aunque el final sea pegado con moco, un happyending con deus ex machina con el método que decía Ruskin usaba Dickens: "si no sabe cómo seguir, mate un bebé".
No afloja en ningún momento.
Nunca toma de tonto al espectador.
No construye villanos maniqueos sin grises.
Es la flor que los japoneses dicen, hay que excluir. Nos hace esperar después demasiado de la vida y de otras series.
Antes de empezar a tartamudear mis alabanzas miré qué decían las críticas y lancé un suspiro de alivio.
Siempre hay con acceso a opinar en la red algún idiota que dirá que Mozart compone siempre la misma estúpida melodía, que le dio una oportunidad al concierto de violín número 3 pero hasta su bisabuela manca podría hacer mejor el pizzicato.
De modo más o menos universal y unánime esta serie es aclamada en todo el globo.
Pese a todas las fallas que le descubre esa fría, analítica, estreñida, frígida y snob inteligencia malfollada cuando quiere defenderse del exceso de fascinación. Porque dije "en todo el globo" y el garrafal error de que haya tensiones políticas entre EEUU. Gran Bretaña, Iran, Rusia, Francia y no aparezca nombrada nunca Alemania ni Italia ni España ni China, las miles de gaffes en detalles petiteros: en la escena anterior el huevo imitación de Faberge de Ónix estaba perpendicular a la otomana, los mil y un detalles que buscan un problema para cada solución son un placer agregado. Así como nos enamora por cautivarnos alguien y cuando lo criticamos obsesivamente es parte del metejón.
No tiene desperdicio, es un deleite de principio a fin y para volver a ver más de una vez.
Háganse un favor y no se vayan de este Valle de Secreciones Corporales sin haberse dado el lujo de viajar a esta experiencia eternamente atesorable, prodigiosa, inefable, y tan vívida que se recuerda como vivida.

 

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